- ¿Qué te marca el GPS?

- Me marca un cruce por el que hemos pasado varias veces… Y tal vez no debiéramos volver a pasar.- Miro el pequeño aparatito que llevo en la mano.- Lo que no sé es como ha pasado otra vez.

- Tal vez la niebla…

- Sí, tal vez la niebla…

Estirado, no soy capaz de verme los pies. Camino agachado para no tropezar y aun y todo es difícil. Todo son trampas alrededor… Ramas escondidas que buscan tus ojos, raices tus tobillos, ortigas tus piernas desnudas… Barro… Sólo falta que empiece a llover…

- No sé si merece la pena seguir con esto.- Mira alrededor.- No vamos a ver nada cuando lleguemos… Si llegamos…

- Ya… Pero es que falta tan poco… Y podemos comernos el bocata sentados en la cima…

- Sí… Pero sin vistas…

- Sí. Creo que sería más fácil.- La plaza está extrañamente vacía; luce el sol, no hace calor, la brisa es suave y las terrazas de las cafeterías tienen muchas más mesas desocupadas que ocupadas. Un grupo de niños juega a futbol usando de portería uno de los inmensos arcos de piedra del antiguo ayuntamiento; casi todos los tiros terminan en gol. Y como siempre, las palomas van picoteando todo lo que encuentran.- Mucho más fácil.

- Pero se generarían mucho problemas, ¿no crees?- Sobre nuestra mesa, un café con leche y un cortado, un cenicero que ahora está de adorno y un servilletero que publicita una conocida marca de cerveza. Me mira a los ojos. Me encojo de hombros.

- Tal vez. Es problema es que no sabemos relativizar las cosas.- Me rasco la barbilla.- Aunque en realidad, el problema reside en otra cosa, que en fondo es lo mismo…

- Y es…

- Que creemos que somos eternos. Que vamos a vivir para siempre. Que somos inmortales. Y no lo somos.- Me mira seria.- Cada día, sin darnos cuenta, nuestra batería se agota un poco… Y se nos escapan un montón de segundos entre los dedos… Y no podemos evitarlo. Pero seguimos creyendo que vamos a durar siempre.- Miro al suelo unos segundos.- El día de mi caída, cuando iba por el aire, pensaba “¿ya? ¿así acaba todo?”… Una cosa de esas te espabila. Te enseña que ese reloj existe. Y que no sabes cuanta cuerda tiene.

- Buf. Que mal rollo.

- Lo que quieras. Pero es así. Y si te pones a pensar en la inmensa cantidad de tonterías que dejamos de hacer o de vivir por ese “qué dirán” de los cojones… Es de risa. Nos cortamos las alas sin tener en cuenta que dentro de doscientos años nadie sabrá de nuestra existencia. Somos lo que vivimos… Luego…- Hago un gesto vago con las manos, como una mariposa que echa a volar. Ella baja la mirada. Sonrío.- Pero no te pongas triste. Tiene que haber normas, sinó esto sería la selva.

- También. ¿Paseamos?- Asiento. Pide la cuenta y pagamos en silencio.

Salimos de la plaza. Las calles de la parte antigua de la Ciudad Dormida parecen aletargadas, sin vida. Me coge del brazo y apoya su cabeza en mi hombro. Le revuelvo el cabello, sonriendo.

- Hoy estamos muy serios, ¿no crees?- Ella asiente.- ¿Vamos a la playa?

- Vamos.

¿No lo sientes? Está ahí… Hasta huele diferente… La luz, encendida desde horas tempranas… El frío, de vacaciones… La lluvia… Esa sigue apareciendo, pero cada vez menos… ¿No lo sientes?… Las mujeres, cada día más hermosas… Sí, es el verano, que parece que llega…

Gente en las playas, las terrazas llenas, cervezas, algo para picar… Todo el mundo pasea por el marco incomparable… Los chavales ya no van a clase y se dedican a intentar ligar algo (aquí ya se sabe que está complicado, a no ser que uno se incline por personal no autóctono)… Los no tan chavales lo mismo… Conciertillos de verano en todos los pueblos…

¿No lo sientes? Está ahí… Ha venido para visitarnos unas semanas sólo, así que, ya sabes… Apaga esto y sal fuera a vivir, a respirar, a sentir, a mirar las obras de arte que caminan por la calle…

El sueño esta vez transcurre en un Zaragoza imaginario. Me encuentro en una casa oscura con todas las persianas bajadas y no sé a donde, pero voy tarde. Debo subir a un tren para el que aún no tengo billete. Internet todavía no se ha inventado (o ya nadie lo usa) y tengo que ir a la estación. Son las cinco y la salida es en hora y media.

Bajo a la calle y cruzo una carretera amplia de varios carriles sin tráfico, hasta la acera contraria. Entro en un supermercado que en realidad hace funciones de estación de tren. Arrastro mi carro vacío hasta la caja en la que tengo que sacar el billete. Pido uno para la Ciudad Dormida y confirmo la hora de salida… ¿Es el último?… Es el último… Perfecto. No puedo llegar tarde.

Salgo a la calle. Son ya las seis menos cuarto, así que mejor si no me alejo mucho. Mi padre me espera dentro de un coche… Hay tiempo, podemos ir a tomar algo… No, que pierdo el tren… Que sí, que es aquí al lado… Que no, que me conozco tus “al lados”… Que sí, coño, que es aquí mismo; además está tu madre y así te despides… Total que acepto. Me subo al coche, con música de Elvis, tormento para mis oídos. Arranca. Cruzamos calles y más calles, todas vacías… Rotondas, parques… Una larga carretera que nos saca de la ciudad… Entramos en una autovía… Zaragoza 45 km… Cogemos una secundaria… Empezamos a subir un puerto de montaña, muy arbolado… Zaragoza 95 km… Al lado. Mierda, creo que me han liado… Igual pierdo el tren… Son las seis menos cinco (sí, lo sé; distancia tiempo imposible, pero no pretenderéis que lo calcule todo hasta dormido, ¿no?)… Curvas, más curvas… Empieza a nevar… Estupendo… Y al girar de nuevo aparece el restaurante, con una indicación: Zaragoza 285 km. Fantástico. Creo que la he jodido. O tal vez no: sólo son las seis… Entro, saludo y nos vamos, ¿de acuerdo?… Vale…

Dentro del bar suena de fondo The end de los Doors; sobre la barra polvorienta, algunos taburetes altos dados la vuelta. Mi madre apura un cortado descafeinado corto de leche mientras hojea un periódico amarillento. Saludo… Mira, tienes que ver esto… No puedo, que pierdo el tren y tengo que volver sí o sí… Nada, que tienes que ver esto, que merece la pena… Que no puedo, de verdad… ¿Qué tienes?… No recuerdo, pero algo… Además, te he contratado una guía para que te lo enseñe todo… Que no, que salgo en diez minutos (efectivamente, seis y veinte, doscientos ochenta y cinco largos kilómetros)… Me presenta a la guía: una impresionante pelirroja de aspecto vikingo: alta, musculada y de imponentes ojos oscuros. La miro, acobardado, y la sigo sin rechistar, como un idiota… Si es que…

Al fondo está, después de cruzar unas mesas vacías y unas estatuas de corte griego cubiertas por sábanas semitransparentes, la parte del museo… Me coge de la mano y me dejo llevar… Ahí están los retablos del siglo XII… Efectivamente, hay unos cuantos de carcomida madera pintada de oro gastado, con motivos religiosos… No hago demasiado caso, perdido en el vaivén de sus caderas… Y esta es la parte romana: un museo Chill-Out interactivo, donde puedes interactuar como quieras con todo lo que ves… Con todo lo que ves… Lo que veo es una preciosa morena escultural con una túnica poco dada a fomentar la imaginación, corona de laurel y un pecho al aire, reclinada en un diván de mármol, dando cortos sorbos a una copa de vino… Le acaricio despacio, con la yema del índice, desde el lóbulo de la oreja hasta el pezón descubierto… Me mira a los ojos y me sonríe… La vikinga también sonríe… El tiempo parece ralentizarse… Sonrío… Animals de Pink floyd llena la estancia… Avanzo un poco, despacio… Tres divanes, el del medio libre, dos chicas, dos pechos al aire… Creo que este es mi destino, que me quedo aquí… Las chicas sonríen, la vickinga también, yo lo mismo… Parece flotar una especie de niebla narcótica alrededor… Todo es felicidad y alegría… Aunque noto algo en la cabeza… Un tic tac… Me sirvo una copa de vino… Tic tac… Acerco mis labios a los de la vikinga… Tic tac… Le rozo los suyos… Tic tac… Algo había que no recuerdo… Tic tac… Estiro una mano… Un reloj da las siete y media… Tic tac… La mano… Tic tac… La escena comienza a cobrar velocidad… Tic tac… Las siete y media… Tic… Las siete y media… Tac. ¡Llego tarde!

Salgo corriendo como una exhalación. Mis padres han desaparecido y no queda nadie en el bar. Salgo al parking. Su coche ya no está. Sólo queda un taxi, que parece que me esté esperando, haciendo trompos y quemando rueda en medio del parking vacío… Tal vez, si corre lo suficiente, le demos la vuelta al tiempo… Aunque no creo…

Despertador…

- ¿Te apetece?

- Perfecto. Y tengo verdadera curiosidad. Nunca te he visto hacerlo…- Me guiña un ojo, pícara.

- Ya. Muy poca gente…- Suspiro, siguiéndole la broma.- Pero te lo haré encantado.

- Lo sé.- Responde ella, acompañando las palabras con un gesto altanero.- No lo dudo…

Abro la nevera; siento la corriente de aire fresco en la cara: un día demasiado caluroso. Saco de la balda superior el bote de café, semioculto entre cocacolas, aquarius y cervezas. De la puerta cojo una botella de leche. Cierro la nevera con el codo derecho y agito el bote y la botella. Ella sonríe. Saco la vieja cafetera italiana mil veces remendada, la misma que me regaló mi madre hace una eternidad, la lleno de agua, añado el café y la pongo a fuego suave, como en su día alguien me recomendó. Y repito su frase:

- Como mejor sale es haciéndolo despacio, sin prisa, a fuego lento.- Ella me mira, intrigada. Me encojo de hombros.- Eso me dijeron.

- ¿El café?

- Claro.

- Ah.- Cambia de tema.- ¿Salimos al balcón?

- Claro.- Repito.- Tenemos un buen rato.

Desde el balcón, la misma vista de siempre: las casas del barrio, todas por debajo; los montes, verdes, atrapando en sus cumbres las nubes bajas; el tren, a lo lejos; algún barco en el puerto; el ruido de los niños del barrio, jugando felices… Vamos, lo de siempre.

- ¿Quieres sentarte? Tengo un par de sillas plegables, de esas de tela, horribles, con rayas verdes, blancas y amarillas… ¿Te apetece?- Pone cara de susto y asiente. Entro de nuevo y aprovecho para poner algo de música, algo tranquilo: la banda sonora de Her, de Arcade Fire. Vuelvo a salir con las sillas. Las abro y pongo una junto a la otra. Y le muestro mi obra, orgulloso.

- Sí que son feas. Tenías razón.

- Cierto. Pero son cómodas. Ya verás.- Y se sienta. Y me sonríe con los ojos, como tantas otras veces.

Nos quedamos en silencio, escuchando el tráfico lejano mezclado con el piano y la orquesta que suena bajita, mirando como las ramas de los árboles se agitan despacio, esperando que la vieja cafetera añada su sonido a nuestra canción.

- ¿Sabes?- Le digo.- Hoy te voy a ceder mi taza, la blanca y negra.- Sonríe.

- Es un gran honor.- Sonrío.

- Sí. Para ella…- Le revuelvo el cabello, vuelve a sonreir y apoya su cabeza en mi hombro.

A lo lejos, parece que la vieja cafetera empieza a sonar. Y claro, no me levanto.

Vuelvo al colegio, al de toda la vida; un aula grande, con largas hileras de ancianos pupitres de madera y metal pintado de verde, y una bandeja de madera curvada para guardar libros; con una pizarra de las de verdad, de pizarra verde, borrador y tizas cuadradas, no una blanca de esas que se llevan ahora; con un techo blanco con filas de tubos fluorescentes dobles, de luz amarillenta; con sus percheros atornillados a la pared, abarrotados de abrigos y jerseys, todos ocupados; con la mesa del profesor, al lado contrario de la puerta de entrada, innecesariamente grande ya que en sus cajones nadie guarda nada; con una papelera, llena de bolas de papel y papel aluminio del bocadillo del recreo; y un paragüero, vacío, exceptuando un par de balones de fútbol.

Las ventanas dan al inmenso patio en el que crecimos; un patio de cemento cubierto de líneas de distintos colores que delimitan los diferentes campos de juego: fútbol, baloncesto… Ahora están vacíos. El cielo luce gris de diferentes tonos, aunque todos suaves; no parece que hoy vaya a llover.

Suena un timbre de campana, estridente, durante tres o cuatro segundos. Todos, que andamos revoloteando por ahí, dejamos a medias las conversacionesy volvemos obedientes a nuestros pupitres. Somos muchos de los de entonces, solo que como somos ahora. Miro alrededor: Gorka, Sergio, Rojo, Lirón, Ingwie, Julián, Fermín, Iñaki, Pedro, Edu, Gonzalo… Todos. Algunos no han cambiado demasiado, otros un poco más.

Entra un profesor en clase, que resulta ser el último que he tenido en la vida real; un chico unos años más joven que nosotros. Saluda serio y respondemos al saludo de forma casi marcial, como si fuéramos uno. Vuelvo a mirar alrededor y me fijo en nuestro atuendo: vestimos uniforme escolar, con pantalón corto y tirantes. Con cuarenta y tres añazos. Sí, señor, pedazo de sueño que estoy teniendo. El profesor abre su maletín de cuero y cierre superior dorado, saca unos folios y dice las cuatro palabras mágicas: “Hoy toca examen sorpresa”.

Todos como autómatas sacan hojas y bolis y se ponen a escribir como locos, como suele ocurrir casi siempre en los exámenes a los que he asistido a lo largo de mi vida. Miro mi pupitre: dos folios en blanco y un boli. Y ninguna cuestión. Miro interrogante al profesor, que parece preguntarme con la mirada a ver que parte de “hoy toca examen sorpresa” no he comprendido.

Miro el reloj de la pared; las cuatro. Me concentro en lo que tengo delante, pero no se me ocurre nada. ¿Qué hago? ¿Cuento una historia? ¿Resuelvo un problema? ¿Dibujo algo? ¿Qué hago? Juego con el boli nerviosamente; lo paseo entre los dedos, me rasco la oreja…

Miro el reloj; las cuatro y cuarto. Mi folio sigue en blanco. A la derecha, Julián va apilando folios y más folios a su derecha, todos llenos de líneas de texto perfectamente paralelas. Agudizo la vista, pero no consigo leer nada que resuelva mis dudas… Maldita miopía… Miro inquieto de nuevo; todos tienen a su lado una columna de hojas de varios dedos de altura. Vuelvo a mirar mi escritorio y en él la magia no existe: el texto no se escribe sólo.

Suena y media en el reloj. Ni una miserable línea. Pero de pronto, en mi mente, se empieza a dibujar el esbozo de una idea, una pequeña historia. Sonrío y rebusco entre mis neuronas imágenes perdidas que sirvan para contruir el relato. Veo a la protagonista, vestida de blanco, caminando descalza sobre una playa, o por un campo de hierba cortada fina, o… No distingo… Hago un esfuerzo para verlo todo más claro y de golpe, por sorpresa, me encuentro con la historia completa. Una gran sonrisa ilumina mi rostro. Cojo el boli decidido y, justo cuando la punta del boli toca el blanco del papel, Julián me dice: “Y te creerás que eso que vas a escribir va a ser una historia perfecta, ¿no?”. Y todo se deshace y desaparece, como un azucarillo bajo la lluvia…

Y despierto.

Ella está allí, con su vestido dorado, sobre aquel pequeño escenario escaso de luz en un minúsculo bar olvidado de algún barrio periférico de la ciudad, apoyada con desidia al piano de cola, mirando sin ver al público, arrastrando las palabras que componían los versos de aquella versión extraña del New york, New York de Frank Sinatra; una versión cargada de sórdida tristeza, de recuerdos duros, de soledad…

Él corre sin descanso, huyendo de nada y de todo a la vez; de su vida, de sus problemas, de sus obsesiones y adicciones… Corre de noche por las calles, cruzando de acera sin mirar, sin preocuparle que alguien se lo lleve por delante… Una fina lluvia le va calando, casi sin darse cuenta… Pero las miles de voces de su cabeza no le dejan sentirla… Escapa de sí mismo aunque sabe que es una huída imposible… “Eres lo que eres”, le susurra una voz…

A un lado y al otro de la mesa, una conversación sin palabras; sonidos de cubiertos rozando la loza de los platos… un vaso que se apoya de nuevo en la mesa, una botella que lo rellena de nuevo… El sonido del mantel, al retirar la vajilla… Miradas bajas, ojos que rehuyen el contacto… Los ruidos de la calle, la lluvia, el motor de los coches, algún claxón lejano… Una carcajada solitaria no invitada…

Y la música, densa, intensa, presente de Harry Escott…

El caminante avanza despacio, primero un pie y luego el otro, juguenteando con las baldosas de colores diferentes: rojo sucio y blanco, igualmente sucio. Esquiva como un autómata las hojas caídas de los árboles, bolsas de plástico y demás obstáculos fácilmente salvables. A su izquierda, el tráfico denso llena los dos carriles por sentido que forman esa calle, ruidosa como pocas. A su derecha, un jardín empobrecido por la polución. En frente, el paseo marítimo. Y al fondo el mar.

El caminante baja las escaleras que le llevan a la playa, se descalza y, tras anudar una zapatilla con la otra, se las cuelga al hombro. Entierra los pies en la arena y respira hondo el aire cargado de salitre que viene del mar. Mira alrededor, desentierra los pies y camina, hacia la orilla. No hay casi nadie; unos pocos surfistas en el agua, hoy casi sin olas, otros paseantes como él, algún perrillo que corre alegre y poco más. Se remanga los pantalones y entra en el agua, un poco por encima del tobillo. Está fría, apenas trece grados. Primeros de abril. Lo normal.

El caminante apaga la música que le acompaña desde que salió de casa y deja que el arrullo de las diminutas olas sea su banda sonora, la banda sonora perfecta en un sitio como ese. Y camina hacia el oeste, hacia el espigón de piedra que casi le robó el mar con sus últimos temporales. Y paso a paso, despacio, se pregunta una vez más sobre el significado del silencio y otras historias… Y se imagina una orquesta, en un final increscendo, o un concierto de Muse, o Placebo, con esos momentos de tanta intensidad; en los que el silencio siguiente se hace doblemente inmenso…

El caminante termina el paseo, se limpia los pies, se los seca con la mano como buenamente puede, vuelve a ponerse los cascos que le ayudan a que su vida parezca un videoclip, se calza, se baja del muro de piedra que intenta encauzar el río que cruza el corazón de la ciudad y se gira. Y sonríe.

El caminante, que nunca aprende…

Me enfrento de nuevo a una página en blanco, un rival de la misma categoría que un pentagrama vacío, lleno de notas a escribir… Un espacio que sabes como comienza pero no como va a terminar… Tal vez una nueva historia, tal vez la misma de siempre (porque la historia dicen que se repite), tal vez un montón de palabras sin conexión con nada… Tal vez sólo una excusa porque llevas mucho tiempo sin escribir y hoy, que por fin tienes algo de tiempo, no se te ocurre nada que merezca la pena…

Y como cada vez que ocurre, parece que los bordes del pentagrama se curven hacia arriba, riéndose de ti, de tu falta de creatividad, de los mismos acordes de siempre, los mismos cambios de tono, los mismos arreglos vocales… O peor aún: se ríe porque, una vez que has terminado satisfecho, te dice qué canción es, de otro grupo… Se ríe como el amante malvado que busca su placer en tu dolor… Y borra todas las notas que has escrito… O se arruga, se hace una pelota y salta feliz a la papelera…

Y como cada vez que ocurre, antes de la primera palabra, la hoja en blanco refleja tu mente a la perfección… E intentas escribir… Y lees el primer par de palabras y te dices “Coño, lo mismo de siempre, necesitas descansar… O dejarlo, que igual esto no es lo tuyo…” Y coges un libro, gordo, y envidias al cabrón del autor, porque sabes lo que cuesta, el trabajo que da, las horas que se invierten… Aunque total luego, el resto del mundo desprecia su trabajo y si puede lo consigue sin pagar, sin reconocer el trabajo del autor…

¿Te imaginas que los coches pudieran descargarse de internet? ¿Y las cervezas de los bares? Molaría, ¿eh? Claro, tu no curras en un bar… ¿En que trabajas? ¿Te haces a la idea?

Se me ha ido la pinza… Esto me ha venido porque el otro día, a un conocido que tiene una empresa informática le llamaron diciendo que habían pillado un bar y que tenían una versión pirata del software que ellos hacían y que a ver si les podían consultar unas dudas…

Manda huevos…

Que mundo…

- Bonito sitio.- Dice ella, en voz baja.

- ¿Te gusta?

- Mucho.

- Normal. Es mi playa.- Dice él, en tono de broma. Saca pecho y abre los brazos, como intentando abarcarla toda.- En realidad antes era más paqueña.- Calla unos segundos, recordando, y añade, serio:- Pero sigue siendo mi playa.

Están sentados, frente a la orilla. Una niebla baja que viene del mar empieza poco a poco a desdibujarlo todo. El sol brilla, borroso e inmenso, creando un efecto extraño, misterioso. Él la mira y sonríe; parece como si se conocieran de toda la vida. Se levanta, se sienta justo detrás de ella y comienza a masajearle los hombros.

- Te noto muy cargada. Venías encorvada por el camino.- Ella asiente.- ¿Demasiadas preocupaciones?- Se encoge de hombros.

- Quizá por eso esté ahora aquí.- Él asiente y sigue, suave. Hay gente haciendo surf sobre las olas, que rompen de izquierda, y un par de perros correteando tras una pelota que alguien que no puede verse ha lanzado.

- Tal vez.- Se quedan en silencio. Él le mueve el cabello para un lado, dejando el cuello al descubierto. Por su mente pasa darle un beso ahí mismo, justo en la nuca. Sonríe, mirando su cabellera densa repleta de rizos castaños. Se acerca, despacio. Pero se lo piensa mejor y sigue con el masaje. Parece que ella no ha notado nada.- Sí, tal vez…

- Tal vez, sí…- Contesta ella.

- Bueno, pero ahora estamos en otro lugar… En otro mundo…- En efecto, la niebla se ha tragado todo alrededor. Él para el masaje y se vuelve a sentar a su lado.

- ¿Sabes?- Dice ella, sin mirarle.- A veces siento como si nos conocieramos de toda la vida…

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 39 seguidores