Mierda. Esto que voy a escribir, duele. Y lo voy a escribir con gran dolor de mi corazón, al ser Pink Floyd una de mis bandas de referencia. Pero es lo que toca. Tengo de fondo la tercera escucha de The endless river, último trabajo de los Floyd, último y el último, parece ser. Por lo que se comenta debe ser un refrito de lo que les sobró del material compuesto para The division bell, que quitando High hopes y Marooned tampoco es que fuera para echar cohetes. Con este punto de partida, la cosa ya no pintaba demasiado bien.

Y no es que el disco sea malo, no; tampoco es eso… Es que no está ni de lejos a la altura del resto de parte de su carrera. Para tener de fondo mientras escribo puede servir, pero no creo que sea un disco que acabe siendo de los imprescindibles en mi colección, en absoluto. Para días de esos que cuesta conciliar el sueño tal vez, pero poco más…

Voy a intentar explicarme, a ver si lo consigo. No hay un grupo en este mundo del que me considere fan, o lo que se conoce como fan: esa persona a la que le gusta cualquier cosa que haga su grupo por muy… muy… mmm… mala que sea. Por ejemplo, a los que les gusta el St. Anger de metallica, o los últimos de Gamma ray o de Bruce Springsteen, o cualquiera de Motley Crue (me van a caer unas cuantas por esto, lo sé). Los Floyd me gustan, mucho, sí, pero sólo su época desde el Dark Side, hasta The final cut casi incluido (Dark side, Wish, Animals (este disco es inmenso, un gran desconocido), the wall y the final cut). Con lo anterior, lo siento, pero no puedo. Igual, si me lo tragara fumado o colocado como ellos al componerlo, tal vez, pero en crudo es imposible. Y ya sin Roger Waters… Pues como que no. El de las camas es muy flojito, muy muy flojito, aún más que este río sin fin, y el Division Bell, pues eso, que ya lo he comentado antes.

Así que, una pena, aunque la verdad, era lo esperado. Lo dicho, no es que sea mal disco; si se pone de fondo no desentona, como cualquier cosa Chillout un poco movida que se pueda poner para estar tranquilo en casa, pero eso, que se echa de menos aquella época majestuosa de los setenta…

Sed felices;-)

Está sonando un piano, de fondo. Suelo poner algo tranquilo cuando escribo, Sigur ros, Anathema, Pink Floyd, clásico (principalmente Chopin), algo de chillout, cosas así… Ahora suena un piano. Siempre me gustó su sonido, aparte de que me parece uno de los instrumentos más completos que hay. Pero es lo de siempre: me falta paciencia. Nunca la he tenido.

Hace un par de años o tres (igual hasta cuatro, que el tiempo pasa que parece que tiene prisa porque nos vayamos) me compré un teclado, sencillo, un yamaha con un montón de sonidos infumables, pero con un buen sonido de piano, con la sana intención de aprender a tocar. Con esa misma buena intención me compré un par de métodos, que no leí, por supuesto. Y me bajé unas cuantas partituras.

Y ahí está, en mi estudio. Con una partitura de Bach colocada en el atril (de lo poco que sé tocar, junto con un trozo de Amelie y un par de cosas que he compuesto), acumulando polvo. Es eso, que me falta paciencia. A veces lo enciendo, acompaño lo que suena en casa (a veces parece que hasta toco algo), y un poquito después lo apago. Y lo dejo descansando hasta la siguiente vez.

Con la guitarra y el bajo siempre me ha pasado lo mismo. Tengo métodos, libros de partituras, programas informáticos… De todo… Pero no tengo paciencia. Me la o lo cuelgo y toco. Lo que sea. Pero me falta paciencia. Tengo impresas las partituras de Starway to heaven para estudiarme el sólo… Me he puesto tres veces en mes y medio… Lo tengo casi, pero me falta paciencia… O las partituras de Jamiroquai que tengo para el bajo… Más de lo mismo… Paciencia…

Y escucho el piano, que suena precioso, y lo escucho con envidia… Envidia de la paciencia y de la constancia del que interpreta la pieza que ahora suena…

¿Donde se compra de eso?

La lluvia llegó sin que nadie la esperara, sin que nadie la invitara… Todos éramos felices; noviembre, sol, calor, todavía playa… Críos en pantalones cortos, perros correteando en la arena, parejas jóvenes cogidas del brazo caminando por los paseos que bordeaban la costa de la Ciudad Dormida, imaginando su futuro cercano, ancianos sintiendo el sol calentar sus doloridos huesos… Todos éramos felices, sí. Hasta que llegó sin avisar.

Y los cielos se abrieron con furia; litros y litros de agua caían con saña… Los niños salieron corriendo de las playas, las jóvenes parejas tuvieron que soltarse para buscar refugio, los ancianos intentaban guarecerse en el lugar más cercano… Y los perros en la arena, ajenos a todo, sentados esperaban que alguien que había salido corriendo les lanzara un palo. O una pelota.

Me apoyé en una farola. El primer día de lluvia tras el calor siempre me gusta; el aire huele diferente. Buscaba reflejos en el suelo; edificios, gente reflejada, para imaginar cómo quedarían en una foto, desdibujados por las gotas al romper contra el espejo que formaba el agua sobre las baldosas negras. En mis oídos sonaba aquel disco de portada verdosa, que compré duplicado hace como un par de años, y no por error. La sensación del cuerpo era extraña… Algo que termina, un pasar de página, un verano extraño que casi ni existió que se escapó entre los dedos y sin hacer ruido… Algo que comienza, más frío, más oscuro… Más triste, sin duda…

Y así, sin quererlo, me vestí de nostalgia… Me dejé abrazar por la lluvia y el frío, por las calles vacías y el sonido del tráfico sobre asfalto mojado, por el reflejo de las luces en los charcos de agua… Recordaba momentos, calles, lugares… La lluvia, diferente, más cálida… De un verano que pasó sin que nos diéramos cuenta…

Aquella tarde lucía el sol. Era una estupenda tarde de finales de junio; calorcito, algo de brisa… Una tarde magnífica para pasar dando un paseo o estar sentado en una terraza compartiendo algo de beber con los amigos. Pero no; estaba sumergido en aquel sofa, con un grupo de niños revoltosos correteando y dando gritos a mi alrededor. Aquel no era el plan inicial de aquella tarde: la idea era la otra, la de la terraza y las cervezas…

En la habitación de al lado, la cocina, el grupo de mujeres cotorreaba a gran volumen. Aquello era un infierno. Así que hice lo que rara vez hago: encender la tele un domingo por la tarde. La liga estaba terminando y los equipos de segunda división se jugaban el ascenso en varios campos de futbol, negocio (que no deporte) que me la sopla bastante. Entre ellos estaba el Eibar, al que no sé porqué extraña razón siempre he tenido un cierto cariño. Supongo que porque no es ni el Athletic ni la Real. La cosa estaba emocionante, ya que según quien marcara subían unos y bajaban otros. Así que mientras jugaba con el móvil, tenía el futbol como música de fondo. Y como los críos eran pequeños todavía como para sucumbir bajo el influjo del maligno, se escaparon a otra habitación. Luego llegó él, el hombre de la casa, saturado de la charla de la cocina, y se sentó pesadamente en el sofá de al lado, dando un respiro.

- ¿Tú viendo futbol?

- Ya ves. Aleja a los niños, parece.- Se ríe.

- ¿Y como va?

- Está emocionante. Igual hasta sube el Eibar.

- ¡Anda! ¿Que dices?

- Pues sí.

Y allí nos quedamos, viendo el primer ascenso del club armero a primera división. En silencio, disfrutando de unos instantes de paz, en una tarde soleada que deberíamos haber pasado en la calle.

Y el sábado pasado me fui a trabajar esperando un desenlace que, aunque tal vez fuera lo mejor, ninguno queríamos. Y a media mañana me dieron la noticia. Se había ido un gran hombre; uno de esos pocos que hacen que el mundo sea un poquito más habitable, siempre dispuesto a echar una mano en lo que fuera, socarrón, divertido a la vez que serio. Hoy el mundo que queda es eso, un lugar un poquito más inhóspito.

Que suerte tienen arriba. Espero que cuando me llegue el momento de subir me recibas tocando un piano de cola.

Un abrazo. Y gracias por todo.

- ¿La tuya cual era, la ocho o la tres?

- No recuerdo.- Ella mira al frente, hacia un horizonte sobre el que el mar está bajando, ya cerca de sumergirse en las aguas revueltas, escondido por la bruma que forman las olas al romper contra las rocas.

- Ya.- El suspira.- Yo tampoco.- La tarde no ha salido como debiera; demasiados silencios incómodos, demasiados momentos fríos, y el último recurso, el atardecer, tampoco iba como debía. Ella respira profundamente, se gira y se le queda mirando.

- Oye, son cosas del pasado. No importa cual fuera, me gustaban las dos, y a ti también… Una era tuya y la otra mía, y ya está.- Él asiente, ligeramente cabizbajo.- Lo importante son las sensaciones que te producen cuando las escuchas.

- Ya… Esa ligera nostalgia…

- Eso. Es como un álbum de fotos; te transporta a otra época de tu vida… Y te hace recordar.- El asiente de nuevo, no muy convencido.- Y además, ten en cuenta otra cosa…

- ¿Cual?

- El ocho y el tres, si los giras muy deprisa, forman el mismo dibujo…- Ambos sonríen.- Y uno nunca sabe cuando llegará otra vez un remolino…

Hoy tengo que reconocer que no estoy demasiado inspirado, como me pasa últimamente. Exceso de carga de trabajo y, sobre todo, falta de tiempo a la que habrá que poner remedio de algún modo, bien sea drástico o no, pero algo hay que hacer. Si escribo me vienen a la cabeza las mismas frases de siempre, los mismos temas y si toco me pasa igual. Tengo el cerebro seco. Necesito, de nuevo, unas completas vacaciones de mi mismo, irme sólo por ahí, a perderme entre las piedras, a charlar con las paredes, a sentir el aire de las montañas solitarias… Y sobre todo, a escuchar el silencio.

Sube a una cima, sólo. Abre los brazos en cruz y siente que eres la única persona que habita el mundo. Deja que el viento te acaricie y te despeine. Siente el frío de las cumbres nevadas. Respira, descálzate y carga las pilas. Olvídate de toda esta mierda tecnológica que nos tiene abducidos y distraídos…

Tienen los Floyd una canción titulada Time, que dice más o menos así (traducción sacada de http://www.letras4u.com):

Viendo pasar los momentos que componen un día monótono desperdicias y consumes las horas de un modo indecoroso vagando de aquí para allá por alguna parte de tu ciudad a la espera de que alguien o algo te muestre el camino.

Cansado de tumbarte bajo el sol te quedas en casa mirando la lluvia… Eres joven y la vida es larga; hoy puedes matar el tiempo… Y luego, te das cuenta un día de que tienes diez años más tras de ti… Nadie te dijo cuando correr, llegaste tarde al disparo de salida.

Y tú corres y corres para alcanzar el sol, pero él se está poniendo y girando velozmente para elevarse detrás tuyo otra vez. El sol sigue siendo el mismo, pero tú eres más viejo… Tu respiracíon es más corta y estás un día más cerca de la muerte.

Cada año se hace más corto… Nunca pareces encontrar tiempo para aquellos planes que al final se quedan en nada… O en media página de líneas garabateadas esperando en silenciosa desesperación a la manera inglesa…

El tiempo se ha acabado, la canción se ha terminado… Pensaba que diría algo más…

Bastante ha dicho. Hala, a la calle…

- Aquel día te hice un anillo con el alambre del pan de molde… ¿Te acuerdas?

- Sí. Estabas escribiendo algo frente a la ventana, con una taza de café. Era otoño, o al menos el comienzo del mismo…- Sonríe.- Me paré en la puerta y me di cuenta de que sí, que no había remedio: te estabas quedando calvo del todo.- Suelta una risa traviesa. Él pone cara de ofendido.

- Es herencia familiar. No puedo luchar contra mis genes.

- No. No puedes.

Él se da la vuelta. Ella no está allí; hace tiempo que dejó de estarlo. La casa vacía, de paredes blancas, el eco del paso de sus pisadas, las únicas que suenan, la cama fría y desierta todas y cada una de las noches, un único cepillo de dientes en el lavabo…

- Aquel día te hice un anillo con el alambre del pan de molde…

Pero nadie responde; sólo el silencio.

El set de rodaje es inmenso: un campo nevado gigantesco con casas semidestruidas, nidos de ametralladoras, árboles ennegrecidos, un tanque humeante y un montón de gente, unos con uniforme ruso, blanco, y otros con uniforme alemán, gris claro. Se ha bajado la temperatura para que las respiraciones se vean y quede todo más realista. Al otro lado, un montón de cámaras, focos, la silla del director, miles de metros de cables, un par de mesas con los guiones dibujados, maquilladores, el director, ayudantes de diversa índole, y otros fotógrafos que, al igual que yo, trabajan para realizar un buen pressbook de la película.

El director viste un cabreo impresionante, quejándose de que no se cree las escenas. Los actores están muy serios, escuchando con la cabeza baja. Y entonces se le ocurre la idea: la escena del ataque a la casa derruida se rodará de nuevo, pero esta vez se hará con munición real. Abro los ojos como platos, pero parece que soy el único en darse cuenta de la carnicería que se va a montar en un par de minutos. Explica como va a desarrollarse todo, cómo el comando alemán intentará destruir el nido de ametralladoras del segundo piso de la casa con granadas o un bazooka, y recalca que se debe suspender la refriega sólo cuando él dé la orden de corten. Intento hacerles ver la locura de la idea, pero me dicen que me retire y que vaya a una columna de mármol que hay cerca de la entrada. Me alejo y escucho como se le dice a todo el mundo que tienen que firmar el nuevo contrato, con execión de responsabilidad si quieren cobrar algo a final de mes. Pasan todos por una de las mesas; hasta los extras que van a conducir un coche que saltará por los aires.

Me apoyo contra la columna, con la cámara en la mano. Todo el mundo está en posición. Pasan un par de ayudantes con máquinas de humo. La iluminación cambia. El director se levanta y grita acción. Y la primera bala le revienta la cabeza, que explota como una sandía madura. Una ráfaga pasa por encima de mi cabeza destrozando una línea de focos y a un par de técnicos y me tiro al suelo, escondiéndome detrás de la columna. Se escuchan tiros, explosiones, juramentos, gritos de dolor… Intento ver algo tumbado, protegido, y veo el camión de los extras saltar en mil pedazos, lanzando brazos y piernas por todas partes… Grito corten con todas mis fuerzas, pero claro, no soy el director… Un soldado alemán se arrastra con un lanzacohetes a la espalda en dirección a la casa, pero alguien lo ve y le lanza una granada que pone fin a su aventura. Se escucha un blindado que se acerca y aparece detrás de una duna de nieve, apunta hacia donde me encuentro y dispara…

La loma está cubierta de césped recién cortado y brilla el sol. Hay un grupo de árboles bajos, que no tengo ni idea que son, pero a sus pies descansan cientos de margaritas. No sé quién es la chica que está a mi lado. Tan sólo sé que es alguien importante en la historia que alguien está escribiendo y que tengo que conseguir llevarla a la edificación que preside la colina, una especie de viejo caserón con aspecto de iglesia anglicana. Y sobre todo tengo que tener cuidado de que el de arriba, sea quien sea, no nos localice. Salimos corriendo hacia allí, cogidos de la mano, pero según doy el primer paso sé que no hay nada que hacer; un cuervo nos vigila desde una de las ramas… Y sonríe…

Despertador.

Alguien me dijo una vez que, cada vez que tomamos una decisión, se crea otro universo paralelo en el que la vida sigue, pero con la opción que no hemos elegido. Es bonito pensar que tal vez sea así, pero la verdad… No creo que seamos tan importantes. Además cada día generaríamos una ingente cantidad de materia; doblaríamos el universo con cada duda de cada uno de los seres vivos del universo… Me como esa cebra, no me la como… Piso esa hormiga, no la piso… Arranco esa brizna de hierba, no la arranco… Imposible. Para divagar está bien, pero…

La persona en cuestión me decía que no, que eso sólo ocurre en las decisiones importantes. Aquí, aparte del problema de definir la importancia de las cosas (aplastar un mosquito contra la pared puede que no sea importante para mi, pero que le pregunten al mosquito a ver qué opina), seguimos con el problema de que siguen siendo muchas… Menos que antes, es cierto… Pero muchas… Además… ¿porqué sólo tenemos consciencia del universo presente? ¿Donde están mis otros yo que he ido criando cada vez que he acertado o metido la pata? ¿Cuantos de ellos son yonkis ahora, o se han suicidado, o son estrellas famosas, o gente de provecho? ¿Cuales llevan una vida feliz, cuales no y cuales están casados, solteros o divorciados? ¿Tal vez alguno sea gay? Rediós que pinta complicado el tema…

Hay por ahí, buscadlo, una cosa llamada suicidio cuántico. Burdamente resumido sería que alguien juegue un número a la lotería y se suicide si no toca. Así elimina todas sus existencia paralelas excepto en aquella en la que es rico. Un poco absurdo, ¿no? Sobre todo si no te toca…

Tal vez sea que la gente se aburre demasiado y no acepta que esto es lo que hay, que nada ha habido antes y que nada vendrá después porque, sí, aceptadlo, no somos tan importantes.

En absoluto.

- No sé, yo al menos lo veo así.

La ventana abierta deja que entre un poco de aire fresco del patio interior, que alivia momentáneamente el calor sofocante. No hay música, sólo el murmullo de la gente de las otras mesas. Todo en ese sitio invita a la tranquilidad; un ambiente familiar, como de andar por casa: mesas diferentes unas de otras, sillas desparejadas, muebles gastados… Un lugar vestido de dulce decadencia, cómodo de habitar.

- Es un poco raro.- Ella de un corto trago de su zumo de naranja.

- No. Es como un armario lleno de cajones. Tú eliges cuales abrir.- Él remueve su café, demasiado caliente para el bochorno que hace.

- Me estás comparando la vida con un armario.- Se ríen.

- Claro. Pero no un armario cualquiera; uno grande, con infinidad de cajones.

- Y en los cajones hay…

- Experiencias.- Ella asiente.- Unas buenas, otras no tanto… Pero experiencias. Supongo que la vida consiste en que cuando lleguemos al final, que espero que esté muy lejos, no nos arrepintamos de no haber abierto algunos.

Se quedan en silencio. En una mesa cercana suena un móvil; comienza una conversación.

- ¿Salimos?- Pregunta ella. Él asiente.- ¿Te has dado cuenta de que empieza a oler a otoño?

Él asiente de nuevo…

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