Alguien me dijo una vez que, cada vez que tomamos una decisión, se crea otro universo paralelo en el que la vida sigue, pero con la opción que no hemos elegido. Es bonito pensar que tal vez sea así, pero la verdad… No creo que seamos tan importantes. Además cada día generaríamos una ingente cantidad de materia; doblaríamos el universo con cada duda de cada uno de los seres vivos del universo… Me como esa cebra, no me la como… Piso esa hormiga, no la piso… Arranco esa brizna de hierba, no la arranco… Imposible. Para divagar está bien, pero…

La persona en cuestión me decía que no, que eso sólo ocurre en las decisiones importantes. Aquí, aparte del problema de definir la importancia de las cosas (aplastar un mosquito contra la pared puede que no sea importante para mi, pero que le pregunten al mosquito a ver qué opina), seguimos con el problema de que siguen siendo muchas… Menos que antes, es cierto… Pero muchas… Además… ¿porqué sólo tenemos consciencia del universo presente? ¿Donde están mis otros yo que he ido criando cada vez que he acertado o metido la pata? ¿Cuantos de ellos son yonkis ahora, o se han suicidado, o son estrellas famosas, o gente de provecho? ¿Cuales llevan una vida feliz, cuales no y cuales están casados, solteros o divorciados? ¿Tal vez alguno sea gay? Rediós que pinta complicado el tema…

Hay por ahí, buscadlo, una cosa llamada suicidio cuántico. Burdamente resumido sería que alguien juegue un número a la lotería y se suicide si no toca. Así elimina todas sus existencia paralelas excepto en aquella en la que es rico. Un poco absurdo, ¿no? Sobre todo si no te toca…

Tal vez sea que la gente se aburre demasiado y no acepta que esto es lo que hay, que nada ha habido antes y que nada vendrá después porque, sí, aceptadlo, no somos tan importantes.

En absoluto.

- No sé, yo al menos lo veo así.

La ventana abierta deja que entre un poco de aire fresco del patio interior, que alivia momentáneamente el calor sofocante. No hay música, sólo el murmullo de la gente de las otras mesas. Todo en ese sitio invita a la tranquilidad; un ambiente familiar, como de andar por casa: mesas diferentes unas de otras, sillas desparejadas, muebles gastados… Un lugar vestido de dulce decadencia, cómodo de habitar.

- Es un poco raro.- Ella de un corto trago de su zumo de naranja.

- No. Es como un armario lleno de cajones. Tú eliges cuales abrir.- Él remueve su café, demasiado caliente para el bochorno que hace.

- Me estás comparando la vida con un armario.- Se ríen.

- Claro. Pero no un armario cualquiera; uno grande, con infinidad de cajones.

- Y en los cajones hay…

- Experiencias.- Ella asiente.- Unas buenas, otras no tanto… Pero experiencias. Supongo que la vida consiste en que cuando lleguemos al final, que espero que esté muy lejos, no nos arrepintamos de no haber abierto algunos.

Se quedan en silencio. En una mesa cercana suena un móvil; comienza una conversación.

- ¿Salimos?- Pregunta ella. Él asiente.- ¿Te has dado cuenta de que empieza a oler a otoño?

Él asiente de nuevo…

Creo que te he perdido… llevo tiempo buscándote, pero no apareces… Ni entre mis sueños, que apenas consigo recordar, ni entre las hojas de los árboles de los montes que recorro buscándote, ni entre las páginas de los libros en los que otros te encontraron… Ni a través del objetivo de mi cámara de fotos… Ya no estás al otro lado… Ni mis dedos consiguen que aparezcas, al contacto de las cuerdas… Toco, y suena vacío…

Me siento en el mismo balcón desde el que te vi mil veces, con mi inseparable taza de café, blanca y negra, como bien sabes, y no apareces… Las nubes recorren el cielo dibujando sonrisas irónicas a su paso… Apoyo la espalda contra las baldosas verdes, dejo la mente en blanco y eso… Blanco. Silencio de redonda. Foto sobre expuesta. Nada.

Camino arrastrando los pies por las calles de esta ciudad, un día tras otro… Escucho canciones que me traen ideas… Pero a la hora de plasmarlas… Nada… Blanco… Silencio de redonda. Con puntillo. Me siento delante de la pantalla, con la hoja en blanco… Y así permanece, vacía… Escribo tres líneas y dejo pulsada la tecla de borrado un rato… Blanco… Nada… Y a través del objetivo… Siempre las mismas imágenes… Nada nuevo… Cambian los lugares, el clima, las personas… Pero sigue siendo lo mismo de siempre…

Vacío… Nada… Blanco… Silencio… Espero que algún día vuelvas… Que todo sea como antes…

Espero…

¿Cómo lo hacíamos? ¿Cómo éramos capaces? ¿Cómo podíamos vivir sin todo esto? Sin el facebook, sin los blogs, sin el twitter, instagram, dropbox… Y sobre todo… ¿Cómo cojones conseguíamos vivir sin el guachap? Ahora visto, parece imposible que antes de todo esto existiera el ser humano (o lo que sea que somos en este instante)… ¿Cómo conseguíamos sobrevivir al mundo que, ¡ay!, hay ahí fuera? ¿Cómo lográbamos escapar de esa mísera y aburrida puta vida que llevábamos? Parece increíble que no hubiera suicidios colectivos, en masa, ciudades enteras sumergiéndose en el mar, o saltando al vacío desde precipicios inmensos…

¿Cómo sobrevivían las empresas? Ahora se cae un servidor y se paraliza medio mundo: nadie vende, nadie compra, nadie sabe qué hacer… Cuando ocurre, todo se llena de caras que llevan una “O” pintada en la boca… Oh, cómo ha podido pasar… Oh, que desastre… Oh, esto es lo peor que podría “O”currir… La gente corre de un lado a otro como pollos descabezados… ¿Cómo vendías algo sin volverte loco? Parece impensable que se fuera capaz…

¿Qué vida social de mierda teníamos entonces? ¿Cómo avisabas a tus amigos de que ibas a llegar tarde? ¿O de que estábamos en otro bar porque el de siempre estaba cerrado (y no nos habíamos enterado porque no existía un facebook que nos informara)? ¿Cómo manteníamos la amistad sin esa maravillosa herramienta llamada guachap? Joder… Que díficil tenía que ser todo… Menos mal que olvidamos pronto…

Teléfono fijo… Cartas escritas a mano… Una nota en la puerta de un bar cerrado… O en la farola de siempre, junto con otras parecidas… Preguntar a conocidos a ver si habían visto a tal o cual… Quedar a una hora determinada en un sitio tras una ronda alfabética de llamadas… Improvisar para localizar a alguien… Incluso tener la osadía de recorrer varias manzanas y llamar al timbre de su casa… Tardes de espera viendo el Tour de Francia…

Notas a mano… Sumas con calculadora… Frutas elegidas una a una… Meter la mano en el cesto de las alubias… No, esa no; póngame esa otra… Recontar las cosas al final del día… Acercarse a la empresa del proveedor…

Menos mal que hemos evolucionado. Menos mal que hemos dejado toda esa mierda detrás y que gozamos de una vida llena de felicidad; solitarios y en silencio aunque estemos juntos, mientras chateamos con nuestros teléfonos con gente que casi no conocemos que se encuentra en la otra punta de este mundo que creemos haber empequeñecido… Menos mal. Menos mal que cada día somos más sabios y tenemos una vida más plena, que la depresión está casi erradicada, y que todo va más rápido, sin dejarnos tiempo a pararnos a pensar. Menos mal.

Menos mal… Porque si lo hiciéramos… ¿Eh? Si lo hiciéramos…

Menos mal.

- Venga, que ya no falta nada…

- Déjame el afinador, que quiero mirar…

- ¿Otra vez?

- Ya sabes…

Los Jacks de los inalámbricos cuelgan. La gente va loca de un lugar para otro. En el escenario, inmenso, se están probando las diferentes líneas de la batería. Alguien comenta:

- Mierda. Parece que empieza a llover.- Me encojo de hombros, no está en mi mano evitar eso.

- Guardad las guitarras en los estuches y los subimos cerrados para que no se mojen. Cinco minutos y empezamos.

- Yo no los guardo, que se me desafinan.- Comento.

- No te va a quedar otra. Está empezando a llover bastante.

Me imagino a la gente que ha venido a vernos, sobre todo a ese grupo de incondicionales, bajo la lluvia. Joder, hace media hora hacía bueno. Saldremos y lo daremos todo, por ellos, haciéndolo lo mejor posible. A ver si gusta todo lo que hemos preparado. El viento pega una bofetada a la enorme jaima en la que nos encontramos. Y empieza el diluvio. Y el huracán, que arranca la tela del fondo del escenario, de dieciocho metros de ancho por más de diez de alto, formando una vela incontrolada que derriba todo a su paso. La gente sale corriendo. Uno resbala y se desencaja un hombro. Se oyen gritos, alguien pide una ambulancia. Empiezan a caer focos. El público huye. Me descuelgo el bajo. Lo guardo en su funda. Recojo el otro.

Cinco minutos, lo que nos libró del infierno…

- ¿Qué te marca el GPS?

- Me marca un cruce por el que hemos pasado varias veces… Y tal vez no debiéramos volver a pasar.- Miro el pequeño aparatito que llevo en la mano.- Lo que no sé es como ha pasado otra vez.

- Tal vez la niebla…

- Sí, tal vez la niebla…

Estirado, no soy capaz de verme los pies. Camino agachado para no tropezar y aun y todo es difícil. Todo son trampas alrededor… Ramas escondidas que buscan tus ojos, raices tus tobillos, ortigas tus piernas desnudas… Barro… Sólo falta que empiece a llover…

- No sé si merece la pena seguir con esto.- Mira alrededor.- No vamos a ver nada cuando lleguemos… Si llegamos…

- Ya… Pero es que falta tan poco… Y podemos comernos el bocata sentados en la cima…

- Sí… Pero sin vistas…

- Sí. Creo que sería más fácil.- La plaza está extrañamente vacía; luce el sol, no hace calor, la brisa es suave y las terrazas de las cafeterías tienen muchas más mesas desocupadas que ocupadas. Un grupo de niños juega a futbol usando de portería uno de los inmensos arcos de piedra del antiguo ayuntamiento; casi todos los tiros terminan en gol. Y como siempre, las palomas van picoteando todo lo que encuentran.- Mucho más fácil.

- Pero se generarían mucho problemas, ¿no crees?- Sobre nuestra mesa, un café con leche y un cortado, un cenicero que ahora está de adorno y un servilletero que publicita una conocida marca de cerveza. Me mira a los ojos. Me encojo de hombros.

- Tal vez. Es problema es que no sabemos relativizar las cosas.- Me rasco la barbilla.- Aunque en realidad, el problema reside en otra cosa, que en fondo es lo mismo…

- Y es…

- Que creemos que somos eternos. Que vamos a vivir para siempre. Que somos inmortales. Y no lo somos.- Me mira seria.- Cada día, sin darnos cuenta, nuestra batería se agota un poco… Y se nos escapan un montón de segundos entre los dedos… Y no podemos evitarlo. Pero seguimos creyendo que vamos a durar siempre.- Miro al suelo unos segundos.- El día de mi caída, cuando iba por el aire, pensaba “¿ya? ¿así acaba todo?”… Una cosa de esas te espabila. Te enseña que ese reloj existe. Y que no sabes cuanta cuerda tiene.

- Buf. Que mal rollo.

- Lo que quieras. Pero es así. Y si te pones a pensar en la inmensa cantidad de tonterías que dejamos de hacer o de vivir por ese “qué dirán” de los cojones… Es de risa. Nos cortamos las alas sin tener en cuenta que dentro de doscientos años nadie sabrá de nuestra existencia. Somos lo que vivimos… Luego…- Hago un gesto vago con las manos, como una mariposa que echa a volar. Ella baja la mirada. Sonrío.- Pero no te pongas triste. Tiene que haber normas, sinó esto sería la selva.

- También. ¿Paseamos?- Asiento. Pide la cuenta y pagamos en silencio.

Salimos de la plaza. Las calles de la parte antigua de la Ciudad Dormida parecen aletargadas, sin vida. Me coge del brazo y apoya su cabeza en mi hombro. Le revuelvo el cabello, sonriendo.

- Hoy estamos muy serios, ¿no crees?- Ella asiente.- ¿Vamos a la playa?

- Vamos.

¿No lo sientes? Está ahí… Hasta huele diferente… La luz, encendida desde horas tempranas… El frío, de vacaciones… La lluvia… Esa sigue apareciendo, pero cada vez menos… ¿No lo sientes?… Las mujeres, cada día más hermosas… Sí, es el verano, que parece que llega…

Gente en las playas, las terrazas llenas, cervezas, algo para picar… Todo el mundo pasea por el marco incomparable… Los chavales ya no van a clase y se dedican a intentar ligar algo (aquí ya se sabe que está complicado, a no ser que uno se incline por personal no autóctono)… Los no tan chavales lo mismo… Conciertillos de verano en todos los pueblos…

¿No lo sientes? Está ahí… Ha venido para visitarnos unas semanas sólo, así que, ya sabes… Apaga esto y sal fuera a vivir, a respirar, a sentir, a mirar las obras de arte que caminan por la calle…

El sueño esta vez transcurre en un Zaragoza imaginario. Me encuentro en una casa oscura con todas las persianas bajadas y no sé a donde, pero voy tarde. Debo subir a un tren para el que aún no tengo billete. Internet todavía no se ha inventado (o ya nadie lo usa) y tengo que ir a la estación. Son las cinco y la salida es en hora y media.

Bajo a la calle y cruzo una carretera amplia de varios carriles sin tráfico, hasta la acera contraria. Entro en un supermercado que en realidad hace funciones de estación de tren. Arrastro mi carro vacío hasta la caja en la que tengo que sacar el billete. Pido uno para la Ciudad Dormida y confirmo la hora de salida… ¿Es el último?… Es el último… Perfecto. No puedo llegar tarde.

Salgo a la calle. Son ya las seis menos cuarto, así que mejor si no me alejo mucho. Mi padre me espera dentro de un coche… Hay tiempo, podemos ir a tomar algo… No, que pierdo el tren… Que sí, que es aquí al lado… Que no, que me conozco tus “al lados”… Que sí, coño, que es aquí mismo; además está tu madre y así te despides… Total que acepto. Me subo al coche, con música de Elvis, tormento para mis oídos. Arranca. Cruzamos calles y más calles, todas vacías… Rotondas, parques… Una larga carretera que nos saca de la ciudad… Entramos en una autovía… Zaragoza 45 km… Cogemos una secundaria… Empezamos a subir un puerto de montaña, muy arbolado… Zaragoza 95 km… Al lado. Mierda, creo que me han liado… Igual pierdo el tren… Son las seis menos cinco (sí, lo sé; distancia tiempo imposible, pero no pretenderéis que lo calcule todo hasta dormido, ¿no?)… Curvas, más curvas… Empieza a nevar… Estupendo… Y al girar de nuevo aparece el restaurante, con una indicación: Zaragoza 285 km. Fantástico. Creo que la he jodido. O tal vez no: sólo son las seis… Entro, saludo y nos vamos, ¿de acuerdo?… Vale…

Dentro del bar suena de fondo The end de los Doors; sobre la barra polvorienta, algunos taburetes altos dados la vuelta. Mi madre apura un cortado descafeinado corto de leche mientras hojea un periódico amarillento. Saludo… Mira, tienes que ver esto… No puedo, que pierdo el tren y tengo que volver sí o sí… Nada, que tienes que ver esto, que merece la pena… Que no puedo, de verdad… ¿Qué tienes?… No recuerdo, pero algo… Además, te he contratado una guía para que te lo enseñe todo… Que no, que salgo en diez minutos (efectivamente, seis y veinte, doscientos ochenta y cinco largos kilómetros)… Me presenta a la guía: una impresionante pelirroja de aspecto vikingo: alta, musculada y de imponentes ojos oscuros. La miro, acobardado, y la sigo sin rechistar, como un idiota… Si es que…

Al fondo está, después de cruzar unas mesas vacías y unas estatuas de corte griego cubiertas por sábanas semitransparentes, la parte del museo… Me coge de la mano y me dejo llevar… Ahí están los retablos del siglo XII… Efectivamente, hay unos cuantos de carcomida madera pintada de oro gastado, con motivos religiosos… No hago demasiado caso, perdido en el vaivén de sus caderas… Y esta es la parte romana: un museo Chill-Out interactivo, donde puedes interactuar como quieras con todo lo que ves… Con todo lo que ves… Lo que veo es una preciosa morena escultural con una túnica poco dada a fomentar la imaginación, corona de laurel y un pecho al aire, reclinada en un diván de mármol, dando cortos sorbos a una copa de vino… Le acaricio despacio, con la yema del índice, desde el lóbulo de la oreja hasta el pezón descubierto… Me mira a los ojos y me sonríe… La vikinga también sonríe… El tiempo parece ralentizarse… Sonrío… Animals de Pink floyd llena la estancia… Avanzo un poco, despacio… Tres divanes, el del medio libre, dos chicas, dos pechos al aire… Creo que este es mi destino, que me quedo aquí… Las chicas sonríen, la vickinga también, yo lo mismo… Parece flotar una especie de niebla narcótica alrededor… Todo es felicidad y alegría… Aunque noto algo en la cabeza… Un tic tac… Me sirvo una copa de vino… Tic tac… Acerco mis labios a los de la vikinga… Tic tac… Le rozo los suyos… Tic tac… Algo había que no recuerdo… Tic tac… Estiro una mano… Un reloj da las siete y media… Tic tac… La mano… Tic tac… La escena comienza a cobrar velocidad… Tic tac… Las siete y media… Tic… Las siete y media… Tac. ¡Llego tarde!

Salgo corriendo como una exhalación. Mis padres han desaparecido y no queda nadie en el bar. Salgo al parking. Su coche ya no está. Sólo queda un taxi, que parece que me esté esperando, haciendo trompos y quemando rueda en medio del parking vacío… Tal vez, si corre lo suficiente, le demos la vuelta al tiempo… Aunque no creo…

Despertador…

- ¿Te apetece?

- Perfecto. Y tengo verdadera curiosidad. Nunca te he visto hacerlo…- Me guiña un ojo, pícara.

- Ya. Muy poca gente…- Suspiro, siguiéndole la broma.- Pero te lo haré encantado.

- Lo sé.- Responde ella, acompañando las palabras con un gesto altanero.- No lo dudo…

Abro la nevera; siento la corriente de aire fresco en la cara: un día demasiado caluroso. Saco de la balda superior el bote de café, semioculto entre cocacolas, aquarius y cervezas. De la puerta cojo una botella de leche. Cierro la nevera con el codo derecho y agito el bote y la botella. Ella sonríe. Saco la vieja cafetera italiana mil veces remendada, la misma que me regaló mi madre hace una eternidad, la lleno de agua, añado el café y la pongo a fuego suave, como en su día alguien me recomendó. Y repito su frase:

- Como mejor sale es haciéndolo despacio, sin prisa, a fuego lento.- Ella me mira, intrigada. Me encojo de hombros.- Eso me dijeron.

- ¿El café?

- Claro.

- Ah.- Cambia de tema.- ¿Salimos al balcón?

- Claro.- Repito.- Tenemos un buen rato.

Desde el balcón, la misma vista de siempre: las casas del barrio, todas por debajo; los montes, verdes, atrapando en sus cumbres las nubes bajas; el tren, a lo lejos; algún barco en el puerto; el ruido de los niños del barrio, jugando felices… Vamos, lo de siempre.

- ¿Quieres sentarte? Tengo un par de sillas plegables, de esas de tela, horribles, con rayas verdes, blancas y amarillas… ¿Te apetece?- Pone cara de susto y asiente. Entro de nuevo y aprovecho para poner algo de música, algo tranquilo: la banda sonora de Her, de Arcade Fire. Vuelvo a salir con las sillas. Las abro y pongo una junto a la otra. Y le muestro mi obra, orgulloso.

- Sí que son feas. Tenías razón.

- Cierto. Pero son cómodas. Ya verás.- Y se sienta. Y me sonríe con los ojos, como tantas otras veces.

Nos quedamos en silencio, escuchando el tráfico lejano mezclado con el piano y la orquesta que suena bajita, mirando como las ramas de los árboles se agitan despacio, esperando que la vieja cafetera añada su sonido a nuestra canción.

- ¿Sabes?- Le digo.- Hoy te voy a ceder mi taza, la blanca y negra.- Sonríe.

- Es un gran honor.- Sonrío.

- Sí. Para ella…- Le revuelvo el cabello, vuelve a sonreir y apoya su cabeza en mi hombro.

A lo lejos, parece que la vieja cafetera empieza a sonar. Y claro, no me levanto.

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