El caminante avanza despacio, primero un pie y luego el otro, juguenteando con las baldosas de colores diferentes: rojo sucio y blanco, igualmente sucio. Esquiva como un autómata las hojas caídas de los árboles, bolsas de plástico y demás obstáculos fácilmente salvables. A su izquierda, el tráfico denso llena los dos carriles por sentido que forman esa calle, ruidosa como pocas. A su derecha, un jardín empobrecido por la polución. En frente, el paseo marítimo. Y al fondo el mar.

El caminante baja las escaleras que le llevan a la playa, se descalza y, tras anudar una zapatilla con la otra, se las cuelga al hombro. Entierra los pies en la arena y respira hondo el aire cargado de salitre que viene del mar. Mira alrededor, desentierra los pies y camina, hacia la orilla. No hay casi nadie; unos pocos surfistas en el agua, hoy casi sin olas, otros paseantes como él, algún perrillo que corre alegre y poco más. Se remanga los pantalones y entra en el agua, un poco por encima del tobillo. Está fría, apenas trece grados. Primeros de abril. Lo normal.

El caminante apaga la música que le acompaña desde que salió de casa y deja que el arrullo de las diminutas olas sea su banda sonora, la banda sonora perfecta en un sitio como ese. Y camina hacia el oeste, hacia el espigón de piedra que casi le robó el mar con sus últimos temporales. Y paso a paso, despacio, se pregunta una vez más sobre el significado del silencio y otras historias… Y se imagina una orquesta, en un final increscendo, o un concierto de Muse, o Placebo, con esos momentos de tanta intensidad; en los que el silencio siguiente se hace doblemente inmenso…

El caminante termina el paseo, se limpia los pies, se los seca con la mano como buenamente puede, vuelve a ponerse los cascos que le ayudan a que su vida parezca un videoclip, se calza, se baja del muro de piedra que intenta encauzar el río que cruza el corazón de la ciudad y se gira. Y sonríe.

El caminante, que nunca aprende…

Me enfrento de nuevo a una página en blanco, un rival de la misma categoría que un pentagrama vacío, lleno de notas a escribir… Un espacio que sabes como comienza pero no como va a terminar… Tal vez una nueva historia, tal vez la misma de siempre (porque la historia dicen que se repite), tal vez un montón de palabras sin conexión con nada… Tal vez sólo una excusa porque llevas mucho tiempo sin escribir y hoy, que por fin tienes algo de tiempo, no se te ocurre nada que merezca la pena…

Y como cada vez que ocurre, parece que los bordes del pentagrama se curven hacia arriba, riéndose de ti, de tu falta de creatividad, de los mismos acordes de siempre, los mismos cambios de tono, los mismos arreglos vocales… O peor aún: se ríe porque, una vez que has terminado satisfecho, te dice qué canción es, de otro grupo… Se ríe como el amante malvado que busca su placer en tu dolor… Y borra todas las notas que has escrito… O se arruga, se hace una pelota y salta feliz a la papelera…

Y como cada vez que ocurre, antes de la primera palabra, la hoja en blanco refleja tu mente a la perfección… E intentas escribir… Y lees el primer par de palabras y te dices “Coño, lo mismo de siempre, necesitas descansar… O dejarlo, que igual esto no es lo tuyo…” Y coges un libro, gordo, y envidias al cabrón del autor, porque sabes lo que cuesta, el trabajo que da, las horas que se invierten… Aunque total luego, el resto del mundo desprecia su trabajo y si puede lo consigue sin pagar, sin reconocer el trabajo del autor…

¿Te imaginas que los coches pudieran descargarse de internet? ¿Y las cervezas de los bares? Molaría, ¿eh? Claro, tu no curras en un bar… ¿En que trabajas? ¿Te haces a la idea?

Se me ha ido la pinza… Esto me ha venido porque el otro día, a un conocido que tiene una empresa informática le llamaron diciendo que habían pillado un bar y que tenían una versión pirata del software que ellos hacían y que a ver si les podían consultar unas dudas…

Manda huevos…

Que mundo…

- Bonito sitio.- Dice ella, en voz baja.

- ¿Te gusta?

- Mucho.

- Normal. Es mi playa.- Dice él, en tono de broma. Saca pecho y abre los brazos, como intentando abarcarla toda.- En realidad antes era más paqueña.- Calla unos segundos, recordando, y añade, serio:- Pero sigue siendo mi playa.

Están sentados, frente a la orilla. Una niebla baja que viene del mar empieza poco a poco a desdibujarlo todo. El sol brilla, borroso e inmenso, creando un efecto extraño, misterioso. Él la mira y sonríe; parece como si se conocieran de toda la vida. Se levanta, se sienta justo detrás de ella y comienza a masajearle los hombros.

- Te noto muy cargada. Venías encorvada por el camino.- Ella asiente.- ¿Demasiadas preocupaciones?- Se encoge de hombros.

- Quizá por eso esté ahora aquí.- Él asiente y sigue, suave. Hay gente haciendo surf sobre las olas, que rompen de izquierda, y un par de perros correteando tras una pelota que alguien que no puede verse ha lanzado.

- Tal vez.- Se quedan en silencio. Él le mueve el cabello para un lado, dejando el cuello al descubierto. Por su mente pasa darle un beso ahí mismo, justo en la nuca. Sonríe, mirando su cabellera densa repleta de rizos castaños. Se acerca, despacio. Pero se lo piensa mejor y sigue con el masaje. Parece que ella no ha notado nada.- Sí, tal vez…

- Tal vez, sí…- Contesta ella.

- Bueno, pero ahora estamos en otro lugar… En otro mundo…- En efecto, la niebla se ha tragado todo alrededor. Él para el masaje y se vuelve a sentar a su lado.

- ¿Sabes?- Dice ella, sin mirarle.- A veces siento como si nos conocieramos de toda la vida…

El sol, aunque no podemos verlo, descansa posado sobre el horizonte, aún sin calentar, a finales de un invierno que ha pasado demasiado deprisa. Se esconde huidizo, detrás de las montañas bajas de la costa, en esta tarde brumosa. Estamos sentados sobre el muro de piedra, y a nuestros pies, el mar canta dulce contra las rocas, revueltas tras los últimos temporales de la temporada. Ella va vestida con su vestido azul y una chaqueta caliente y yo, como siempre, de negro.

- Cuesta. Pero tras buscar mucho uno termina encontrando la música adecuada.- Le digo sin mirarle. Las gaviotas rodean un pesquero que va llegando a puerto.- Aunque esta vez me tropecé con ella.

- ¿Sí? ¿Y eso?- Noto que se gira hacia mi.

- Fue viendo una película. Iba sonando la música y me recordó a tantas cosas que había sentido, tantas veces que había sonreido, tantas conversaciones que habíamos tenido… Le veía a él, feliz como pocas veces alguien puede estar y, al escuchar la melodía, las palabras comenzaron a brotar, incontrolables…- Guardamos silencio, con la vista al frente. Ella apoya su cabeza contra mi hombro.- Aquella era la música adecuada, la que hace que fluyan las palabras… El lienzo perfecto para un hermoso cuadro.- Gira despacio la cabeza y me besa en la mejilla.

- Tiene que ser una sensación hermosa.

- Mucho.- El barco ya ha entrado a puerto. Comienza a hacer frío, allí, en el corazón de la Ciudad Dormida.- ¿Nos movemos?

- Claro.

Recogemos nuestros trastos y comenzamos a caminar en silencio, uno al lado del otro, como siempre desde hace años. La gente pasea feliz en esta tarde de tregua entre tormentas, temporales, vientos salvajes y lluvias torrenciales. Y escucho como el piano de una de las canciones, en mi cabeza, comienza a sonar, nota a nota, interpretando su bella melodía.

Y no puedo evitar sentirme como el actor de la película…

Bueno, como siempre que comento una película, si tienes pensado verla, mejor que no sigas leyendo porque puede que te destripe cosas de la misma.

La pregunta es ¿porqué hablar de Her? Has ido bastante al cine últimamente, has visto Gravity, Doce años de esclavitud, La gran estafa americana, la magnífica El lobo de Wall Street y alguna otra y… ¿Her? Una película pequeñita, sin grandes pretensiones, del friki ese de Spike Jonze (friki por la peli esa de Cómo ser John Malkovich), con apenas actores, grabada casi como si de un videoclip se tratara… ¿Porqué Her?

Buena pregunta. En la peli, Joaquin Phoenix es un hombre atormentado por su divorcio con el amor de toda la vida, una chica que creció con él, sin conseguir salir del agujero en el que se ha metido. Es bueno en su trabajo (se dedica a escribir cartas románticas a otras personas, porque eso de escribir ya no se lleva). Un día, caminando por la calle, ve un anuncio en el que ofertan un nuevo sistema operativo para el ordenador, algo distinto. Y decide instalarlo.

Y, a través de las conversaciones que tiene, Joaquin descubre que se siente mucho más cercano a esa voz de mujer que le contesta, se ríe con él, es divertida, tiene ganas de vivir y le apoya en todo lo que necesita que con el resto de mujeres del mundo. Y se enamora. Y el sistema operativo de él. Sí, un punto friki, pero quien sabe.

La historia de amor está bien, pero es lo de menos. Asusta ver por la calle a todo el mundo con el equivalente al móvil actual, enfrascado en su mundo, sin contacto con los de alrededor. Un mundo aséptico, donde nadie habla con nadie, y donde las relaciones cara a cara son terriblemente complicadas, donde todo parece más sencillo si la otra persona (o máquina) no está delante. Y es que tampoco estamos tan lejos de ello. Basta con levantar la vista del móvil cuando vamos en el autobús o en un tren. O por la calle. Todo el mundo con su pantalla, hablando o chateando, sin mirar a los lados…

A ratos la película me recordó a un viaje que hice hace un par de años y a las largas conversaciones que hubo en el mismo. Y me hizo sonreir y me intranquilizó por partes iguales.

¿Recomendable? Sin duda. Pero no es fácil.

La lluvia había aparecido a traición, como un invitado indeseado, sin que nadie la esperara. Caía con fuerza, rebotando las gotas contra los charcos hasta la altura de las rodillas. Ellos corrían, desde direcciones opuestas, hacia la misma marquesina. Llegaron a la vez, agotados, empapados, respirando trabajosamente… Parecía que la noche se había adelantado unas horas y el mundo había desaparecido tras la cortina de agua…

En algún lugar cercano alguien se pone a tocar un violín que casi no se nota, apenas una leve vibración en el aire… Ambos levantan la cabeza. Ella se sorprende; es el chico del avión, aún con peor pinta: el jersey le cuelga casi por las rodillas, tiene el pelo pegado al cráneo y se ve claramente que anda escaso de cabello; aunque hay que reconocer que está divertido sujetándose como puede unos pantalones vaqueros que deben pesar muchísimo con toda el agua que llevan. Él aún no ha mirado hacia ella. Gira la cabeza y se sorprende también. Es la chica del avión, aunque no tan arreglada como aquel día: el cabello cuelga totalmente lacio, formando pequeños ríos que le cruzan la cara… Una gota salta al vacío desde la nariz… El vestido azul, pegado al cuerpo, tira de éste hacia abajo, haciéndole parecer más baja… Se miran. Sonríen. Sí, ha habido mejores momentos en sus vidas y tal vez no sea el mejor lugar ni la mejor situación para conocerse, pero es lo que hay… El Destino, de nuevo juguetón… Y, de nuevo juguetón, hace que deje de llover y abre entre las nubes un claro para que puedan salir de allí… Sin decir nada, él le ofrece una mano, ella la coge y se van caminando juntos…

Tengo pinceles y botes de colores…
Pintemos las teclas del piano todas diferentes, como somos todos…
Y luego toquemos y manchémonos los dedos…
y con caricias, pintémonos uno al otro la cara,
al atardecer,
hasta que la noche nos vuelva a traer el sol…

Amanece… El sol del Este forma estelas anaranjadas sobre las olas del mar… En el cielo, el negro dejó paso al morado y éste al azul oscuro… Y las nubes jugaron a cambiarse los vestidos; primero rojos, luego naranjas, luego rosados para terminar blancos… Dos toallas, una bolsa de cruasanes, un termo de café… Dos montones de ropa y una cámara de fotos…

Imagínate un avión… ¿Consigues verlo? Es fácil… Su pasillo estrecho, pasando por en medio de los seis asientos de cada fila, cada uno con su letra… A, B, C, D, E y F… Sus instrucciones de seguridad en el bolsillo que hay en la parte trasera del asiento de delante… Sus compartimentos para guardar equipaje… Sus tres o cuatro azafatas… Y el resto de pasajeros… ¿Ahora lo ves? Es fácil… Tu vas sentado en uno de los asientos de las últimas filas. Hace ya un rato, como una hora, que has despegado y, a través de la ventana, consigues ver un mar azul infinito, cruzado por alguna nube que se ha perdido del resto… Igual, hasta ves un barco que, desde esa altura, te parece pequeño… ¿Lo ves?

Despegas la cara del cristal y te fijas, dentro de lo poco que consigues ver desde tu sitio, en el resto del pasaje… Una pareja con un niño que no deja de llorar y dar patadas al asiento delantero… Un chico jugando con su móvil… Un par de personas durmiendo, o al menos intentándolo… Y una chica leyendo. Y te fijas… Pelo castaño, rizado natural… Ojos azules… Delgada… Sonriendo mientras pone imágenes a las palabras… Vestida sencilla pero elegante… Y sientes que la conoces de toda la vida… No, de toda la vida no… Incluso de antes… Tu asiento es el 19-F, el suyo el 18-C… Por poco… Lleva unos cascos de los que se introducen en la oreja, blancos… Los tuyos son negros… Y no tiene pinta de que le guste la misma música que a ti… Sonríes… Y en ese momento se gira, y te pilla sonriendo. Alza las cejas sorprendida y tú agachas la mirada, muerto de vergüenza…

Imagínate un avión… ¿Consigues verlo? Es fácil… Por su pasillo estrecho, dos de sus tres azafatas empujan un carrito, ofreciendo algo de beber y un bocadillo diminuto a los pasajeros. La mayoría lo coge, aunque no le apetezca demasiado… Como es gratis… ¿Ahora lo ves? Es fácil… Tu vas sentada en uno de los asientos de las últimas filas. Hace ya un rato, como una hora, que has despegado y, en las páginas de tu libro, un viejo entrenador lee el periódico en una silla de madera a la entrada de una cabaña, cerca de un pantano, en Savannah… Estás tan absorta en la lectura que casi ni te das cuenta de que vas en un avión… ¿Lo sientes?

Despegas la mirada del libro y te fijas, dentro de lo poco que consigues ver desde tu sitio, en el resto del pasaje… Una pareja con un niño que no deja de llorar y dar patadas al asiento delantero… Un chico jugando con su móvil… Un par de personas durmiendo, o al menos intentándolo… Y un chico que sonríe y te mira fijamente. Y te sorprendes… Él agacha la mirada, avergonzado… Pelo ralo castaño, desaliñado… Ojos castaños… Un poco pasado de peso… Vestido hecho un desastre… Y sientes que la conoces de toda la vida… No, de toda la vida no… Incluso de antes… Tu asiento es el 18-C, el suyo el 19-F… Por poco… Lleva unos cascos de los que se introducen en la oreja, negros, con una almohadilla de cada color… Los tuyos son blancos… Y no tiene pinta de que le guste la misma música que a ti… Sonríes… Y en ese momento levanta la vista, y te pilla sonriendo. Y, todavía rojo de vergüenza, te devuelve la sonrisa… Te saluda tímidamente, con una mano… Asientes… Y él se pone a mirar por la ventana… Y tu vuelves al pantano, en Savannah…

Suena Loud Like Love. Camino cargado bajo la lluvia incesante, pensando en mis cosas, sumergido en mi mundo y, sin quererlo, sin buscarlo, aparezco en la misma pequeña plaza en la que hace poco me quedé sin aliento… En el mismo sitio donde descubrí que Sigur Ros no es para escuchar en dias lluviosos… Pero hoy es diferente; Loud Like Love me dibuja, sin saber muy bien porqué, un esbozo de sonrisa en la cara. Teñida de dulce nostalgia, es cierto, pero una sonrisa al fin y al cabo.

Observo los chorros juguetones de la fuente que ocupa el centro de la plaza y me detengo un rato… Lo de siempre en esta ciudad: gabardinas oscuras, paraguas, miradas bajas… Exactamente igual que el otro día… Saco mi pañuelo de colores, me lo pongo al cuello y camino hacia la cafetería de las tardes de ensayo. Cruzo el puente, buceando en la lluvia fina y en las notas de la canción, que he vuelto a poner… Cruzo el pasadizo, paso cerca de una escuela de danza, abro la puerta de la cafetería y entro. Las dos chicas me saludan sonrientes (ese músico solitario que se sienta siempre en el mismo sitio y se pone a leer)… Y saco mi cuaderno azul, el del sobre… Y sí, he vuelto al boli y al papel.

Como cuando empecé…

Dentro de este cuaderno, entre sus páginas, más o menos por el medio, he encontrado un sobre. Sí, un sobre. A los que no recordáis lo que es, os refresco la memoria: normalmente eran de papel de gramaje algo mayor que el habitual, dentro se metía una carta escrita a veces a mano y a veces a máquina (como la vida misma), se ponía un sello o más de uno, se escribía en la cara donde se pegaba el sello una dirección y se enviaba, entregándolo bien en correos o metiéndolo en un buzón. Si ya me decís que no sabéis o recordáis lo que es una carta, un sello, un buzón, o correos, pues nada; podéis dejar de leer (aunque dudo que lo esteis haciendo) y si queréis os buscáis la vida.

No recuerdo su origen… ¿Lo compré? ¿Me lo encontré? ¿Alguien me lo entregó? ¿Donde? ¿Con que fin lo guardé? ¿En qué o en quién pensaba cuando lo hice? Remiro entre las hojas del cuaderno buscando pistas… Me encuentro con títulos de entradas para el blog que nunca escribí… Un trozo de letra para una canción que no terminé… Mira, ¿ves? Mi mochila en un rincón, un puñado de recuerdos a olvidar… Y tal vez, en alguna habitación, una maleta vacía por hacer... Sigo rebuscando… Más títulos… Una dedicatoria para ese libro que nunca escribí… Y ese sobre… Ese sobre escondido, sencillo, blanco… Blanco y vacío… Y sin una sola pista…Dentro de un cuaderno con muchos, muchos kilómetros…

Y sonrío… Sentado en un banco de la calle, con las piernas en loto, un bajo a la espalda, la mochila atada a la pierna izquierda y la música de un disco gemelo en mis oídos… Y pelado de frío. La gente al pasar me mira extrañada: alguien escribiento con un bolígrafo en un cuaderno azul… Sin teclado ni pantalla… Igual deberían llamar al orden público… ¿Queréis que os cuente lo que son un boli y un cuaderno?… No, todavía no, no me lo creo…

Pero ya llegará…

Pedaleo. Ya no queda nada para llegar. A apenas dos kilómetros, la meta: Cádiz. Cádiz al atardecer. Visita sorpresa a mis padres, que se han debido mudar allí recientemente. He salido a la mañana, temprano, desde algún punto de la cornisa cantábrica y, tras un duro día de incesante pedaleo, estoy llegando a mi destino. Atravieso una de las playas con marea alta y listo. Ya estoy.

En la terraza de baldosas ocres, mis padres con mi hermano dan cuenta de una ensalada multicolor, acompañada de vino tinto.

- ¿Te quedas a cenar?

- No. No puedo, tengo que volver.

Y miro al horizonte; sólo quedarán un par de horas para que anochezca. No puedo perder el tiempo, aunque… Si he tardado casi todo el día para venir, no creo que consiga recorrer con la bici los más de mil kilómetros que me separan de casa en dos horas. Y tengo que regresar, porque al dia siguiente toca curro. Demonios. Quién me mandaría…

Busco en el listín telefónico alguna empresa de autobuses para volver en alguno nocturno y llegue a la hora. Pero nadie responde a mis llamadas. Empiezo a agobiarme. Y se acerca mi hermano.

- ¿No te da tiempo a volver?

- No. Joder, si ya casi ha anochecido.- Mira su reloj.

- Y… ¿Vuelves por Madrid?

- Claro. ¿Por donde sinó?- Contesto molesto.

- Ya. Y… ¿Te recuerdas pedaleando antes por allí, a toda velocidad, por la M30 o M40?

Y me quedo pensando. Coño. Pues no lo recuerdo y sólo han pasado unas horas. A ver si esto no va a ser mas que un sueño…

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