Hoy tengo que reconocer que no estoy demasiado inspirado, como me pasa últimamente. Exceso de carga de trabajo y, sobre todo, falta de tiempo a la que habrá que poner remedio de algún modo, bien sea drástico o no, pero algo hay que hacer. Si escribo me vienen a la cabeza las mismas frases de siempre, los mismos temas y si toco me pasa igual. Tengo el cerebro seco. Necesito, de nuevo, unas completas vacaciones de mi mismo, irme sólo por ahí, a perderme entre las piedras, a charlar con las paredes, a sentir el aire de las montañas solitarias… Y sobre todo, a escuchar el silencio.

Sube a una cima, sólo. Abre los brazos en cruz y siente que eres la única persona que habita el mundo. Deja que el viento te acaricie y te despeine. Siente el frío de las cumbres nevadas. Respira, descálzate y carga las pilas. Olvídate de toda esta mierda tecnológica que nos tiene abducidos y distraídos…

Tienen los Floyd una canción titulada Time, que dice más o menos así (traducción sacada de http://www.letras4u.com):

Viendo pasar los momentos que componen un día monótono desperdicias y consumes las horas de un modo indecoroso vagando de aquí para allá por alguna parte de tu ciudad a la espera de que alguien o algo te muestre el camino.

Cansado de tumbarte bajo el sol te quedas en casa mirando la lluvia… Eres joven y la vida es larga; hoy puedes matar el tiempo… Y luego, te das cuenta un día de que tienes diez años más tras de ti… Nadie te dijo cuando correr, llegaste tarde al disparo de salida.

Y tú corres y corres para alcanzar el sol, pero él se está poniendo y girando velozmente para elevarse detrás tuyo otra vez. El sol sigue siendo el mismo, pero tú eres más viejo… Tu respiracíon es más corta y estás un día más cerca de la muerte.

Cada año se hace más corto… Nunca pareces encontrar tiempo para aquellos planes que al final se quedan en nada… O en media página de líneas garabateadas esperando en silenciosa desesperación a la manera inglesa…

El tiempo se ha acabado, la canción se ha terminado… Pensaba que diría algo más…

Bastante ha dicho. Hala, a la calle…

- Aquel día te hice un anillo con el alambre del pan de molde… ¿Te acuerdas?

- Sí. Estabas escribiendo algo frente a la ventana, con una taza de café. Era otoño, o al menos el comienzo del mismo…- Sonríe.- Me paré en la puerta y me di cuenta de que sí, que no había remedio: te estabas quedando calvo del todo.- Suelta una risa traviesa. Él pone cara de ofendido.

- Es herencia familiar. No puedo luchar contra mis genes.

- No. No puedes.

Él se da la vuelta. Ella no está allí; hace tiempo que dejó de estarlo. La casa vacía, de paredes blancas, el eco del paso de sus pisadas, las únicas que suenan, la cama fría y desierta todas y cada una de las noches, un único cepillo de dientes en el lavabo…

- Aquel día te hice un anillo con el alambre del pan de molde…

Pero nadie responde; sólo el silencio.

El set de rodaje es inmenso: un campo nevado gigantesco con casas semidestruidas, nidos de ametralladoras, árboles ennegrecidos, un tanque humeante y un montón de gente, unos con uniforme ruso, blanco, y otros con uniforme alemán, gris claro. Se ha bajado la temperatura para que las respiraciones se vean y quede todo más realista. Al otro lado, un montón de cámaras, focos, la silla del director, miles de metros de cables, un par de mesas con los guiones dibujados, maquilladores, el director, ayudantes de diversa índole, y otros fotógrafos que, al igual que yo, trabajan para realizar un buen pressbook de la película.

El director viste un cabreo impresionante, quejándose de que no se cree las escenas. Los actores están muy serios, escuchando con la cabeza baja. Y entonces se le ocurre la idea: la escena del ataque a la casa derruida se rodará de nuevo, pero esta vez se hará con munición real. Abro los ojos como platos, pero parece que soy el único en darse cuenta de la carnicería que se va a montar en un par de minutos. Explica como va a desarrollarse todo, cómo el comando alemán intentará destruir el nido de ametralladoras del segundo piso de la casa con granadas o un bazooka, y recalca que se debe suspender la refriega sólo cuando él dé la orden de corten. Intento hacerles ver la locura de la idea, pero me dicen que me retire y que vaya a una columna de mármol que hay cerca de la entrada. Me alejo y escucho como se le dice a todo el mundo que tienen que firmar el nuevo contrato, con execión de responsabilidad si quieren cobrar algo a final de mes. Pasan todos por una de las mesas; hasta los extras que van a conducir un coche que saltará por los aires.

Me apoyo contra la columna, con la cámara en la mano. Todo el mundo está en posición. Pasan un par de ayudantes con máquinas de humo. La iluminación cambia. El director se levanta y grita acción. Y la primera bala le revienta la cabeza, que explota como una sandía madura. Una ráfaga pasa por encima de mi cabeza destrozando una línea de focos y a un par de técnicos y me tiro al suelo, escondiéndome detrás de la columna. Se escuchan tiros, explosiones, juramentos, gritos de dolor… Intento ver algo tumbado, protegido, y veo el camión de los extras saltar en mil pedazos, lanzando brazos y piernas por todas partes… Grito corten con todas mis fuerzas, pero claro, no soy el director… Un soldado alemán se arrastra con un lanzacohetes a la espalda en dirección a la casa, pero alguien lo ve y le lanza una granada que pone fin a su aventura. Se escucha un blindado que se acerca y aparece detrás de una duna de nieve, apunta hacia donde me encuentro y dispara…

La loma está cubierta de césped recién cortado y brilla el sol. Hay un grupo de árboles bajos, que no tengo ni idea que son, pero a sus pies descansan cientos de margaritas. No sé quién es la chica que está a mi lado. Tan sólo sé que es alguien importante en la historia que alguien está escribiendo y que tengo que conseguir llevarla a la edificación que preside la colina, una especie de viejo caserón con aspecto de iglesia anglicana. Y sobre todo tengo que tener cuidado de que el de arriba, sea quien sea, no nos localice. Salimos corriendo hacia allí, cogidos de la mano, pero según doy el primer paso sé que no hay nada que hacer; un cuervo nos vigila desde una de las ramas… Y sonríe…

Despertador.

Alguien me dijo una vez que, cada vez que tomamos una decisión, se crea otro universo paralelo en el que la vida sigue, pero con la opción que no hemos elegido. Es bonito pensar que tal vez sea así, pero la verdad… No creo que seamos tan importantes. Además cada día generaríamos una ingente cantidad de materia; doblaríamos el universo con cada duda de cada uno de los seres vivos del universo… Me como esa cebra, no me la como… Piso esa hormiga, no la piso… Arranco esa brizna de hierba, no la arranco… Imposible. Para divagar está bien, pero…

La persona en cuestión me decía que no, que eso sólo ocurre en las decisiones importantes. Aquí, aparte del problema de definir la importancia de las cosas (aplastar un mosquito contra la pared puede que no sea importante para mi, pero que le pregunten al mosquito a ver qué opina), seguimos con el problema de que siguen siendo muchas… Menos que antes, es cierto… Pero muchas… Además… ¿porqué sólo tenemos consciencia del universo presente? ¿Donde están mis otros yo que he ido criando cada vez que he acertado o metido la pata? ¿Cuantos de ellos son yonkis ahora, o se han suicidado, o son estrellas famosas, o gente de provecho? ¿Cuales llevan una vida feliz, cuales no y cuales están casados, solteros o divorciados? ¿Tal vez alguno sea gay? Rediós que pinta complicado el tema…

Hay por ahí, buscadlo, una cosa llamada suicidio cuántico. Burdamente resumido sería que alguien juegue un número a la lotería y se suicide si no toca. Así elimina todas sus existencia paralelas excepto en aquella en la que es rico. Un poco absurdo, ¿no? Sobre todo si no te toca…

Tal vez sea que la gente se aburre demasiado y no acepta que esto es lo que hay, que nada ha habido antes y que nada vendrá después porque, sí, aceptadlo, no somos tan importantes.

En absoluto.

- No sé, yo al menos lo veo así.

La ventana abierta deja que entre un poco de aire fresco del patio interior, que alivia momentáneamente el calor sofocante. No hay música, sólo el murmullo de la gente de las otras mesas. Todo en ese sitio invita a la tranquilidad; un ambiente familiar, como de andar por casa: mesas diferentes unas de otras, sillas desparejadas, muebles gastados… Un lugar vestido de dulce decadencia, cómodo de habitar.

- Es un poco raro.- Ella de un corto trago de su zumo de naranja.

- No. Es como un armario lleno de cajones. Tú eliges cuales abrir.- Él remueve su café, demasiado caliente para el bochorno que hace.

- Me estás comparando la vida con un armario.- Se ríen.

- Claro. Pero no un armario cualquiera; uno grande, con infinidad de cajones.

- Y en los cajones hay…

- Experiencias.- Ella asiente.- Unas buenas, otras no tanto… Pero experiencias. Supongo que la vida consiste en que cuando lleguemos al final, que espero que esté muy lejos, no nos arrepintamos de no haber abierto algunos.

Se quedan en silencio. En una mesa cercana suena un móvil; comienza una conversación.

- ¿Salimos?- Pregunta ella. Él asiente.- ¿Te has dado cuenta de que empieza a oler a otoño?

Él asiente de nuevo…

Creo que te he perdido… llevo tiempo buscándote, pero no apareces… Ni entre mis sueños, que apenas consigo recordar, ni entre las hojas de los árboles de los montes que recorro buscándote, ni entre las páginas de los libros en los que otros te encontraron… Ni a través del objetivo de mi cámara de fotos… Ya no estás al otro lado… Ni mis dedos consiguen que aparezcas, al contacto de las cuerdas… Toco, y suena vacío…

Me siento en el mismo balcón desde el que te vi mil veces, con mi inseparable taza de café, blanca y negra, como bien sabes, y no apareces… Las nubes recorren el cielo dibujando sonrisas irónicas a su paso… Apoyo la espalda contra las baldosas verdes, dejo la mente en blanco y eso… Blanco. Silencio de redonda. Foto sobre expuesta. Nada.

Camino arrastrando los pies por las calles de esta ciudad, un día tras otro… Escucho canciones que me traen ideas… Pero a la hora de plasmarlas… Nada… Blanco… Silencio de redonda. Con puntillo. Me siento delante de la pantalla, con la hoja en blanco… Y así permanece, vacía… Escribo tres líneas y dejo pulsada la tecla de borrado un rato… Blanco… Nada… Y a través del objetivo… Siempre las mismas imágenes… Nada nuevo… Cambian los lugares, el clima, las personas… Pero sigue siendo lo mismo de siempre…

Vacío… Nada… Blanco… Silencio… Espero que algún día vuelvas… Que todo sea como antes…

Espero…

¿Cómo lo hacíamos? ¿Cómo éramos capaces? ¿Cómo podíamos vivir sin todo esto? Sin el facebook, sin los blogs, sin el twitter, instagram, dropbox… Y sobre todo… ¿Cómo cojones conseguíamos vivir sin el guachap? Ahora visto, parece imposible que antes de todo esto existiera el ser humano (o lo que sea que somos en este instante)… ¿Cómo conseguíamos sobrevivir al mundo que, ¡ay!, hay ahí fuera? ¿Cómo lográbamos escapar de esa mísera y aburrida puta vida que llevábamos? Parece increíble que no hubiera suicidios colectivos, en masa, ciudades enteras sumergiéndose en el mar, o saltando al vacío desde precipicios inmensos…

¿Cómo sobrevivían las empresas? Ahora se cae un servidor y se paraliza medio mundo: nadie vende, nadie compra, nadie sabe qué hacer… Cuando ocurre, todo se llena de caras que llevan una “O” pintada en la boca… Oh, cómo ha podido pasar… Oh, que desastre… Oh, esto es lo peor que podría “O”currir… La gente corre de un lado a otro como pollos descabezados… ¿Cómo vendías algo sin volverte loco? Parece impensable que se fuera capaz…

¿Qué vida social de mierda teníamos entonces? ¿Cómo avisabas a tus amigos de que ibas a llegar tarde? ¿O de que estábamos en otro bar porque el de siempre estaba cerrado (y no nos habíamos enterado porque no existía un facebook que nos informara)? ¿Cómo manteníamos la amistad sin esa maravillosa herramienta llamada guachap? Joder… Que díficil tenía que ser todo… Menos mal que olvidamos pronto…

Teléfono fijo… Cartas escritas a mano… Una nota en la puerta de un bar cerrado… O en la farola de siempre, junto con otras parecidas… Preguntar a conocidos a ver si habían visto a tal o cual… Quedar a una hora determinada en un sitio tras una ronda alfabética de llamadas… Improvisar para localizar a alguien… Incluso tener la osadía de recorrer varias manzanas y llamar al timbre de su casa… Tardes de espera viendo el Tour de Francia…

Notas a mano… Sumas con calculadora… Frutas elegidas una a una… Meter la mano en el cesto de las alubias… No, esa no; póngame esa otra… Recontar las cosas al final del día… Acercarse a la empresa del proveedor…

Menos mal que hemos evolucionado. Menos mal que hemos dejado toda esa mierda detrás y que gozamos de una vida llena de felicidad; solitarios y en silencio aunque estemos juntos, mientras chateamos con nuestros teléfonos con gente que casi no conocemos que se encuentra en la otra punta de este mundo que creemos haber empequeñecido… Menos mal. Menos mal que cada día somos más sabios y tenemos una vida más plena, que la depresión está casi erradicada, y que todo va más rápido, sin dejarnos tiempo a pararnos a pensar. Menos mal.

Menos mal… Porque si lo hiciéramos… ¿Eh? Si lo hiciéramos…

Menos mal.

- Venga, que ya no falta nada…

- Déjame el afinador, que quiero mirar…

- ¿Otra vez?

- Ya sabes…

Los Jacks de los inalámbricos cuelgan. La gente va loca de un lugar para otro. En el escenario, inmenso, se están probando las diferentes líneas de la batería. Alguien comenta:

- Mierda. Parece que empieza a llover.- Me encojo de hombros, no está en mi mano evitar eso.

- Guardad las guitarras en los estuches y los subimos cerrados para que no se mojen. Cinco minutos y empezamos.

- Yo no los guardo, que se me desafinan.- Comento.

- No te va a quedar otra. Está empezando a llover bastante.

Me imagino a la gente que ha venido a vernos, sobre todo a ese grupo de incondicionales, bajo la lluvia. Joder, hace media hora hacía bueno. Saldremos y lo daremos todo, por ellos, haciéndolo lo mejor posible. A ver si gusta todo lo que hemos preparado. El viento pega una bofetada a la enorme jaima en la que nos encontramos. Y empieza el diluvio. Y el huracán, que arranca la tela del fondo del escenario, de dieciocho metros de ancho por más de diez de alto, formando una vela incontrolada que derriba todo a su paso. La gente sale corriendo. Uno resbala y se desencaja un hombro. Se oyen gritos, alguien pide una ambulancia. Empiezan a caer focos. El público huye. Me descuelgo el bajo. Lo guardo en su funda. Recojo el otro.

Cinco minutos, lo que nos libró del infierno…

- ¿Qué te marca el GPS?

- Me marca un cruce por el que hemos pasado varias veces… Y tal vez no debiéramos volver a pasar.- Miro el pequeño aparatito que llevo en la mano.- Lo que no sé es como ha pasado otra vez.

- Tal vez la niebla…

- Sí, tal vez la niebla…

Estirado, no soy capaz de verme los pies. Camino agachado para no tropezar y aun y todo es difícil. Todo son trampas alrededor… Ramas escondidas que buscan tus ojos, raices tus tobillos, ortigas tus piernas desnudas… Barro… Sólo falta que empiece a llover…

- No sé si merece la pena seguir con esto.- Mira alrededor.- No vamos a ver nada cuando lleguemos… Si llegamos…

- Ya… Pero es que falta tan poco… Y podemos comernos el bocata sentados en la cima…

- Sí… Pero sin vistas…

- Sí. Creo que sería más fácil.- La plaza está extrañamente vacía; luce el sol, no hace calor, la brisa es suave y las terrazas de las cafeterías tienen muchas más mesas desocupadas que ocupadas. Un grupo de niños juega a futbol usando de portería uno de los inmensos arcos de piedra del antiguo ayuntamiento; casi todos los tiros terminan en gol. Y como siempre, las palomas van picoteando todo lo que encuentran.- Mucho más fácil.

- Pero se generarían mucho problemas, ¿no crees?- Sobre nuestra mesa, un café con leche y un cortado, un cenicero que ahora está de adorno y un servilletero que publicita una conocida marca de cerveza. Me mira a los ojos. Me encojo de hombros.

- Tal vez. Es problema es que no sabemos relativizar las cosas.- Me rasco la barbilla.- Aunque en realidad, el problema reside en otra cosa, que en fondo es lo mismo…

- Y es…

- Que creemos que somos eternos. Que vamos a vivir para siempre. Que somos inmortales. Y no lo somos.- Me mira seria.- Cada día, sin darnos cuenta, nuestra batería se agota un poco… Y se nos escapan un montón de segundos entre los dedos… Y no podemos evitarlo. Pero seguimos creyendo que vamos a durar siempre.- Miro al suelo unos segundos.- El día de mi caída, cuando iba por el aire, pensaba “¿ya? ¿así acaba todo?”… Una cosa de esas te espabila. Te enseña que ese reloj existe. Y que no sabes cuanta cuerda tiene.

- Buf. Que mal rollo.

- Lo que quieras. Pero es así. Y si te pones a pensar en la inmensa cantidad de tonterías que dejamos de hacer o de vivir por ese “qué dirán” de los cojones… Es de risa. Nos cortamos las alas sin tener en cuenta que dentro de doscientos años nadie sabrá de nuestra existencia. Somos lo que vivimos… Luego…- Hago un gesto vago con las manos, como una mariposa que echa a volar. Ella baja la mirada. Sonrío.- Pero no te pongas triste. Tiene que haber normas, sinó esto sería la selva.

- También. ¿Paseamos?- Asiento. Pide la cuenta y pagamos en silencio.

Salimos de la plaza. Las calles de la parte antigua de la Ciudad Dormida parecen aletargadas, sin vida. Me coge del brazo y apoya su cabeza en mi hombro. Le revuelvo el cabello, sonriendo.

- Hoy estamos muy serios, ¿no crees?- Ella asiente.- ¿Vamos a la playa?

- Vamos.

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