Los pasos nos hacen dar vueltas a la manzana, como peonzas a un punto; un nuevo estilo de paseo nunca antes practicado. Buena pregunta. Lo bueno del verano es que el sol y el cielo azul invitan a no dar respuestas, sobre todo cuando no se conocen.

Tanto tiempo había pasado… Y en este tiempo, tantas cosas… Unas buenas, otras no tanto… Pero la vida va avanzando y sigue jugando con nosotros caprichosamente… Y te sonrío, encogiéndome de hombros, y me devuelves la sonrisa, haciendo lo mismo…

Y en este tiempo, tantas cosas… Y aquí me tienes, de nuevo, dando libertad a mis dedos, ahora que vuelvo a ser libre y vuelo como un pájaro que ha pasado demasiado tiempo encerrado en una jaula pequeña… Torpe al principio, pero espero que cada vez con más soltura…

Termina una etapa, más corta de lo esperado, aunque hacía tiempo que se veía venir… Los de costa, a menudo, sabemos el tiempo que viene mirando al horizonte… Sólo había que estar atento… Y ahora, en mi estudio, más cacharros, como siempre…

Ya va quedando menos… Algún viaje, algún concierto para ver, algunas palabras… Ya va quedando menos, sí… ¿Que qué estamos haciendo? Buena pregunta…

Supongo que vivir haciéndolo lo mejor que podemos…

Aunque a veces no es demasiado…

Cuando ves aparecer los primeros claros, incluso antes a veces, sabes que la lluvia va a terminar. Es la única ley inmutable: nada dura eternamente. Y en el momento ese, en el que crées percibir algo de azul, lo tienes claro… Es hora de que el tiempo cambie… El tiempo, ese gran recurso para cuando no sabemos de qué hablar en un ascensor…

Fui judoka muchos años… En ese deporte, como en todos, unas veces toca ganar y otras perder. El truco está en no alegrarse demasiado cuando ganas, que luego viene la vuelta. El problema reside en… ¿Qué pasa cuando pierdes todos y cada uno de tus combates? Que uno se aburre de recibir golpes. Y cuelga el judogui, rara vez a tiempo, ya que queda la esperanza de que la cosa cambie. Y espera poder colgarlo con cariño, siempre que el final de su carrera no haya sido demasiado amargo… No siempre se puede ser como un junco… Al final te partes…

Cosas que empiezan, cosas que terminan, amigos que vienen, otros que se van… Como el Camino, así transcurre todo… Y como en el Camino, hay que saber retirarse antes de que la lesión sea mayor… Eso siempre me ha costado aprender… Pero con la última me quedó bastante claro…

Aún chispea, sí… Pero se intuye el azul… Los últimos coletazos de este largo invierno…

– ¿Vienes?

– Claro.

– ¿Donde te espero?

– En un lugar donde haya sol.

Él miró alrededor. Llovía. A mares. Bajo la lluvia recorría aquella ciudad desconocida, buscando un lugar donde el sol calentara un poco. Nadie había en las calles. Tan sólo él, calado hasta los huesos, como un perro abandonado. Las horas fueron pasando sin que fuera capaz de encontrar nada. Y llegó la noche. Y con ella se fueron las nubes. Y la luna, menguante, se reía desde lo alto.

Al día siguiente, la lluvia había vuelto, por lo que se puso en marcha, intentando alejarse de allí.

– ¿Vendrás?

– Claro.

– ¿Y donde te espero?

– En un lugar donde haya sol.

– Pero… Está lloviendo.

– Vaya. Bueno, pero en algún momento saldrá el sol.

Miró alrededor. Seguía lloviendo a mares, igual que el día anterior. E igual que el día anterior recorrió las calles de aquella ciudad, también desconocida, buscando un rayo que se colara entre las nubes. Hasta que, de nuevo también, llegó la luna a reirse cuando se fueron las nubes.

Con el siguiente amanecer volvió la lluvia, aunque un poco más débil. Y se puso de nuevo en marcha, buscando el sol. Y un buen rato más tarde, lo encontró.

– ¿Vendrás?

– Claro.

– ¿Donde te espero?

– En un lugar donde haya sol.

– Ya estoy en él. Es una plaza preciosa, al lado del río, cerca de un puente milenario.

– Pues espérame allí.

Y se sentó, con las manos sobre las rodillas y la más radiante de las sonrisas, mirando al frente fijamente para no perderse el momento en que ella llegara. El sol brillaba y calentaba con justicia. Y las horas iban pasando. Y el sol estaba cada vez más bajo. Ella vendría, sí, esta vez sí. Y la sonrisa, poco a poco, se iba convirtiendo en mueca.

Y, con la noche, volvió la lluvia.

Camina por el borde del precipicio, sin saberlo del todo; conoce su situación, pero no lo extrema de la misma. Y desde fuera veo como una antorcha se dirige hacia la mecha de un cohete que le apunta y que, sin duda, lo lanzará al vacio. La niebla nos rodea por todas partes y apenas vemos, pero lo sé; me han avisado. Y que debo seguir escalando. Lo siento, pero sin mis compañeros de cordada, la ascensión no tiene sentido. No subo por la gloria, ni por la borrachera que produce hollar la cumbre; subo por el placer de la compañía, por volver a sentirme niño otra vez, por el aire fresco de la montaña. Y tardaremos más o menos en ascender, y sin saber siquiera si llegaremos arriba, pero subiremos todos o nos daremos la vuelta.

Cuelgo el teléfono y lo miro con desprecio. Lo guardo. Ya me han jodido el viernes, pero bueno, parece que hay gente que parece haber nacido para ser portadora de malas noticias que ellas mismas han provocado. Pues no, lo siento, conmigo no va la historia. Busco el Ipod en el bolsillo y pongo algo alegre, Aerosmith, aunque sea como anestésico temporal. Cuando llegue la tormenta tal vez haya logrado llegar al refugio.

La Ciudad Dormida hoy viste de lluvia densa… De esa que ponen al final de las películas… Justo un momento antes de los títulos de crédito…

Siempre me han gustado las tiendas de barrio, esos ecosistémas próximos a la extinción de la mano de los grandes e impersonales centros comerciales, esos pequeños entornos semifamiliares en los que todo el mundo se conoce y en los que, además de hacer la compra del día, se disfruta de un buen momento de conversación.

La de mi barrio en concreto es un pequeño ultramarinos familiar que regenta un matrimonio de un poco más edad que yo; buena gente, divertidos, y que conocen y tratan a todos los clientes con la misma confianza que si fueran de la familia, con todo lo malo y lo bueno que ello conlleva. Por las mañanas, vayas a la hora que vayas, te encuentras a todas las jubiladas del barrio, felices, mientran Josema les toma el pelo. Y ellas se ríen, o se fingen ofendidas. Yo prefiero ir por la tarde, cuando el ambiente es más tranquilo.

El otro día fue una tarde de esas. Llovía y tocaba comprar algo de fruta. Cuando entré, Josema estaba atendiendo a un cliente, un hombre delgado que me sonaba de vista, de poco pelo canoso, algo de barba descuidada, rostro afilado y vestir sencillo. Ninguno sonreía. Josema me saludó, y el otro me dedicó un ademán con la cabeza. Cogí la fruta y fui a pedir algo de embutido. Y por casualidad, como quien habla del tiempo, comenté:

– Oye, qué fuerte todo esto de las noticias de ayer, ¿no? Hay movida para Rato…

– Ya te digo.- Contesta Josema. Y el otro salta:

– Esto tenía que ser como en los setenta en mi país.- Hace un gesto de absoluto desprecio.- Ibamos, a la salida de la Universidad, a buscar a todos aquellos hijoeputas que nos robaban, y si los encontrábamos, paliza que te crió… Y eso cuando no se nos iba la mano…- Lo miramos sorprendidos; parece un tío tranquilo.- Y ahora me acuerdo, de aquel mal parido, un policía, un tal González… Hijoeputa… Ese cabrón nos hizo un día una redada en la Universidad y a tres amigos míos los trincaron y los colgaron de una viga por las muñecas mientras les pegaban con porras por todas partes… Uno murió y todo, y otro casi pierde un brazo… El tercero acabó jodido de la pelota… Siempre acojonado… Pero a ese pedazo de mierda sí que se la hicimos… Vaya que sí… Perro… A ese hijoesumadre se la dimos aquella noche que lo pillamos de putas en un bar… Según nos vió salió corriendo el muy valiente… Pero lo trincamos en un callejón, vaya que sí… Y allí… Pum, pum… A tomar por culo…

– Eh… Josema, ¿me cobras?

– Eh, sí… Cuatro veinte…

Me encantan las tiendas de barrio, aunque a veces…

Miro por la ventana. Parece que sí, que ya por fin la primavera ha venido para quedarse, al menos un par de días, antes de que vuelva el otoño que en esta ciudad siempre precede al verano, que apenas dura un mes y por noviembre. Escucho, a lo lejos, un susurro extraño, una voz fina que me dice “bájame, bájame”. Miro a derecha e izquierda. Me debo estar volviendo loco. Hoy estoy sólo en casa y no puede haber otras voces. “Bájame, bájame”. Me levanto, deslizando la silla y dejando la guitarra sobre el sofá cama que tengo al lado. Avanzo temeroso, a pasos cortos… Del trastero que acabamos de hacer sale esa voz… “Bájame, bájame”… Cojo las llaves de casa y me las pongo como si fuera un puño americano de esos de las pelis de pandillas y abro la puerta despacio… “Bájame, bájame”… Ahí no hay nadie… Tan sólo mi mochila de peregrino, que me saluda colgando sus cuerdas. Me mira fijamente y me dice: “Bájame”.

– Hoy no. Pero tranquila que el sábado bajas.

– Vale. ¿Ya tienes cuaderno?

– Puf. No sé si voy a llevar esta vez… No sé qué podría escribir… Las dos últimas veces casi no lo usé… No sé…

– Tú mismo. Tienes la foto, tienes algunas historias… Tú mismo…

– Es probable, pero estoy en baja forma. Siento que la magia se ha ido.

– Pues bájame y sal a buscarla… – Sonrío.

– Hoy no. Pero tranquila que el sábado bajas.

Han pasado años, muchos años, desde aquel lejano día de abril en que cumplí cuarenta y cuatro años, dos veces los dos patitos, o sea, cuatro patitos… Y como siempre, camino por las calles de la parte antigua de la Ciudad Dormida, envuelto en su manto de bruma que viene del mar, recién salido del trabajo, rumbo al autobús que llevará mis pasos cansados y mi espalda encorvada de vuelta a mi casa, donde intentaré descansar mi maltrecho hombro para que aguante al menos otra dura jornada más. Pero, también como siempre, antes de llegar al autobús entro en una pequeña tienda de chucherías y frutos secos en la que atiende una mujer rubia, bajita y en su día hermosa, y que lleva allí toda la vida.

Y de nuevo como siempre, mantenemos la misma conversación que tenemos desde hace más de veinte años:

– Aupa. ¿Cuanto es?

– Tres cincuenta.

– Toma. Va justo.

– Gracias.

– De nada. Agur.

– Agur.

Más de veinte años viéndonos todos los días, cruzando palabras todos los días, y eso es todo lo que sabemos el uno del otro: yo de ella que trabaja allí y que los años le han pasado bastante factura y ella de mi que los años me han pasado la misma factura y que me gustan los risketos y los pistachos especialmente. Nada más.

Muy triste…

El galeón está atracado en el espigón más cercano a donde nos encontramos. Ella está tumbada a mi lado. La miro y me sorprendo; hace muchísimo que no sé nada de su existencia y de cómo transcurre su vida y hete aquí que aquí estamos, juntos, en este pequeño prado, escondidos del mundo. Si nos asomamos al pequeño montículo que nos cobija podemos ver el ajetreo en cubierta, con los marineros cargando pesados barriles de pólvora, algunos caballos que pasan por una pasarela estrecha y algunos víveres para su larga travesía. La vida del tranquilo puerto de pescadores parece transcurrir con normalidad, pese a la presencia imponente del galeón.

Vuelvo a mis quehaceres mundanos en los que me hallo inmerso. Mis dedos, a ratos,  se entrelazan con los suyos y, a ratos también, juegan con su oscura melena, del color de la noche profunda. Me mira con sonrisa pícara y acerca sus labios a los míos mientras hablamos de nada. Sonrío y la beso, con un roce ligero. Nos recostamos de nuevo, orientados al sur. Ella mira al cielo, yo la miro a ella, tumbado de lado. Las nubes por fín han dejado salir al sol, que calienta nuestros cuerpos, a los que realmente su calor no les hace demasiada falta. Mi índice se posa en su mejilla e inicia su camino, bajando hacia sus labios, barbilla, cuello… Y se encuentran con un lazo fuertemente anudado… Es lo que tienen estos vestidos de época; muy bonitos, sí, pero incómodos de quitar. Levanto la vista un poco y me encuentro unos catorce pares de ojos que nos miran: son siete pares de enanos vestidos de payasos que se han encaramado al borde del pequeño montículo y nos observan divertidos, esperando el espectáculo. La miro a ella, que ahora está vestida como la bruja mala de Blancanieves, toda de negro, y sombrero puntiagudo…

Y me despierto flipando, como no puede ser de otro modo.

Estoy empezando a pillar manía a estos sueños psicodélicos….

Así es el recuerdo: yo sólo en casa, con él, intentando dormir y el sonido de sus uñas al caminar por el piso, claclaclaclacla, constante, de la cocina a la sala, de la sala a mi habitación, empujando con la cabeza mi mano para que le acariciara… Dos noches casi sin dormir, pero con una sonrisa… Un aullido lento, grave, tan de abandono que rompía el alma, pero en voz baja, para no molestar… Su cabeza ladeada mirándome al sonar el despertador preguntando “¿nos vamos ya de aquí? Que esta no es mi casa”… Siguiéndome mientras desayunaba preparando las cosas del trabajo… claclaclaclacla… Calzarme las zapatillas, coger las llaves y él, con sus ojos abiertos como ventanas de par en par y meneando el rabo en modo velocidad ventilador…

Así es el recuerdo, mucho más lejano… Yo en mi habitación y unos pasos a todo correr dos pisos por debajo, en el jardín… Sprint de dos horas, de un lado a otro y vuelta, mucho más joven, quemando energía sobrante por todas partes, con una pelota de tenis en la boca, una zapatilla… Lo que fuera, que te ofrecía y nunca daba… Así es el recuerdo… Tumbado en el piso mirando el objetivo de la cámara, posando sin moverse…

Así es el recuerdo… Alguien a quien hablabas y sabías, con su mirada, que te estaba entendiendo perfectamente… Alguien que, en su más perfecta ingenuidad, pensaba que era capaz de hacer cualquier cosa que le pidieras sólo porque eras tú el que se lo pedía…

Así es el recuerdo. Así era él: pequeño, como su nombre, pero tan grande…

Se me cierran los ojos, creo que por cansancio. Y cuando lo hago, dejo de ver. Cuando antes lo hacía aparecían ante mi otros mundos, otros paisajes, una luna llena llenando todo una una luz lechosa y suave, un buho posado sobre la rama de un árbol solitario, un lobo aullando con el hocico levantado, diciendo quién sabe qué a vete a saber quién… Y ahora, tan sólo el negro… Los sueños despiertos volaron para no volver, entre dolores de espalda, rodillas, hombros y dedos…

El clown me observa aburrido desde la pared; el mismo tío de siempre sobre el teclado. Su mirada en blanco y negro, de piedra, me recuerda lo efímero del tiempo. Sí, es lo que tiene tener como cuadro una foto deprimente sacada en un cementerio; te recuerda que los segundos pasan, mucho más rápido que lo que crees. Y que en cada estrato del Flysch de Zumaia entran con suerte, con mucha mucha suerte, cien vidas como la tuya, si no más. Y hay muchísimos. Y ahí, mirando esas piedras, te das cuenta de lo poca cosa que eres. Pero las reglas del juego son esas. Y da igual que las aceptes o no, están ahí, no van a cambiar y nada de lo que hagas conseguirá que lo hagan. Un día, game over.

Y cierro los ojos de nuevo, apretando fuerte. Negro. Mis sueños despiertos se han evaporado. Igual les exijo demasiado. Igual me lo exijo a mi. Y eso que nadie me lo pide. Entonces… ¿para qué? ¿Porqué?

Tal vez porque eche de menos mis sueños depiertos…

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 82 seguidores