Cada vez que aparezco por aquí me da la sensación de que vivo mi vida sentado en un sofá… Que no hago nada… Que dejo que mis segundos caigan como las hojas… Luego charlo con la gente y me doy cuenta de que no es así, según su punto de vista… Pero si no paras, todo el día haciendo cosas… Pues que quieres que te diga… Mi sensación es otra, de que nací con un pegamento especial en el culo que hace que me quede clavado a este maldito sofá morado…

Cosas… Tal vez sea que el resto no hace nada, salvo trabajar, ir a casa, sentarse delante de la tele, trabajar, ir a casa, sentarse delante de la tele, trabajar, ir a casa, sentarse… Tampoco mi vida es tan diferente… Sí, vale, me apunto a cosas, pero es que… ¿De que sirve vivir si no tienes curiosidad? ¿O es que acaso piensas que esto dura para siempre? Que va… Y cuantas más experiencias vivas, pues eso que te llevas…

Me preguntas sobre la música… Sí, me encanta escucharla y tocar, sí… Pero hacerlo en concierto ya es otra cosa… Es como si esa experiencia, ya vivida en demasiadas ocasiones, como que me da pereza… Si fuese a ser eterno, vale… Pero como no es el caso prefiero hacer otras cosas… Porque sí, tocar me gusta, pero disfruto lo mismo tocando sentado en el balcón al atardecer que delante de tres mil personas… Es más, te diría que disfruto más del balcón, porque lo hago cuando quiero y el tiempo que quiero, y es improvisado y ningún contrato me obliga… Lo siento… Sé que es extraño… Sí, lo soy… Prefiero subir una montaña el domingo temprano si me apetece que llegar derrotado de un concierto el mismo domingo temprano… Ya no compensa… En realidad creo que nunca lo ha hecho… Sí, lo sé… es extraño…

Y es que al final es el mismo pegamento el que nos ata al sofá o a otras cosas… Alguien dijo que en la variedad y todo eso…

Ocho años… El tiempo parece que tiene prisa… Y de vez en cuando, las mismas canciones… El aleatorio de la vida… Canciones de tráfico denso en tardes de lluvia, de atardeceres de otoño: tempranos, húmedos, fríos y de calles oscuras… Canciones de otros lugares, cuando los sueños que existían parecían sacados de la vida de otra persona… Y entre medias ¿qué?

Mi guitarra acústica, a la que llamo Yamah, está ahora en la sala, cerca de la tele. Se siente diferente, aislada del resto, que están en el estudio… Como el niño que juega sólo en una habitación de una casa grande… Lo contempla todo desde su rincón… La palmera pequeña, las dos estanterías ordenadas de libros, los dos cubos de Rubick, la lámpara de sal, la pequeña colección de CDs de la sala… Mira y juega a imaginar… A imaginar si ella estaría allí ahora si la lluvia hubiera caído en otra dirección… Y el afinador le hace pinza en la pala y la obliga a distraerse… Como el niño que jugaba a contar vagones de tren desde su ventana…

Imaginar… Hermosa palabra… Jugar a imaginar qué pasa por la cabeza de los demás… ¿A qué velocidad van tus pensamientos? ¿Se superponen? ¿Como te imaginabas tu vida hace ocho años? ¿Ha llevado el viento la lluvia en la dirección esperada? ¿Siguen sonando las mismas notas en tu mente? ¿La misma canción o una versión de la misma? ¿Sientes que te vas quedando atrás? Imaginar, sí, hermosa palabra… Aunque tal vez, y digo tal vez, si imaginas demasiado… ¿puede que te estés perdiendo tu propia vida?

Vale, Yamah, ya me levanto…

– ¿Cómo andas para quedar?

-A las tardes bien.- Silencio en la línea, ruido de tráfico intenso, centro de ciudad, gente caminando acelerada, tiendas caras llenas de artículos de lujo. Miro el reloj.

-¿Todas las tardes?

-En realidad sólo los miércoles. El resto de días siempre tengo algo. Pero el miércoles es mi tarde. Toda para mi.

– ¿Y la compartirías conmigo?- Pregunto. Otra vez silencio en la línea, más largo esta vez. Alzo la vista al cielo. Sigue lloviendo… Winter is coming, que decía aquel… Me estremezco dentro de mi chubasquero… Siento más el frío ahora, bastante más delgado…

– Sí. Claro. Sí.

-Oye, te noto liada. Hablamos mejor otro día.

– Sí, mejor. Cuídate.

-Y tú.

Colgamos. Asiento. Ha llovido mucho desde la última vez… Aunque claro, aquí llueve tanto que eso no significa nada… Mis pasos me encaminan despacio, bajo la densa cortina de agua, hacia una playa cercana. En esa zona casi no pasea nadie. Y la arena está desierta. Me descalzo y bajo. Sonrío… Siempre me ha gustado caminar descalzo… Saco de la mochila un paraguas y una toalla, la doblo sobre la arena y me siento encima, con el paraguas tapándome de la ahora escasa lluvia. Saco un tuperware con una tortilla de champiñones y un trozo de pan. Empiezo a comer. Y al poco, con cuidado, se me acerca una gaviota.

-Hola.- Le digo. Gira un poco la cabeza a un lado. Le lanzo un trozo de pan. Corre hacia él, se lo come y vuelve a acercarse, esta vez más confiada.

– Es de ayer, lo siento.- No parece importarle. Le lanzo el último trozo de tortilla, que desaparece antes de tocar suelo. Se me acerca y se pone a tres metros a mi derecha, mirando al mar, como yo.

– ¿Consigues que te responda?- Me mira y vuelve la vista al mar.

-Ya. Que las respuestas no las traen en Morse las olas, ¿no?- Ahora me ignora, descaradamente. Aunque sigue en el sitio.

-¿No serás tú la gaviota esa que a veces aparece en mis sueños?- Me mira de nuevo, y alza el vuelo, dejándome sólo.

Con un tuper vacío, una toalla mojada, un paraguas abierto y un montón de preguntas sin respuesta…

Veo llover, con José González sonando de fondo. Es curioso, me hace sonreir… La lluvia pesada, como hacía tiempo que no la veía… Y me he dicho, hoy voy a darle un rato a los puntos suspensivos, que entre que he estado un mes fuera de casa, sin acceso al mundo digital (o liberado de él, según se mire) y que tengo la casa patas arriba llena de polvo… Pues eso. Y es un vicio ver llover, por fín, tras la ventana…

Los colores del otoño parece que vienen con pereza este año, ya en noviembre y aún hay más verde que ocre… Ulia, cuanto tiempo sin recorrer tus caminos… Sin respirar tu aire, sin sentir el ruido de tus hojas cuando el viento susurra… Sin el mar rompiendo contra tus acantilados… Sí, lo sé… Como siempre, la culpa es mía…

Tarde de trapo de polvo, de desmontar guitarras y bajos para limpiarlos una vez que esté todo lo demás, de encierro voluntario para poner ciertas cosas en orden y revolver otras… Pero ahora es tiempo de mirar tras el cristal, ver la lluvia, escucharla acompañar de fondo a José González, como una percusión ligera, sin tiempo, un poco sin ganas… Y pensar… Y sonreir… Y claro, recordar…

Y es que cómo pasa el tiempo… Diez años ya que empecé a dejarme caer por aquí… Anda que no ha llovido… Y anda que no hemos vivido…

Y pensar, sonreir y, claro, recordar…

El cisne se va acercando, esperando que haga lo mismo que el resto de turistas: darle algo de comida. Pero no, chico, sólo tengo un café helado. Y descafeinado, para más señas. A mi alrededor la vida en la ciudad sigue su ritmo; calles llenas de gente que no sé en qué trabaja, paseando de un lado para otro en apariencia sin rumbo definido, como decía la canción; tráfico incesante y ruidoso, que no respeta ni límites de velocidad ni semáforos, barrenderos que limpian las calles que todo el mundo ensucia… Vamos, lo de siempre en este lugar. Nada nuevo bajo el sol.

En la cafetería, sentada en una de las mesas de la terraza, ella hojea triste un periódico. La miro desde mi escondite. El cisne ya ha percibido que poco va a sacar de mí y se va a buscar otro lugar donde pedir. Un trago corto a mi café helado. Ella da un trago corto al suyo, a unas decenas de metros de distancia… Que diferente podría haber sido todo, ¿eh? Pero al final las cosas salen como salen, normalmente para mejor. O eso quiero pensar.

Subo el volumen de mis cascos. Hoy toca un poco de blues. Me cierro la capucha, que empieza a llover. Meto las manos en los bolsillos y me alejo despacio del cisne, de la plaza, y de ella, sin que me vea…

Vuelve el otoño a la Ciudad Dormida…

Sobre el muro de la playa, al atardecer, una tarde cualquiera aún por llegar… Probablemente el sol se esté poniendo sobre el horizonte, haya gente paseando por la playa, y los perros jueguen alegres cerca de la orilla… Tal vez un grupo de jóvenes sentados en círculo beban algo que saquen de unas bolsas que inevitablemente quedarán allí… Y como el mar estará como un plato no habrá surferos en el agua… Para variar.

– No lo sé… ¿Tú crées que recaeremos alguna vez?

Buena pregunta. Lo más seguro es que mire al horizonte, viendo volar las gaviotas, y guarde silencio unos instantes… Asienta levemente y diga…

-No creo.- Y mienta.- Aunque todo dependerá de por donde nos vaya llevando la vida…

Ahora, apoyo la mano en la barbilla (ahora no, no podría escribir) y pienso cómo coño salir de este barrizal en el que me he metido… Hipotizando o hipotecando o hipoteizando o atizando hipo o haciendo hipótesis un día en el que las tildes las tengo rabiosas y la ortografía de esa manera (he escrito veces con tilde en la segunda e, vaya con elle y alguna más de vergonzosa confesión)…

Que hoy no tengo el día… Besos.

Era invierno, cuando en casa era verano. Sobre una roca pelada miraba aturdido el horizonte… Las sombras que creaba el sol al jugar aquel atarceder con las cimas de las montañas y la fría y ligera bruma… La cordillera de en frente, con sus cimas de más de cinco mil metros… Te sientes pequeño, ¿sabes?… Allí, sobre una roca, ante aquellos gigantes de piedra que han visto extinguirse cultural enteras… Otro humano más, pequeño, temporal, insignificante…

En las tiendas de campaña todo el mundo intentaba descansar y aliviar el dolor de cabeza. En mis oídos, aleatoriamente, la música perfecta para ese lugar, como pocas veces me ha ocurrido en la vida… La piel de gallina y las lágrimas buscando una vía de escape, ante la increíble belleza unida de paisaje y música… Y una y otra vez, la misma canción en mis oídos… Para no romper la magia… De pié, sin moverme, com una estatua sobre su pedestal… Sólo sintiendo…

Una guitarra, una voz y poco más…

-¿Vienes a la playa?- Duda. No sabe seguro, no tenemos tanta confianza, pese a conocernos hace años.

– Vale.- Noto que no lo tiene claro.

Nos ponemos en camino. Hace mucho calor, y estamos a primeros de junio, con la Ciudad Dormida disfrazada de antesala del infierno. La gente, cumpliendo el dicho del cuarenta de mayo, agoniza vestida con ropas de invierno a treinta y tres grados y cien por cien de humedad. Los coches circulan con las ventanas subidas, tirando generosos de aire acondicionado. La sigo notando incómoda.

-Oye, que si prefieres y vas a estar más tranquila vamos cada uno por nuestra cuenta.- Se ruboriza.

-No, no te preocupes. En cinco minutos se me pasa.- Asiento, sin saber muy bien porqué.

Llegamos. Extendemos nuestros pareos. Me tumbo mirando al mar, boca abajo, con la vista perdida en el horizonte. La brisa es agradable; hace más soportable la vida dentro del horno en el que estamos. Noto que se tumba al lado, también boca abajo. Silencio. Mejor, así me concentro en la orilla y en el devenir de un grupo de surfers novatos entre las olas. Y de pronto, me viene una pregunta:

-Oye… ¿Tú como te imaginabas la vida a los cuarenta cuando tenías veinte?- Silencio.

– Uf. No sé, no recuerdo…- Piensa.

– ¿La que llevas? ¿O muy diferente?

-La verdad, no sé… Diferente un poco sí, supongo… Me imaginaba igual algo un poco más estable, aunque no sé… Supongo que es un poco complicado… ¿Y tú?

-¿Yo?- Asiente; mi turno de pensar.- Creo que nunca me he imaginado mi futuro… Tal vez para ello necesite una imaginación diferente a la que tengo.

-¿Nunca?- Me encojo de hombros.- ¿Nunca te has imaginado trabajando de algo concreto? ¿Con o sin familia?

-Creo que nunca… ¿Tú sí?

-Me da que yo tampoco… Pero no lo tengo muy claro.

De nuevo el silencio.

Sí que son novatos los de las olas…

Ocurre a veces que has imaginado la vida de alguien, a quien llevas tiempo sin ver, de una determinada manera, alejada de lo que el común de los mortales denomina normal (habría que debatir sobre el nivel de normalidad de esos que se denominan “mayoría”) y luego, llega la vida y te da una bofetada de realidad, así, con la mano bien abierta… Y todo lo imaginado se derrumba, como un castillo de naipes… Y el mito se cae… Con sorpresa…

Pero un día, algo, un sueño sin ir más lejos, hace que ese alguien se vuelva a cruzar en tu camino. Y, junto a un café y una cocacola, en medio de una puesta al día, descubres que no, que todo era como tú habías imaginado… Y tras un par de horas de charla, vuelves a casa con una sonrisa imbécil en la cara, al saber que todas y cada una de las piezas del puzzle encajan. Que todo cuadra.

Qué grande eres… Un abrazo inmenso… Y que todo te vaya bien;-)

La sala es grande, desnuda y polvorienta, vacía de decoración; tan sólo unas columnas sin gracia de madera y un escenario. Sobre el escenario, unas sillas puestas en círculo, y en ellas, sentados, antiguos compañeros de judo. A la sala se entra atravesando una puerta que da a unas escaleras de bajada. Y ahí estoy, apoyado en el quicio, observando como os miráis sin decir nada. Y salto, desde el peldaño más alto, pero noto que la gravedad es distinta, que la puedo controlar… Acabo de descubrir que es algo mental, educacional, lo que nos hace vivir con los pies pegados al suelo… Y que si quiero no caer puedo hacerlo… Y repito el salto y me deslizo a unos centímetros de la vieja tarima gastada, sin tocarla mas que cuando quiero. Sonrío imaginando la cantidad de aplicaciones que tiene el descubrimiento… Al cuerno las líneas aéreas, las tasas aeroportuarias, las empresas de paracaídas, el parapente, las medidas de seguridad en escalada, los trabajos en altura…

Te busco entre ese pequeño montón de caras conocidas, y me acerco, a contarte mi hallazgo, para ver si entre los dos conseguimos darle alguna utilidad. Pero al hablarte no me escuchas… Tienes la mirada puesta en el de en frente… Es como si yo no existiera… Y ahí noto que estoy despegado del suelo… Te acaricio la mejilla, fría, como una estatua de mármol, y ni te inmutas… Y piso el suelo; la gravedad vuelve a ser la misma de siempre… Me miras y sonríes… Y en mi mente, todo son dudas…

¿Y si sólo hubiera sido un sueño?