Mira, es fácil de explicar, aunque puede ser complicado de aceptar… Sólo son palabras, lo sé; sin orden ni concierto, pero de todas maneras te lo quiero decir. Las cosas no son como tú soñaste un día en que alguien llegó y te puso en las manos una criatura diminuta y llorosa, sonrosada y arrugada. Tú soñaste grandeza, éxito, triunfo, fuerza, gloria y demás. Pero no puedes proyectar tus sueños en otras personas, aunque sean de tu misma sangre… Ellas tienen su camino, igual que tú tuviste el tuyo. Y tendrán que tomar decisiones, igual que hiciste tú… Y está bien que quieras lo mejor para esas personas, pero ten en cuenta, mucho, que lo que tú crées que es mejor tal vez no lo sea. Y la vida sólo les pertenece a ellas. Así que ellas tendrán que decidir. Aunque no te guste. Aunque te joda. Y si se equivocan, por la causa que sea, tu función es estar ahí para poner un hombro sobre el que llorar.

Hay que aceptar que llevar una vida tranquila y relajada, disfrutando de cada respiración, de cada gota de lluvia, de un abrazo al atardecer, haciendo de cada pequeño detalle algo hermoso es otra opción; vivir sin responsabilidades más serias que las que te depara la sociedad en la que vives, sin autoimponerte nada más. Es eso, otra opción. Probablemente ganarás menos, tendrás menos éxito empresarial, y perderás ese aura de grandeza que se supone que visten los triunfadores… Pero ganarás tiempo para ti. Y para los tuyos. Esta vida está llena de decisiones; unas son buenas, otras también, y algunas no. Y lo que es bueno en unas suele ser malo en las otras. Y al revés. Sólo hay que elegir.

Y dejar que elijan. Y aceptarlo y, por si acaso, preparar el hombro.

Hace poco tiempo vi esta película, la arriba referida. La pillé con miedo, ya que no tengo al señor Ben Stiller ni de lejos como uno de mis actores favoritos; más bien está en el extremo opuesto. Pues eso, que la cogí. Y la puse. Y flipé.

Luego mirando descubro que es una peli que desata amor y odio por partes iguales. O te vuelve loco o no puedes con ella. A mi me encantó. Es verdad que no cuenta nada nuevo, que la historia es predecible y que desde el principio sabes qué va a pasar. Y aún y todo me enganchó… La música, el buen rollo que desprende, el cuelgue del personaje (con el que en muchos momentos me identifico), y sobre todo, la omnipresente Islandia, que brilla con luz propia hasta cuando la disfrazan de Afganistán.

Te la recomiendo, en especial a tí, ahora que la luz empieza por fín a brillar con la fuerza que te mereces. Y creo adivinar que sí, que te va a gustar. Por cómo eres. Ya me dirás si me equivoco.

Un beso inmenso, de verdad.

Tiempo… Hace falta tiempo, siempre, para todo… Y no correr… Intentas llegar a todo… Y eres tú sólo… Y es imposible… Por mucho que lo intentes siempre habrá cosas que queden en el tintero… Y es un tintero tan grande que con su tinta podrías escribir todos los libros del mundo… Entran tantas palabras ahí dentro… Muchas veces miras la hora y te parece increible que sea tan tarde… Tan tarde… Y miras el calendario y dices… Coño… Si el año empezó ayer y ya estamos terminando febrero… Y cada año pasa más rápido que el anterior… Cada vez sus suspiros son más breves y sus latidos más rápidos…

La hoja cae del árbol. Tarda una eternidad en llegar al suelo. Para cuando lo hace, la hierba se ha movido mil veces en diferentes direcciones. Generaciones de hormigas han muerto y vuelto a nacer. Y ninguna de ellas ha dejado huella alguna en la historia. Y ningún humano imbécil dejará huella alguna en la historia del universo ¿Un átomo insignificante? ¿Eso eres? ¿Y porqué cojones te das tanta importancia? La hoja cae del árbol. Y a nadie le importa, que nosotros sepamos. Tal vez a algunas de las hojas de alrededor. Y poco más. Tú también caerás. Y yo. Y dentro de cien años, nadie se acordará de nosotros. Y eso aquí, en la tierra, entre los tuyos ¿Tan importante crees que es lo que haces? Vive y déjate de hostias.

La lluvia cae. Hoy con fuerza. Y arrastra la hoja a una sucia alcantarilla, donde se mezcla con otras que han corrido la misma suerte. El camino del destino, sin duda alguna…

En esta ciudad, lo he escrito mil veces, a menudo llueve. Y no es algo que me disguste, como a mucha gente. Disfruto de la lluvia especialmente de rumbo al trabajo, montado en el autobús, mientras la música inunda mis oídos, contemplando las gotas resbalar inevitablemente por el cristal… O rompiendo la superficie de los charcos formados… O, como ahora que es invierno y amanece más tarde, jugando con la luz anaranjada de las farolas…

Y bajo el peldaño que me separa de la calle, embutido en mi chubasquero, con un gorro de forro polar calentándome la cabeza y mi calzado de goretex y, perdido en ensoñaciones varias, camino como un autómata hacia la mina. Y a veces, según la música, me vienen recuerdos de lugares remotos, o de personas que de un modo u otro pasaron por mi vida. Y a veces, horas después de la música, la persona se hace realidad de alguna manera…

Supongo que son casualidades. O eso, o que mi Ipod es mágico…

Iba a escribir una entrada titulada Un cuento circular, pero no lo voy a hacer, aunque contaré la idea… Iba de un pez que desde dentro de un acuario encontraba una sirena que paseaba por fuera y quedaba subyugado ante su presencia. Desde entonces, las aguas de su vida se volvieron turbulentas. Ella aparecía y desaparecía, volvía a aparecer y desaparecer y así durante mucho tiempo. Y el pez se quedaba siempre mirando desde dentro del acuario, sin atreverse a saltar fuera. Y hubo un día, finalmente, en que ella, después de despedirse agitando la mano, desapareció para no volver.

Y de verdad, me puse a ello. Pero era muy complicado. Y lo dejé. Lo tengo ahí, en borradores, con otros veintiuno, la mayoría un título sin nada más, frases que me han gustado, o cosillas así, que no valen para nada y con los que nunca haré nada. Como tantas otras veces. Como todas esas cosas que empiezo y no termino; libros, series, canciones… Tengo cientos de trocitos de canciones empezados que nunca escucho ni continúo trabajando… Y es que es como cuando escribo… O sale fácil y de tirón o no me merece la pena… Por eso nunca tocaré el piano… Porque no me gusta complicarme la vida…

Tengo Placebo de fondo, su primer disco, una bolsa de pipas al lado, una manta sobre las piernas, un gorro en la cabeza y la lámpara alumbrando a traición, por la espalda, mientras escribo estas líneas en este sofá morado que me maltrata la espalda. Y pienso. Pienso que… ¿Cómo sabe uno si la vida que lleva es la correcta? Y sobre todo ¿Quién quiere saber si la vida que lleva es la correcta? Yo al menos no.

Dicen algunos de estos que piensan en estas teorías que ahora están de moda, que cada vez que tomamos una decisión se crea un universo paralelo, en el que se vive la opción no elegida. Pienso sobre ello y sólo llego a una conclusión: soy un generador de masa que te cagas. Si cada vez que dudo y elijo creo otro universo… Coño, soy casi Dios…

Divago. Tal vez sea que ya es tarde. Tal vez sea la música, que me arrastra a dormirme entre sus tristes quejidos (I Know en estos momentos), tal vez sea que, metidos en esta cultura en que vivimos con esa falsa moral nos privamos de experiencias que nos perderemos de no vivirlas en vida… Tal vez sea una crisis de los cuarenta tardía, aunque la verdad, no creo.

Me quedo escuchando la canción… I Know… Sed muy felices…

De nuevo en tus calles, caminando despacio, sintiendo esa vida que aquí hace tiempo que se perdió envuelta en bonitos plásticos de miles de colores, en ridículas normas de convivencia, en vulgares franquicias que despersonalizan sin remordimientos esta ciudad en la que vivo. De nuevo en tus calles, con tus gritos, tus ruidos, tus olores a verdura, especias, pescado, contaminación… De nuevo en tus calles, sí, como otras veces, igual, pero tan diferente…

Al contrario que antaño, mis pasos van sin música; sólo un momento en que, como un cuchillo, without you I’m nothing de Placebo resuena equivocada… Aleatorio traidor… Buscando puntos flacos… Cruzo la calle de las guitarras y las tiendas de discos, mi mundo, mirando sin deseo los escaparates llenos de tesoros inalcanzables, como cuando de niño paraba delante de las jugueterías… Al final, tendemos a conformarnos con lo que tenemos, sobre todo si, como es el caso, las cosas suenan bien…

De nuevo en tus calles, sí, liberado de las cadenas que me ataban a ti, buscando el calor que falta en la mía las largas tardes de invierno… Buscando con mi cámara pequeños secretos que antes no encontré… Pero sabiendo que la magia no se encontraba en ellos, sino en los ojos del que mira…

La magia de una mirada, sin duda…

(Texto escrito a medias con Sylvia Ellston de Mis relatos y demás)

El local rezuma lujo caduco, como de postal antigua; lámparas doradas, sillas claveteadas de color verde, mesas pesadas de madera oscurecida pero el paso del tiempo y de las conversaciones… Los camareros van vestidos como los de antaño; elegantes, con delantal blanco y pañuelo doblado en el brazo que porta la bandeja, plateada, como no podía ser de otro modo. La barra, maciza, también de madera oscura y pasamanos dorado, al fondo, con espejo detrás, reflejando las botellas con caché, que reposan sobre baldas de cristal. Supongo que, de haber llegado veinte años antes, la descripción hubiera sido la misma.
Tal vez alguno de los camareros un poco más joven…

Son las siete menos cuarto de una fría y lluviosa tarde de invierno. Me encuentro a cientos de kilómetros de mi Ciudad Dormida, en pleno corazón de la Ciudad del Sol. El viento sopla desagradable y se cuela por todas partes. Es por eso que entro en el local un buen rato antes de lo previsto. Miro alrededor, buscando a una persona, suponiendo que aún no habrá llegado. Pero me equivoco. Ella está allí, sentada en una mesa, de espaldas a la puerta. Dudo, ya que sólo la he visto en foto, pero voy.

Cuando entré en la cafetería, miré con detenimiento a todas las mesas ocupadas. Me tomé mi tiempo pese a que el camarero carraspeó para llamar mi atención. No le vi, aunque ya me lo esperaba, había llegado con bastante tiempo de antelación, cosas de los horarios de renfe. Sonreí levemente al camarero que me ofrecía una mesa para sentarme, negué con la cabeza señalando otra que estaba junto a la ventana, le pedí un café y me senté.

Miré la hora, aún faltaban quince minutos para la cita. Aunque estaba preparada para esperar, puesto que llevaba conmigo mi inseparable libreta y un libro (que me acompañó durante el trayecto). Saqué el móvil para enviar un mensaje y saber más o menos cuánto tendría que esperar. Pero oí que me llamaban por mi nombre y levanté la mirada. Le reconocí al instante, estaba igual que la foto y sonreí con alegría como quien sonríe a alguien que se fue y ha vuelto después de mucho tiempo…

- ¿Sylvia?

- Víctor.

- Sí.- Sonrío. Ella también. Me siento. Un camarero alto y ligeramente estirado se me acerca, y me pregunta qué voy a tomar. Dudo unos instantes; para un café quizá sea algo tarde, asi que…- Un té verde, por favor.- Asiente y se aleja. Sonrío a Sylvia, que está con su café, y un bolso enorme lleno de cosas. Y un paraguas de la guerra de las galaxias, una espada laser como la que yo de niño quería tener desde que vi en el cine la película en su estreno, unas navidades de hace mucho tiempo.- ¿Qué tal? ¿Que me cuentas?

Y arranca la conversación; una conversación curiosa de dos conocidos desconocidos que saben bastante el uno del otro. Charlamos un poco de nuestras vidas, de nuestros sueños e ilusiones; del pasado, a veces oscuro y a veces no; del presente, a veces oscuro y a veces no; y del futuro, aún por escribir. Hablamos de letras, que es lo que tenemos en común, y hasta de números, que es lo que realmente es lo mío… De literatura buena, de consumo y basura… De nuestras discrepancias sobre la Catedral del mar… De muchas cosas… Y mientras tanto, el tiempo vuela, para devolvernos a cada uno a su rincón del cuadrilátero particular, a seguir peleando…

El horario de trenes que antes jugó en mi favor se vuelve en mi contra. La velada pasó como un suspiro. Aún así quise aprovechar hasta el último minuto. Le propuse ir a otro sitio para tomar, como es típico en mi tierra ahora lejana, la última.
Quise guiarle por los escasos rincones que conocía de esta ciudad nueva para mí, pero solo logré hacer alarde de mi nulo sentido de la orientación.

Después de un par de correcciones de ubicación por su parte y con la rabia de tirar la toalla en el Hard Rock. Entramos en una cafetería casi a ciegas. Otro café para mí y un chocolate para él. Nos sentamos uno frente al otro , el asiento que estaba entre ambos tenía una mancha blanca, seguramente de helado, aún así, nos reímos adivinando en lo que pensaba el uno y el otro.

Pero como todo en esta vida, llega un momento en que todo se acaba… Se acaba el chocolate, se acaba el café, se acaba el horario de trabajo del personal de la cafetería… Se acaba el tiempo… Y en un tunel de metro, las letras de crédito descienden crueles y las palabras se van en distintas direcciones… Y al final, un “Continuará” abre paso a la esperanza de otro encuentro en el futuro…

Un “Continuará”…

Y claro, unos puntos suspensivos…

Es una tarde cualquiera, sin nada destacable: una fría tarde de enero, sin lluvia, anochecida ya, aún sin luna… El entorno, el habitual en el corazón de la Ciudad Dormida: gente caminando con rumbo errático con los brazos llenos de bolsas con regalos (era unos días antes de Reyes), ruido de tráfico atascado, motos metiéndose entre los coches, sonidos de bocinas… Lo normal, vamos. Acabo de salir del cine, de ver una película uruguaya que vendían como comedia y no lo era y se me ha escapado el autobús.

En la parada, aparte de mi, dos ancianas y una chica jugando con un móvil. Y en esto que llega otro autobús; no el de siempre, que es normal, sino un microbús que pusieron hace unos años que da la vuelta al barrio por calles en las que el otro no entra. Y que para volver da una vuelta del carajo, pero bueno, como hace bastante frío… Total que ahí que subo.

Las ventajas de los autobuses pequeños son las desventajas de los grandes y a la inversa; por ejemplo, en el grande entre el ruido y la distancia es fácil no enterarte de una conversación, lo que es una ventaja si la conversación no te interesa… En el pequeño no te libras. Imposible.

En la siguiente parada se monta otro anciano.

- Hombre, Miguel.- Dice sonriendo una de las ancianas que ha subido en mi parada.

- Uy. Hola, Marta.- Y sin dejar tiempo a que siga ataca la tal Marta.

- ¿Sabes que se ha muerto Joaquín?- Miguel pone los ojos como platos.- Sí, ese amigo tuyo con el que solías quedar.- Miguel balbucea.

- Pero si ayer… Pero si… No puede…

- Que sí, que ayer salió a la calle y ya ves, pajarito.- Lo cuenta como quien dice “eché el huevo a la sarten y el aceite salpicó fuera”. Miguel está impresionado y se apoya contra la barra. Cierra los ojos. Marta sigue, implacable.- Y mira que parecía que estaba bien. El que no está nada bien es ese, tu otro amigo, el que cojea que tuvo una caída por las escaleras mecánicas hace unos años…. ¿Cómo se llama?- Miguel sigue en silencio, en su mundo.- Ah, Jaime, creo… Ese que su hijo tuvo problemas con las drogas…

El autobús se detiene en la siguiente parada. Entra otra señora mayor, que saluda a la primera.

- ¡Marta! ¿Qué tal?

- ¡María! Aquí, contándole lo de Joaquín a Miguel, que no lo sabía.

- ¿Ah, no? ¿Pero no eráis tan amigos?- Me dan ganas de decirle que yo cuando me muera tampoco creo que llame a los míos. Al menos si me pilla por sorpresa, como parecía el caso. Miguel se sienta y se pone a mirar por el cristal, ignorando a las otras dos.- Oye, no sabes.

- ¿Qué?- Pregunta Marta, interesada.

- La Juani.- La otra pone cara de extrañeza.- Sí, mujer, la peluquera. Que su hijo es gay.

- ¡Qué me dices!- Salta la otra, marcando bien todas las sílabas.- ¿Y donde se ha pillado eso?

- Que no, burra, que eso no se pilla… Uno es así y listo.

- Ay, que pobre…. Qué disgusto más grande.

- Sí, porque no levanta cabeza desde que su marido se fue con aquella otra…

Mi paciencia, tiene un límite. Las miro a las dos, dándome la vuelta, con ligero gesto de desprecio, y me pongo los cascos despacio, para protegerme de sus palabras. Echo una mirada al pobre Miguel que, como yo, supongo que hubiera preferido subirse a cualquier otro autobús…

La mesa es larga, como una de esas de las bodas de las películas americanas, en un jardín de césped perfectamente cortado y mantel blanco. Parece ser, por la gente que alcanzo a reconocer, una comida de trabajo. La charla transcurre animada, sobre nada en concreto. Hace sol, un cielo perfectamente azul atravesado por alguna pequeña nubecilla; un día de esos que anuncian la llegada de la primavera. A mi lado está ella, enigmática y oscura, la dama de las tinieblas, con su mirada de hielo. Sonríe sin decir nada, atenta a las conversaciones. Por alguna extraña razón, su presencia me intimida y no consigo estar cómodo.

Trancurridos unos minutos ella se levanta y se aleja despacio. Camina silenciosa como una gata, sus pies descalzos sobre la hierba. Se acerca al rosal que hace de seto y con una uña corta el tallo de una rosa blanca. La huele, sonríe, me mira, sigue sonriendo, pasa la lengua despacio por su labio superior, la vuelve a oler y la lanza lejos. En ese momento y sin saber cómo, me encuentro sentado dando la espalda a la mesa, contemplando el espectáculo de ver a semejante mujer acercarse hacia mi como una leona a su presa. Llega hasta mi, se me sienta encima, me besa, apenas un posado de labios sobre los míos, se separa, y apoya su frente contra la mía. Se levanta de nuevo, despacio, posando el dedo que ha cortado la rosa sobre mi boca, me rodea y se sienta detrás. Me abraza. Las conversaciones siguen animadas. Nadie parece ver lo que está pasando. Hasta que ella me muerde suave un poco por encima de la clavícula. Entonces se hace el silencio y todas las miradas se clavan en nosotros. Ella sigue sujetándome, mientras mira a todo el mundo con la misma cara que pondría un cachorro que ha sido descubierto al hacer una travesura. Pero no me suelta. Y empiezo a sentirme incómodo, con todos esos pares de ojos posados sobre nosotros.

Cuando llevamos un rato así, yo intentando aparentar normalidad y ella como un koala aferrado a su árbol, viene alguien a liberarme. Me pide por favor que traiga unas jarras de agua. Ella afloja su abrazo y su mordisco, al que me estaba acostumbrando, y me levanto. Me doy la vuelta para excusarme y me quedo sorprendido: la dama oscura no es ahora mas que una niña de diez u once años, que me sonríe como si mirara a su primer amor. Me observo las manos y no son las mías, parecen las de un crío. Y además veo las cosas desde menor altura. Creo que también me he convertido en un crío de diez o doce años.

Salgo corriendo a por la jarra, pero todas las que encuentro son de agua con gas. Al final, muy muy lejos, encuentro una botella de cristal que sé que es lo que busco. Corro por las calles, con ganas de entregarla pronto para volver junto a ella, a perderme dentro de su abrazo cálido y de su mordisco, más cálido todavía. Mi reflejo en los cristales de los escaparates muestra un chaval vestido de primera comunión, corriendo todo lo rápido que le permiten sus delgadas piernas.

Llego resoplando, entrego la botella y corro hacia mi mesa. Pero allí no hay nadie. Sólo un hombre de cuarenta y tantos años, entrado en kilos y con escaso cabello, sentado con una guitarra entre las manos. Nuestras miradas se cruzan. Y en la suya veo al niño en que me he convertido, con una guitarra en las manos…

Sí, el borde del horizonte luce anaranjado y brumoso, así visto desde mi sala. A miles de kilómetros de aquí, el sol se ha puesto ya hace un par de horas. No puedo adivinar el tiempo que hace por allí, pero puedo contar que en este lugar en que me encuentro, a apenas un puñado de kilómetros del corazón latiente de la Ciudad Dormida, el frío es intenso. Y húmedo.

Me fijo en el cuadro nuevo que hay ahora en la pared que tengo enfrente; una foto que hice hace un par de años en Berlín, en el monumento a los judíos masacrados en la segunda locura mundial… Una gota de lluvia resbalaba despacio sobre la piedra oscura, como una lágrima. La ví, tuve consciencia del lugar en el que me encontraba, saqué la cámara y disparé. Ahora esa gota, que ya es historia y se fundió con otras para acabar en un oscuro charco pisado por cualquiera, se mantiene viva en una de las paredes de casa. Para que no se olvide. Al menos mientras esté ahí.

En la entrada hay otro, esta vez se trata de un árbol escocés, negro y desnudo, casi sin hojas, perfilado contra un cielo amenazante, en blanco y negro, como mi taza de café. Lo curioso del asunto, es que aquel día hizo buen tiempo; todo es un truco de cámara… Sin photoshop, sólo un pelo de contraste…

Es tremendo. Cualquiera que viera la foto, pensaría que casi tuve que correr para salvar mi vida por la tormenta que iba a caer. Cualquiera que viera los documentales del día o semana o lo que sea del tiburón de Discovery Channel no metería un pie en el agua en su vida. Cualquiera que encienda la tele cualquier día, pensaría… Que no, que no pensaría. Si la enciende es que mucho no piensa. Esa lavadora de cerebros… Bendito sistema…

Me voy, por este año. Espero pasar más por aquí durante el próximo, aunque no prometo nada… Espero también que os dejen ser felices, que el sol siga saliendo para vosotros trescientas sesenta y cinco veces por el Este, y que sonriáis al menos una vez de verdad al día.

Y a tí, toda la suerte del mundo.

Y un buen abrazo…

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