Han quitado las calles y no me puedo escapar… Han quitado las calles y ha empezado a llover… Y las gotas de lluvia no caen en ningún sitio fuera de los tejados… Bueno, sí, caen al vacío dejado por las calles que han quitado… He bajado cuatro pisos de escaleras y al abrir la puerta casi caigo al abismo… A lo lejos, veía un resplandor tíbio, como de luz artificial…

Han quitado las calles… Y no estabas circulando… Una pena… Lo fácil que sería todo… Pero no; toca seguir luchando… Qué pereza…

Hay veces, pocas, en que uno toma una decisión y después el tiempo te demuestra que no, que la nostalgia nunca trae nada bueno, al menos al intentar revivirla… Que si algo terminó fue por algún motivo… Pero es tan plácido el recuerdo… Ahora me doy cuenta, pero es tarde… Y, como dice el refrán, después de visto… Pues eso…

Han quitado las calles, sí… Pena que no las quitaran antes…

Va pasando el tiempo, segundo a segundo, y del reloj de nuestra vida se va fugando la arena, grano a grano, sin darnos apenas cuenta… Guisante a guisante… Y en el plato, restos de un filete de lomo, y algo de cebolla. Me miras, y me sonríes… Y pienso que, joder, esa mirada… Dios… Me rinde… Y el viento comienza a soplar con fuerza, como han anunciado.

Silban las cuerdas del viejo tendedero donde hoy la ropa se seca en segundos… Una melodía aguda, cortante, fría… Las luces de la ciudad brillan lejanas, como cada vez que la luz se va en nuestro barrio, tan lejano del tuyo… Corren las nubes, o lo que intuyo de ellas en esta noche sin luna, oscura como pocas veces… Y en días así, me da por recordar…

Algo que, total, no conduce a nada… Soñaba hoy que, estando en una playa soleada, de día y muy bien acompañado, jugaba con un perro blanco y pequeño… Le lanzaba una pelota y él la traía y no me la daba… Y así una y otra vez aparecían pelotas en mi mochila, una fuente inagotable… Y él, con una montaña inmensa a su lado… Hasta que alguien decía algo como “¿vas a dejar de jugar con el puto perro? Es hora de irse y tenemos que comer”… Mi “ahora voy” de siempre, que siempre es un “dame un rato”… Y le lanzaba otra pelota, sonriendo feliz, pasando de todo, viendo como él corría con la pelota de vuelta… Mira que juego más simple… Luego acariciaba la cabeza del pequeñajo, lo cogía en brazos y, como broma, lo lanzaba al agua, un pequeño río que pasaba al lado…Y él caía patas arriba, con gesto de sorprendido, mirándome sin comprender y, por alguna extraña razón, incapaz de darse la vuelta… Y veo cómo se aleja, mirándome, rígido como una estatua, sin poder sacar la cabeza del agua, con cara de no entender lo que estaba pasando… Yo me levanto, me sacudo la arena, y me dispongo a irme… Alguien me vuelve a llamar… Y camino dos pasos en su dirección… Hasta que una voz en mi cabeza me dice un “eso no está bien, tío… Se va a ahogar… Por tu puta culpa… Y es un amigo…”. Joder. Tiene razón… Y salgo corriendo siguiendo el río… Lo veo bajar, en la misma posición, pero con los ojos ya cerrados. Salto al agua, lo saco y le doy la vuelta… Lo apoyo en el suelo y se queda en pie, rígido como una estatua… Contengo la respiración… Su piel mojada… Y tose… Y abre los ojos, desorbitados… Y me mira fijamente, con incredulidad, incomprensión, sorpresa y dolor… No entiende nada… Y yo tampoco… Ahora diluvia alrededor, pero no me importa… El se aleja despacio, renqueante y dolorido, supongo que sin ganas de saber nada más de mi en lo que le quede de vida… Y yo me quedo tumbado, mirando al cielo, temblando mientras la lluvia me castiga con fuerza… Y alguien me espera, pero no me importa…

Sobre la mesa blanca hay un plato vacío manchado de grasa, un par de cubiertos sobre el plato y un vaso con medio dedo de agua. La luz incide directamente sobre ellos ya que, por alguna extraña razón y tras meses de lluvias constantes, hoy hace sol. En la radio suena la voz de Angels Barceló comentando encantada la dimisión de Donald Trump, que ha decidido dejar su cargo al darse cuenta de que más de la mitad de los estadounidenses no le apoya, sobre todo después de que a raiz de no limitar el consumo de gases con efecto invernadero el aumento de cancer de piel en su país (y en el resto del mundo, pero eso no les importa) haya sido importante. Mariano Rajoy hizo lo propio en España un par de semanas antes (un escándalo sexual, la corrupción es tan generalizada que no es noticia) y el país vuelve a estar sin gobierno. Aunque la verdad, apenas se nota la diferencia.

Salgo al balcón. Las calles siguen mojadas y tristes. No circulan coches… Los prohibieron temporalmente debido a los altos niveles de contaminación. El silencio es tan intenso que casi se escucha. Las nubes bajas corren rápidas dejándose trozos de algodón en las cimas de las montañas. Pero el sol calienta, por fín. En la antena de la casa de delante hay posada una gaviota famélica que a duras penas mantiene el equilibrio. Cruzamos las miradas un instante y en sus ojos siento una mirada de condena. Sí, lo sé. Nos hemos cargado el mundo… Tanto correr, tanto estar a la última… Tanto comprar algo cuando lo que tengo me aburre… Tanto plástico inútil envolviendo más plástico… Magdalenas envueltas individualmente dentro de bolsas de plástico… Y barritas de pescado… Y panes con doble bolsa… Y cápsulas de café individuales de un sólo uso en su caja preciosa de cartón… Y tanto mi móvil tiene una marca en el cristal me compro uno nuevo… Y tanta estupidez… Sí, lo sé… Tienes razón… Y sé que parte de la culpa es mía… Si hubiera dejado de comprar todo aquello… La fruta en bandejas plastificada, los yogures con cartón, metiendo todo en las bolsas que te daban los supermercados en vez de llevar mi bolsa de tela… Si no hubiera cambiado de móvil cada dos años… Si no me hubiera movido con mi coche todos los días hasta el trabajo yendo yo sólo y hubiera usado la bici o el trasporte público… Todos aquellos viajes al otro lado del mundo cuando ni conozco los pueblos de al lado… Si no hubiera hecho tantas cosas…

Ahora ya no hay remedio. El polo Norte es un recuerdo. La Ciudad Dormida también, como tantas que estaban a nivel del mar… Mi casa sigue estando donde estaba, pero las vistas han cambiado bastante… Lo que antes era el muelle de un puerto ahora es una inmensa bahía y las casas cercanas hubo que derribarlas para contruir nuevas infraestructuras… Y las ventanas que antes daban al norte desde las que sólo veía árboles… Casas y más casas de toda la gente que hubo que reubicar…

Sobre la mesa blanca hay un plato vacío manchado de grasa, un par de cubiertos sobre el plato y un vaso con medio dedo de agua… Angels sigue hablando, como música de fondo… Pero la música que suena es triste… Canta sobre contaminación y muerte… Sobre pobreza y dolor… Un brindis a la estupidez humana…

Despertador…

La habitación era grande, mucho, y en ella, el caos habitual que rodea mi vida: una guitarra eléctrica barata, una guitarra clásica aún más barata y un bajo normalillo; una tabla de abdominales que nunca usé con toneladas de ropa encima, mi primer ampli (una castaña de cuarenta watios), un ordenador de sobremesa sin las tapas laterales y pilas de cds sobre la mesa caótica, junto al monitor de quince pulgadas con inmenso trasero… Un par de altavoces, una silla japonesa de esas que dicen que son buenas para la espalda y que me destrozaba las rodillas, pilas de libros y comics, un peluche de oso panda estrangulado con el cinturón de un albornoz colgando de un armario y, cómo no, una cama deshecha… Aquel era mi infierno, mi desastre… Asustaba, sí, pero era mío…

Lucía el sol, principios de primavera, no recuerdo el año, pero muy a finales de los ochenta. Supongo que iríamos vestidos como íbamos entonces, pantalón vaquero ajustado y cazadora vaquera con borreguito, o con un chandal tres tallas más grande… Sí, a los diseñadores de aquel tiempo creo que acabaron fusilándolos por atentado a la estética… Ella, camiseta heavy de esas que Amancio Ortega vuelve a sacar ahora a la venta en alguna de sus tiendas, manda huevos, y falda corta, negra y ligera… Yo parecido, pero con borrego, por fuera y por dentro… Y sin falda, pantalón.

– Hombre, ¿qué tal?

-Bien, la verdad… Coño tío, hace mucho que no te dejas ver…

-Ya. He andado liado… Me he comprado un ampli y he estado practicando.- Me mira. Me encojo de hombros.

– Un ampli. ¿Eso que es?- Pregunta.

-Un cacharro al que enchufas el bajo y hace que suene. ¿Vamos a mi casa, te lo enseño y te toco algo?- Abre los ojos como platos y sonríe. Me mira fijamente y asiente.

-Claro. Me lo enseñas y luego me tocas algo.

Sonrío. Comenzamos a recorrer las tres o cuatro manzanas que había de su portal a mi casa. Pasamos por delante de la librería de Vicente, del salón recreativo con sus máquinas, futbolines, billares y su eterna nube de humo, de la farmacia, del puticlub 88 que creo ya estaba cerrado, del supermercado, de la pastelería… Charlaríamos de cualquier cosa, de música supongo, que era lo que nos unía…

Abro la puerta. Saludo en voz alta. Nadie en casa… Subimos al tercer piso… Efectivamente, nadie en casa, cosa rara. Entramos a mi habitación. Mira alrededor. Mira el oso estrangulado. Lo señala y se ríe. Mira la cama deshecha y me sonríe, con una picardía que yo, un imbécil de manual que sólo tiene música en la cabeza, no capto.

-Mira. Este es el ampli.

Silencio. Se queda mirando la caja negra, con botones. Una entrada de jack, cuatro potenciómetros, una altavoz pequeño y una pua verde encima. Simple como el mecanismo de un botijo. Me mira, sorprendida ante algo tan… ¿feo? ¿simple? ¿absurdo? Por su cabeza pasa un pensamiento… Bonita excusa para llevarme a su habitación… Sonríe mucho y se sienta, despacio, en el borde de la cama, mirándome fijamente.

-Ahora es cuando me tocas algo, ¿no?- Dice, dejándose caer hacia atrás. Sonrío.

-Claro.- Ella se ríe, y se tumba. Y yo, un imbécil de manual, me levanto de mi silla, la miro, espectacular a sus dieciocho o así bien cumplidos, cuerpo escultural y melena negra larguísima y brillante, me acerco despacio, cojo el bajo que estaba al lado de la cama, me lo cuelgo, lo enchufo al amplificador, enciendo, pongo un tema de Iron Maiden en la cadena y lo acompaño malamente al bajo. Ella se incorpora, sorprendida, y escucha durante siete largos minutos Hallowed be thy name… Acaba el tema, dejo el bajo y pregunto.

-¿Que te parece?

– Eh… Bien, bien… Suena bien…-Sonrío contento.

-¿Salimos?- Me mira, aún más sorprendida. Se encoje de hombros.

-Bueno… Vale.

Y salimos a la calle.

Cuando ella me contó la historia, muchos años más tarde, me sirvió para comprobar lo que ya sabía: lo dicho, un imbécil de manual. Desde pequeñito.

Cada vez que aparezco por aquí me da la sensación de que vivo mi vida sentado en un sofá… Que no hago nada… Que dejo que mis segundos caigan como las hojas… Luego charlo con la gente y me doy cuenta de que no es así, según su punto de vista… Pero si no paras, todo el día haciendo cosas… Pues que quieres que te diga… Mi sensación es otra, de que nací con un pegamento especial en el culo que hace que me quede clavado a este maldito sofá morado…

Cosas… Tal vez sea que el resto no hace nada, salvo trabajar, ir a casa, sentarse delante de la tele, trabajar, ir a casa, sentarse delante de la tele, trabajar, ir a casa, sentarse… Tampoco mi vida es tan diferente… Sí, vale, me apunto a cosas, pero es que… ¿De que sirve vivir si no tienes curiosidad? ¿O es que acaso piensas que esto dura para siempre? Que va… Y cuantas más experiencias vivas, pues eso que te llevas…

Me preguntas sobre la música… Sí, me encanta escucharla y tocar, sí… Pero hacerlo en concierto ya es otra cosa… Es como si esa experiencia, ya vivida en demasiadas ocasiones, como que me da pereza… Si fuese a ser eterno, vale… Pero como no es el caso prefiero hacer otras cosas… Porque sí, tocar me gusta, pero disfruto lo mismo tocando sentado en el balcón al atardecer que delante de tres mil personas… Es más, te diría que disfruto más del balcón, porque lo hago cuando quiero y el tiempo que quiero, y es improvisado y ningún contrato me obliga… Lo siento… Sé que es extraño… Sí, lo soy… Prefiero subir una montaña el domingo temprano si me apetece que llegar derrotado de un concierto el mismo domingo temprano… Ya no compensa… En realidad creo que nunca lo ha hecho… Sí, lo sé… es extraño…

Y es que al final es el mismo pegamento el que nos ata al sofá o a otras cosas… Alguien dijo que en la variedad y todo eso…

Ocho años… El tiempo parece que tiene prisa… Y de vez en cuando, las mismas canciones… El aleatorio de la vida… Canciones de tráfico denso en tardes de lluvia, de atardeceres de otoño: tempranos, húmedos, fríos y de calles oscuras… Canciones de otros lugares, cuando los sueños que existían parecían sacados de la vida de otra persona… Y entre medias ¿qué?

Mi guitarra acústica, a la que llamo Yamah, está ahora en la sala, cerca de la tele. Se siente diferente, aislada del resto, que están en el estudio… Como el niño que juega sólo en una habitación de una casa grande… Lo contempla todo desde su rincón… La palmera pequeña, las dos estanterías ordenadas de libros, los dos cubos de Rubick, la lámpara de sal, la pequeña colección de CDs de la sala… Mira y juega a imaginar… A imaginar si ella estaría allí ahora si la lluvia hubiera caído en otra dirección… Y el afinador le hace pinza en la pala y la obliga a distraerse… Como el niño que jugaba a contar vagones de tren desde su ventana…

Imaginar… Hermosa palabra… Jugar a imaginar qué pasa por la cabeza de los demás… ¿A qué velocidad van tus pensamientos? ¿Se superponen? ¿Como te imaginabas tu vida hace ocho años? ¿Ha llevado el viento la lluvia en la dirección esperada? ¿Siguen sonando las mismas notas en tu mente? ¿La misma canción o una versión de la misma? ¿Sientes que te vas quedando atrás? Imaginar, sí, hermosa palabra… Aunque tal vez, y digo tal vez, si imaginas demasiado… ¿puede que te estés perdiendo tu propia vida?

Vale, Yamah, ya me levanto…

– ¿Cómo andas para quedar?

-A las tardes bien.- Silencio en la línea, ruido de tráfico intenso, centro de ciudad, gente caminando acelerada, tiendas caras llenas de artículos de lujo. Miro el reloj.

-¿Todas las tardes?

-En realidad sólo los miércoles. El resto de días siempre tengo algo. Pero el miércoles es mi tarde. Toda para mi.

– ¿Y la compartirías conmigo?- Pregunto. Otra vez silencio en la línea, más largo esta vez. Alzo la vista al cielo. Sigue lloviendo… Winter is coming, que decía aquel… Me estremezco dentro de mi chubasquero… Siento más el frío ahora, bastante más delgado…

– Sí. Claro. Sí.

-Oye, te noto liada. Hablamos mejor otro día.

– Sí, mejor. Cuídate.

-Y tú.

Colgamos. Asiento. Ha llovido mucho desde la última vez… Aunque claro, aquí llueve tanto que eso no significa nada… Mis pasos me encaminan despacio, bajo la densa cortina de agua, hacia una playa cercana. En esa zona casi no pasea nadie. Y la arena está desierta. Me descalzo y bajo. Sonrío… Siempre me ha gustado caminar descalzo… Saco de la mochila un paraguas y una toalla, la doblo sobre la arena y me siento encima, con el paraguas tapándome de la ahora escasa lluvia. Saco un tuperware con una tortilla de champiñones y un trozo de pan. Empiezo a comer. Y al poco, con cuidado, se me acerca una gaviota.

-Hola.- Le digo. Gira un poco la cabeza a un lado. Le lanzo un trozo de pan. Corre hacia él, se lo come y vuelve a acercarse, esta vez más confiada.

– Es de ayer, lo siento.- No parece importarle. Le lanzo el último trozo de tortilla, que desaparece antes de tocar suelo. Se me acerca y se pone a tres metros a mi derecha, mirando al mar, como yo.

– ¿Consigues que te responda?- Me mira y vuelve la vista al mar.

-Ya. Que las respuestas no las traen en Morse las olas, ¿no?- Ahora me ignora, descaradamente. Aunque sigue en el sitio.

-¿No serás tú la gaviota esa que a veces aparece en mis sueños?- Me mira de nuevo, y alza el vuelo, dejándome sólo.

Con un tuper vacío, una toalla mojada, un paraguas abierto y un montón de preguntas sin respuesta…

Veo llover, con José González sonando de fondo. Es curioso, me hace sonreir… La lluvia pesada, como hacía tiempo que no la veía… Y me he dicho, hoy voy a darle un rato a los puntos suspensivos, que entre que he estado un mes fuera de casa, sin acceso al mundo digital (o liberado de él, según se mire) y que tengo la casa patas arriba llena de polvo… Pues eso. Y es un vicio ver llover, por fín, tras la ventana…

Los colores del otoño parece que vienen con pereza este año, ya en noviembre y aún hay más verde que ocre… Ulia, cuanto tiempo sin recorrer tus caminos… Sin respirar tu aire, sin sentir el ruido de tus hojas cuando el viento susurra… Sin el mar rompiendo contra tus acantilados… Sí, lo sé… Como siempre, la culpa es mía…

Tarde de trapo de polvo, de desmontar guitarras y bajos para limpiarlos una vez que esté todo lo demás, de encierro voluntario para poner ciertas cosas en orden y revolver otras… Pero ahora es tiempo de mirar tras el cristal, ver la lluvia, escucharla acompañar de fondo a José González, como una percusión ligera, sin tiempo, un poco sin ganas… Y pensar… Y sonreir… Y claro, recordar…

Y es que cómo pasa el tiempo… Diez años ya que empecé a dejarme caer por aquí… Anda que no ha llovido… Y anda que no hemos vivido…

Y pensar, sonreir y, claro, recordar…

El cisne se va acercando, esperando que haga lo mismo que el resto de turistas: darle algo de comida. Pero no, chico, sólo tengo un café helado. Y descafeinado, para más señas. A mi alrededor la vida en la ciudad sigue su ritmo; calles llenas de gente que no sé en qué trabaja, paseando de un lado para otro en apariencia sin rumbo definido, como decía la canción; tráfico incesante y ruidoso, que no respeta ni límites de velocidad ni semáforos, barrenderos que limpian las calles que todo el mundo ensucia… Vamos, lo de siempre en este lugar. Nada nuevo bajo el sol.

En la cafetería, sentada en una de las mesas de la terraza, ella hojea triste un periódico. La miro desde mi escondite. El cisne ya ha percibido que poco va a sacar de mí y se va a buscar otro lugar donde pedir. Un trago corto a mi café helado. Ella da un trago corto al suyo, a unas decenas de metros de distancia… Que diferente podría haber sido todo, ¿eh? Pero al final las cosas salen como salen, normalmente para mejor. O eso quiero pensar.

Subo el volumen de mis cascos. Hoy toca un poco de blues. Me cierro la capucha, que empieza a llover. Meto las manos en los bolsillos y me alejo despacio del cisne, de la plaza, y de ella, sin que me vea…

Vuelve el otoño a la Ciudad Dormida…

Sobre el muro de la playa, al atardecer, una tarde cualquiera aún por llegar… Probablemente el sol se esté poniendo sobre el horizonte, haya gente paseando por la playa, y los perros jueguen alegres cerca de la orilla… Tal vez un grupo de jóvenes sentados en círculo beban algo que saquen de unas bolsas que inevitablemente quedarán allí… Y como el mar estará como un plato no habrá surferos en el agua… Para variar.

– No lo sé… ¿Tú crées que recaeremos alguna vez?

Buena pregunta. Lo más seguro es que mire al horizonte, viendo volar las gaviotas, y guarde silencio unos instantes… Asienta levemente y diga…

-No creo.- Y mienta.- Aunque todo dependerá de por donde nos vaya llevando la vida…

Ahora, apoyo la mano en la barbilla (ahora no, no podría escribir) y pienso cómo coño salir de este barrizal en el que me he metido… Hipotizando o hipotecando o hipoteizando o atizando hipo o haciendo hipótesis un día en el que las tildes las tengo rabiosas y la ortografía de esa manera (he escrito veces con tilde en la segunda e, vaya con elle y alguna más de vergonzosa confesión)…

Que hoy no tengo el día… Besos.