Sobre el muro de la playa, al atardecer, una tarde cualquiera aún por llegar… Probablemente el sol se esté poniendo sobre el horizonte, haya gente paseando por la playa, y los perros jueguen alegres cerca de la orilla… Tal vez un grupo de jóvenes sentados en círculo beban algo que saquen de unas bolsas que inevitablemente quedarán allí… Y como el mar estará como un plato no habrá surferos en el agua… Para variar.

– No lo sé… ¿Tú crées que recaeremos alguna vez?

Buena pregunta. Lo más seguro es que mire al horizonte, viendo volar las gaviotas, y guarde silencio unos instantes… Asienta levemente y diga…

-No creo.- Y mienta.- Aunque todo dependerá de por donde nos vaya llevando la vida…

Ahora, apoyo la mano en la barbilla (ahora no, no podría escribir) y pienso cómo coño salir de este barrizal en el que me he metido… Hipotizando o hipotecando o hipoteizando o atizando hipo o haciendo hipótesis un día en el que las tildes las tengo rabiosas y la ortografía de esa manera (he escrito veces con tilde en la segunda e, vaya con elle y alguna más de vergonzosa confesión)…

Que hoy no tengo el día… Besos.

Era invierno, cuando en casa era verano. Sobre una roca pelada miraba aturdido el horizonte… Las sombras que creaba el sol al jugar aquel atarceder con las cimas de las montañas y la fría y ligera bruma… La cordillera de en frente, con sus cimas de más de cinco mil metros… Te sientes pequeño, ¿sabes?… Allí, sobre una roca, ante aquellos gigantes de piedra que han visto extinguirse cultural enteras… Otro humano más, pequeño, temporal, insignificante…

En las tiendas de campaña todo el mundo intentaba descansar y aliviar el dolor de cabeza. En mis oídos, aleatoriamente, la música perfecta para ese lugar, como pocas veces me ha ocurrido en la vida… La piel de gallina y las lágrimas buscando una vía de escape, ante la increíble belleza unida de paisaje y música… Y una y otra vez, la misma canción en mis oídos… Para no romper la magia… De pié, sin moverme, com una estatua sobre su pedestal… Sólo sintiendo…

Una guitarra, una voz y poco más…

-¿Vienes a la playa?- Duda. No sabe seguro, no tenemos tanta confianza, pese a conocernos hace años.

– Vale.- Noto que no lo tiene claro.

Nos ponemos en camino. Hace mucho calor, y estamos a primeros de junio, con la Ciudad Dormida disfrazada de antesala del infierno. La gente, cumpliendo el dicho del cuarenta de mayo, agoniza vestida con ropas de invierno a treinta y tres grados y cien por cien de humedad. Los coches circulan con las ventanas subidas, tirando generosos de aire acondicionado. La sigo notando incómoda.

-Oye, que si prefieres y vas a estar más tranquila vamos cada uno por nuestra cuenta.- Se ruboriza.

-No, no te preocupes. En cinco minutos se me pasa.- Asiento, sin saber muy bien porqué.

Llegamos. Extendemos nuestros pareos. Me tumbo mirando al mar, boca abajo, con la vista perdida en el horizonte. La brisa es agradable; hace más soportable la vida dentro del horno en el que estamos. Noto que se tumba al lado, también boca abajo. Silencio. Mejor, así me concentro en la orilla y en el devenir de un grupo de surfers novatos entre las olas. Y de pronto, me viene una pregunta:

-Oye… ¿Tú como te imaginabas la vida a los cuarenta cuando tenías veinte?- Silencio.

– Uf. No sé, no recuerdo…- Piensa.

– ¿La que llevas? ¿O muy diferente?

-La verdad, no sé… Diferente un poco sí, supongo… Me imaginaba igual algo un poco más estable, aunque no sé… Supongo que es un poco complicado… ¿Y tú?

-¿Yo?- Asiente; mi turno de pensar.- Creo que nunca me he imaginado mi futuro… Tal vez para ello necesite una imaginación diferente a la que tengo.

-¿Nunca?- Me encojo de hombros.- ¿Nunca te has imaginado trabajando de algo concreto? ¿Con o sin familia?

-Creo que nunca… ¿Tú sí?

-Me da que yo tampoco… Pero no lo tengo muy claro.

De nuevo el silencio.

Sí que son novatos los de las olas…

Ocurre a veces que has imaginado la vida de alguien, a quien llevas tiempo sin ver, de una determinada manera, alejada de lo que el común de los mortales denomina normal (habría que debatir sobre el nivel de normalidad de esos que se denominan “mayoría”) y luego, llega la vida y te da una bofetada de realidad, así, con la mano bien abierta… Y todo lo imaginado se derrumba, como un castillo de naipes… Y el mito se cae… Con sorpresa…

Pero un día, algo, un sueño sin ir más lejos, hace que ese alguien se vuelva a cruzar en tu camino. Y, junto a un café y una cocacola, en medio de una puesta al día, descubres que no, que todo era como tú habías imaginado… Y tras un par de horas de charla, vuelves a casa con una sonrisa imbécil en la cara, al saber que todas y cada una de las piezas del puzzle encajan. Que todo cuadra.

Qué grande eres… Un abrazo inmenso… Y que todo te vaya bien;-)

La sala es grande, desnuda y polvorienta, vacía de decoración; tan sólo unas columnas sin gracia de madera y un escenario. Sobre el escenario, unas sillas puestas en círculo, y en ellas, sentados, antiguos compañeros de judo. A la sala se entra atravesando una puerta que da a unas escaleras de bajada. Y ahí estoy, apoyado en el quicio, observando como os miráis sin decir nada. Y salto, desde el peldaño más alto, pero noto que la gravedad es distinta, que la puedo controlar… Acabo de descubrir que es algo mental, educacional, lo que nos hace vivir con los pies pegados al suelo… Y que si quiero no caer puedo hacerlo… Y repito el salto y me deslizo a unos centímetros de la vieja tarima gastada, sin tocarla mas que cuando quiero. Sonrío imaginando la cantidad de aplicaciones que tiene el descubrimiento… Al cuerno las líneas aéreas, las tasas aeroportuarias, las empresas de paracaídas, el parapente, las medidas de seguridad en escalada, los trabajos en altura…

Te busco entre ese pequeño montón de caras conocidas, y me acerco, a contarte mi hallazgo, para ver si entre los dos conseguimos darle alguna utilidad. Pero al hablarte no me escuchas… Tienes la mirada puesta en el de en frente… Es como si yo no existiera… Y ahí noto que estoy despegado del suelo… Te acaricio la mejilla, fría, como una estatua de mármol, y ni te inmutas… Y piso el suelo; la gravedad vuelve a ser la misma de siempre… Me miras y sonríes… Y en mi mente, todo son dudas…

¿Y si sólo hubiera sido un sueño?

Es curioso como, al darle al play, la vida de alrededor tal y como era conocida hasta entonces se va desvaneciendo y, como por arte de magia, se va convirtiendo en una especie de video-clip en vivo… Una mujer mayor, vestida de gris oscuro, con una ligera cojera a juego con su pelo blanco, que mira con tristeza a los niños que juegan alegres en los columpios… Un grupo de chicas que, riendo, comparten culpables sus primeros cigarrillos entre miradas nerviosas… Una pareja de policías charlando despreocupados con un amigo haciendo ver que vigilan algo… Un anciano aburrido que desmiga un mendrugo de pan rodeado de palomas… Y yo, un solitario espectador con un cuaderno nuevo en las manos, recién estrenado con estas líneas incoherentes, que hace tiempo esperando la lluvia… Y en mis oídos, el alma lunática de Mariusz Duda, su alternativa floydiana a su otra ribera… Y la lluvia llega, sin avisar aunque esperada… Y yo que, sintiéndolo mucho, me tengo que ir…

Las gotas resbalan por el muro hacia abajo… Pero para ellas es fácil; no tienen más que dejarse llevar… Nada de ir contracorriente; y si lo hacen es que hay un viento fuerte que ayuda… Y es que hay veces que uno se aburre de nadar a contra marea, de intentar romper un muro a cabezazos o de intentar razonar con un ladrillo…

Supongo que somos así… Vemos nuestro punto de vista y, cortos como somos, no somos capaces de intuir ni remotamente el proceso mental del que tenemos enfrente… Claro… Si es que el de enfrente tiene algún tipo de proceso mental… ¿Ves? Lo he vuelto a hacer…

Te veo cansada… Está siendo un año duro y, como nunca nos hemos entendido demasiado, no sé como conseguir cambiarlo… Demasiadas bofetadas que llueven sobre mojado, sin darte descanso… Que se pare el mundo, sí, pero no encuentro el freno… Y el chofer que sigue sin querer saber nada… Con la venda en los ojos, como los avestruces… La cabeza enterrada… No ver, no oir, no hablar… Total… A quién le importas…

El coche que va demasiado rápido hay veces que se sale en la curva, en especial cuando hay demasiada lluvia en ella…

Son sólo palabras sueltas, como siempre, que chocan contra un trozo de ladrillo viejo…

La melodía es simple; un piano que toca notas sueltas, con una base de acordes de tres notas, todo despacio y tranquilo, sin nada que destacar… Pero relaja. El portátil sobre la mesa de la cocina, castigado mirando a una pared en la que alguien parecido a mi pero quince años más joven está acompañado en la cima de un monte cercano en un día con nubes y claros. La foto está torcida, pero no importa, es lo de menos. A un lado del portátil, una taza de café descafeinado con una cucharilla dentro, y al otro el maldito móvil, que ni de vacaciones me deja tranquilo…

La cortina de agua avanza, borrando todo a su paso… Abril, mes de lluvia… No sé si hace cuarenta y cinco abriles ya llovía, o empezó a hacerlo entonces… Sí, lo sé; a quién le importa… Lo sé…

Sigo sintiendo el puñal en la espalda; cada vez que me pica y me intento rascar contra el marco de la puerta lo noto ahí, impidiendo que me quede a gusto. Quien lo hubiera pensado, ¿eh? Por la espalda, sin avisar… Muy bien… Bonito… Noble… Supongo que todos somos como somos, y que al final del cuento quedaremos retratados de esa manera… Lo siento, y no por mi…

Sí, algo así como un café torcido y una cortina, tapando una foto de agua…

– Fui un imbécil. Lo sé.- El pobre anciano miraba sin ver a través de la ventana, opaca por las gotas de lluvias pasadas y que nadie se había molestado en limpiar.- Debería haberla buscado.

-Tenías cinco años.- Ella, sentada en la silla que había al lado de la cama, dio un trago corto al café.- Cinco años. ¿Qué podías haber hecho?

-No lo sé.- Suspiró.- Pero algo debía haber hecho…

Hace sol esa mañana, en el patio del colegio. Casi todos los niños de la clase corren en masa detrás de una pelota vieja de cuero sucio; una masa informe de pantalones cortos y zapatillas blancas desgastadas. Un grupo de niñas juegan a la cuerda en el otro lado del patio, cantando ajenas al bullicio del partido. Y ella y él se escapan, cogidos de la mano, hasta la pequeña caseta que corona el tobogán de colores que nadie usa. Se sientan dentro, protegidos del mundo, mirándose a los ojos, hoy sin decirse nada. Y, con una sonrisa, escriben con tiza sus nombres en la pared. Durante muchos días ese pequeño lugar será su refugio, su mundo de fantasía, donde cientos de pequeños cuentos de un recreo de duración nacerán y morirán… Hasta que, como siempre, llega un día en que la historia termina; esta vez en forma de traslado.

-¿Algo? ¿Huir de casa? Si eras un crío…

-Sí. Pero tampoco era tanta la distancia… Treinta y cinco miserables kilómetros…

-Un infinito para tus pequeñas piernas…- Ella sonreía. Había oído esa historia miles de veces.

– Nunca volví a sentir nada parecido…

-Cómo me alegro de que la abuela no esté para escucharte… ¿Quieres un café?- Él asintió, aunque lo tenía prohibido.

-No volveremos a vernos.- Él abre los ojos como platos.

-No puede ser. Pero…

-Nos mudamos a la capi… Algo del trabajo de mi padre…

-¿Y nosotros?

-No habrá más nosotros.- Él calla, con las lágrimas pugnando por escaparse. Y desvía la vista hacia sus nombres, escritos todavía en la pared. Le pasa un brazo por encima de los hombros y empieza a llorar, en silencio.

(Basado en Tiza morada, de Akire80)

En la mitad de la noche, unos ojos miran al techo fijamente… La respiración agitada, sudor… Hace unos segundos, estaba tumbado en la hierba, escondido, con la cabeza enterrada entre las manos, viendo como sus compañeros de fuga caían uno tras otros abatidos por una especie de águila metálica. Llevaban días corriendo, y al llegar a aquel pueblo casi abandonado, él dudó… No veía claro eso de cruzar aquel prado inmenso, por muy de noche que fuera… Y mierda, tenía razón… Y allí estaban los cadáveres de gran parte de sus amigos para atestiguarlo…

¿Porqué? ¿Porqué no unos sueños tranquilos, de esos de café y paseo, de tarde de lectura, de atardecer al sol? Sueños que traen ideas para canciones y letras, sí, pero no dejan descansar…

En el horizonte, un lejano resplandor… Un sol que brilla en la noche… El segador que, alegre, va afilando la guadaña… Época de siega del dolor… Redoble de tambores bajo una lluvia infernal… Y en el barro, escondido, está un niño que, asustado y encogido, pensó que era un hombre ya… Que se siente engañado y quiere volver a su hogar…

Saber que todo era mentira… Luchar sin nada que ganar… Perder la vida en un suspiro… Matar por un falso ideal… Y al morir, sin haber vivido, darse cuenta de que no eres sino un personaje más, un actor de esta ópera que termina al dejar de respirar…

(Adaptación de la letra de Ópera, de Fundamento Zero)