La sala es grande, desnuda y polvorienta, vacía de decoración; tan sólo unas columnas sin gracia de madera y un escenario. Sobre el escenario, unas sillas puestas en círculo, y en ellas, sentados, antiguos compañeros de judo. A la sala se entra atravesando una puerta que da a unas escaleras de bajada. Y ahí estoy, apoyado en el quicio, observando como os miráis sin decir nada. Y salto, desde el peldaño más alto, pero noto que la gravedad es distinta, que la puedo controlar… Acabo de descubrir que es algo mental, educacional, lo que nos hace vivir con los pies pegados al suelo… Y que si quiero no caer puedo hacerlo… Y repito el salto y me deslizo a unos centímetros de la vieja tarima gastada, sin tocarla mas que cuando quiero. Sonrío imaginando la cantidad de aplicaciones que tiene el descubrimiento… Al cuerno las líneas aéreas, las tasas aeroportuarias, las empresas de paracaídas, el parapente, las medidas de seguridad en escalada, los trabajos en altura…

Te busco entre ese pequeño montón de caras conocidas, y me acerco, a contarte mi hallazgo, para ver si entre los dos conseguimos darle alguna utilidad. Pero al hablarte no me escuchas… Tienes la mirada puesta en el de en frente… Es como si yo no existiera… Y ahí noto que estoy despegado del suelo… Te acaricio la mejilla, fría, como una estatua de mármol, y ni te inmutas… Y piso el suelo; la gravedad vuelve a ser la misma de siempre… Me miras y sonríes… Y en mi mente, todo son dudas…

¿Y si sólo hubiera sido un sueño?

Es curioso como, al darle al play, la vida de alrededor tal y como era conocida hasta entonces se va desvaneciendo y, como por arte de magia, se va convirtiendo en una especie de video-clip en vivo… Una mujer mayor, vestida de gris oscuro, con una ligera cojera a juego con su pelo blanco, que mira con tristeza a los niños que juegan alegres en los columpios… Un grupo de chicas que, riendo, comparten culpables sus primeros cigarrillos entre miradas nerviosas… Una pareja de policías charlando despreocupados con un amigo haciendo ver que vigilan algo… Un anciano aburrido que desmiga un mendrugo de pan rodeado de palomas… Y yo, un solitario espectador con un cuaderno nuevo en las manos, recién estrenado con estas líneas incoherentes, que hace tiempo esperando la lluvia… Y en mis oídos, el alma lunática de Mariusz Duda, su alternativa floydiana a su otra ribera… Y la lluvia llega, sin avisar aunque esperada… Y yo que, sintiéndolo mucho, me tengo que ir…

Las gotas resbalan por el muro hacia abajo… Pero para ellas es fácil; no tienen más que dejarse llevar… Nada de ir contracorriente; y si lo hacen es que hay un viento fuerte que ayuda… Y es que hay veces que uno se aburre de nadar a contra marea, de intentar romper un muro a cabezazos o de intentar razonar con un ladrillo…

Supongo que somos así… Vemos nuestro punto de vista y, cortos como somos, no somos capaces de intuir ni remotamente el proceso mental del que tenemos enfrente… Claro… Si es que el de enfrente tiene algún tipo de proceso mental… ¿Ves? Lo he vuelto a hacer…

Te veo cansada… Está siendo un año duro y, como nunca nos hemos entendido demasiado, no sé como conseguir cambiarlo… Demasiadas bofetadas que llueven sobre mojado, sin darte descanso… Que se pare el mundo, sí, pero no encuentro el freno… Y el chofer que sigue sin querer saber nada… Con la venda en los ojos, como los avestruces… La cabeza enterrada… No ver, no oir, no hablar… Total… A quién le importas…

El coche que va demasiado rápido hay veces que se sale en la curva, en especial cuando hay demasiada lluvia en ella…

Son sólo palabras sueltas, como siempre, que chocan contra un trozo de ladrillo viejo…

La melodía es simple; un piano que toca notas sueltas, con una base de acordes de tres notas, todo despacio y tranquilo, sin nada que destacar… Pero relaja. El portátil sobre la mesa de la cocina, castigado mirando a una pared en la que alguien parecido a mi pero quince años más joven está acompañado en la cima de un monte cercano en un día con nubes y claros. La foto está torcida, pero no importa, es lo de menos. A un lado del portátil, una taza de café descafeinado con una cucharilla dentro, y al otro el maldito móvil, que ni de vacaciones me deja tranquilo…

La cortina de agua avanza, borrando todo a su paso… Abril, mes de lluvia… No sé si hace cuarenta y cinco abriles ya llovía, o empezó a hacerlo entonces… Sí, lo sé; a quién le importa… Lo sé…

Sigo sintiendo el puñal en la espalda; cada vez que me pica y me intento rascar contra el marco de la puerta lo noto ahí, impidiendo que me quede a gusto. Quien lo hubiera pensado, ¿eh? Por la espalda, sin avisar… Muy bien… Bonito… Noble… Supongo que todos somos como somos, y que al final del cuento quedaremos retratados de esa manera… Lo siento, y no por mi…

Sí, algo así como un café torcido y una cortina, tapando una foto de agua…

– Fui un imbécil. Lo sé.- El pobre anciano miraba sin ver a través de la ventana, opaca por las gotas de lluvias pasadas y que nadie se había molestado en limpiar.- Debería haberla buscado.

-Tenías cinco años.- Ella, sentada en la silla que había al lado de la cama, dio un trago corto al café.- Cinco años. ¿Qué podías haber hecho?

-No lo sé.- Suspiró.- Pero algo debía haber hecho…

Hace sol esa mañana, en el patio del colegio. Casi todos los niños de la clase corren en masa detrás de una pelota vieja de cuero sucio; una masa informe de pantalones cortos y zapatillas blancas desgastadas. Un grupo de niñas juegan a la cuerda en el otro lado del patio, cantando ajenas al bullicio del partido. Y ella y él se escapan, cogidos de la mano, hasta la pequeña caseta que corona el tobogán de colores que nadie usa. Se sientan dentro, protegidos del mundo, mirándose a los ojos, hoy sin decirse nada. Y, con una sonrisa, escriben con tiza sus nombres en la pared. Durante muchos días ese pequeño lugar será su refugio, su mundo de fantasía, donde cientos de pequeños cuentos de un recreo de duración nacerán y morirán… Hasta que, como siempre, llega un día en que la historia termina; esta vez en forma de traslado.

-¿Algo? ¿Huir de casa? Si eras un crío…

-Sí. Pero tampoco era tanta la distancia… Treinta y cinco miserables kilómetros…

-Un infinito para tus pequeñas piernas…- Ella sonreía. Había oído esa historia miles de veces.

– Nunca volví a sentir nada parecido…

-Cómo me alegro de que la abuela no esté para escucharte… ¿Quieres un café?- Él asintió, aunque lo tenía prohibido.

-No volveremos a vernos.- Él abre los ojos como platos.

-No puede ser. Pero…

-Nos mudamos a la capi… Algo del trabajo de mi padre…

-¿Y nosotros?

-No habrá más nosotros.- Él calla, con las lágrimas pugnando por escaparse. Y desvía la vista hacia sus nombres, escritos todavía en la pared. Le pasa un brazo por encima de los hombros y empieza a llorar, en silencio.

(Basado en Tiza morada, de Akire80)

En la mitad de la noche, unos ojos miran al techo fijamente… La respiración agitada, sudor… Hace unos segundos, estaba tumbado en la hierba, escondido, con la cabeza enterrada entre las manos, viendo como sus compañeros de fuga caían uno tras otros abatidos por una especie de águila metálica. Llevaban días corriendo, y al llegar a aquel pueblo casi abandonado, él dudó… No veía claro eso de cruzar aquel prado inmenso, por muy de noche que fuera… Y mierda, tenía razón… Y allí estaban los cadáveres de gran parte de sus amigos para atestiguarlo…

¿Porqué? ¿Porqué no unos sueños tranquilos, de esos de café y paseo, de tarde de lectura, de atardecer al sol? Sueños que traen ideas para canciones y letras, sí, pero no dejan descansar…

En el horizonte, un lejano resplandor… Un sol que brilla en la noche… El segador que, alegre, va afilando la guadaña… Época de siega del dolor… Redoble de tambores bajo una lluvia infernal… Y en el barro, escondido, está un niño que, asustado y encogido, pensó que era un hombre ya… Que se siente engañado y quiere volver a su hogar…

Saber que todo era mentira… Luchar sin nada que ganar… Perder la vida en un suspiro… Matar por un falso ideal… Y al morir, sin haber vivido, darse cuenta de que no eres sino un personaje más, un actor de esta ópera que termina al dejar de respirar…

(Adaptación de la letra de Ópera, de Fundamento Zero)

Tengo sobre la mesa del escritorio, revueltas, un puñado de partituras… Midnight de Joe Satriani, More than words de Extreme (¿queda alguien que los recuerde?), Time is running out de Muse, Rock hard ride free de los Judas, Cold fire de Rush… Y las miro sabiendo que, siendo como soy, nunca voy a estudiarlas… Me falta paciencia… Pero empezarlas, las empiezo siempre… Como el primer movimiento de la catedral, de Barrios, del que me faltan cuatro compases por mirar… Desde hace más de dos meses…

Me falta, sí, mucha… Tal vez sea que estoy acostumbrado a que todo entre fácil… Como algunos discos que, si no los siento a la primera, sé que nunca me dirán gran cosa… O en su día algunas asignaturas… Si no me resultaban estimulantes, o un juego, o un desafío, se me hacían terriblemente cuesta arriba…

Y ahora estoy aqui (como cantaban los Queen), con un montón de notas sobre la mesa, sabiendo que nunca las aprenderé…

Tal vez, si las hubiera elegido como propósito de año nuevo…

-Uf… Cómo está esto…

-Sí. Hace mucho que nadie pasa por aquí.- La miro a los ojos, como un millón de veces antes.- ¿Limpiamos?

-Vale.- Se aleja buscando un viejo aspirador que lleva tiempo pidiendo el relevo.

-Voy poniendo música.- Le grito, pero no me escucha. A mi lado hay una pila de discos polvorientos, recuerdos de una época muy lejana… El primer disco de Asia, algo de Boston, Foreigner, los primeros trabajos de Marillion, los inevitables Pink Floyd… Sonrío… Script for a jester’s tear… Vuelvo a sonreir… Creo que podría cantarlo de cabo a rabo pese a que no lo escucho hace más de diez años… Soplo y una densa nube de polvo se alza en el ambiente… A ver a que suena… Y arranca Fish con “So here I am once more…” Muy propio…

Y me voy a hacer café, mientras ella sigue buscando el viejo aspirador. La vieja taza blanca y negra me sonríe desde un rincón, bajo kilos de pereza, que habrá que sacar con un trapo…

En las ventanas, la lluvia de un nuevo invierno marca su ritmo, distinto al de la música…

Un guión diferente para las lágrimas del bufón…

No puedo poner carteles en tus sueños… No logro colarme en ellos furtivamente… Por más que lo intento no lo consigo… Es imposible… Y eso que ya sé cuales pondría… Ninguno de esos en los que sale una persona diciendo mentiras, contándote cosas que sabe que no va a cumplir, vendiéndote humo… Ninguno de esos en los que sale un vehículo de formas deseables, que inevitablemente pasarán de moda en unos años, prometiéndote emociones ilegales en las que te jugarás la vida y la de los demás… Ninguno de esos en los que aparece un cacharro que acabará encerrando tu vida en un pequeño puñado de pulgadas, aislándote de lo que ocurre alrededor… Ninguno de esos que te ofrecen pagar por servicios que ya pagas con tu trabajo…

Pondría carteles de esas cosas que tenemos en común… Publicitaría algunos libros, unos pocos discos… Películas… Alguna cafetería… Alguna ciudad que otra… Cosas que, al verlas, te hicieran sentir… O al menos te arrancaran una sonrisa… Colgaría fotos de paisajes que nunca hemos visitado… Pondría fragmentos de relatos que nunca hemos escrito… Y pincharía toda esa música que nunca hemos escuchado juntos…

Y, al final del día, o de la noche, o de lo que fuera, justo al lado de un viejo banco de madera, una cubitera… Y las mejores vistas al corazón de esta Ciudad Dormida…

Dentro de este cuaderno azul en el que escribo, entre sus páginas, más o menos por el medio, he encontrado un sobre. Sí, un sobre. A los que no recordáis lo que es, os lo aclaro: dentro se metía una carta, se pegaba un sello en la esquina superior derecha, se escribía una dirección (o a veces dos, una delante y una detrás) y se enviaba, entregándolo bien en Correos o metiéndolo en un buzón. Si ya me decís que no recordáis lo que es una carta, o un sello, o un buzón, o incluso Correos, pues nada; os buscáis la vida.

No recuerdo su origen… ¿Lo compré? ¿Me lo encontré? ¿Me lo dieron? ¿Con qué fin lo guardé? ¿En qué o en quién pensaba cuando lo hice? Repaso mi cuaderno buscando pistas y veo en él títulos de entradas que nunca escribí, trozos de canciones que nunca terminé de componer… Mira, ¿ves? mi mochila en un rincón, un puñado de recuerdos a olvidar… Y tal vez, en alguna habitación, una maleta vacía por hacer…

Rebusco… Títulos… Una dedicatoria para ese libro que nunca escribí… Y ese sobre… Ese sobre escondido, sencillo, blanco y vacío… Sin una sola pista y dentro de un cuaderno con muchos, muchos kilómetros…

Y sonrío, sentado en un banco de la calle, con las piernas en alto, un bajo a la espalda, la mochila en la pierna y la música de un disco gemelo en mis oídos… Y pelado de frío. La gente al pasar me mira extrañada; alguien escribiendo con un boli en un cuaderno azul… Sin teclado… Sin pantalla… ¿Que os cuente lo que es un bolígrafo y un cuaderno? No. Eso ya no me lo creo.

Pero ya llegará…

 

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 90 seguidores