-Uf… Cómo está esto…

-Sí. Hace mucho que nadie pasa por aquí.- La miro a los ojos, como un millón de veces antes.- ¿Limpiamos?

-Vale.- Se aleja buscando un viejo aspirador que lleva tiempo pidiendo el relevo.

-Voy poniendo música.- Le grito, pero no me escucha. A mi lado hay una pila de discos polvorientos, recuerdos de una época muy lejana… El primer disco de Asia, algo de Boston, Foreigner, los primeros trabajos de Marillion, los inevitables Pink Floyd… Sonrío… Script for a jester’s tear… Vuelvo a sonreir… Creo que podría cantarlo de cabo a rabo pese a que no lo escucho hace más de diez años… Soplo y una densa nube de polvo se alza en el ambiente… A ver a que suena… Y arranca Fish con “So here I am once more…” Muy propio…

Y me voy a hacer café, mientras ella sigue buscando el viejo aspirador. La vieja taza blanca y negra me sonríe desde un rincón, bajo kilos de pereza, que habrá que sacar con un trapo…

En las ventanas, la lluvia de un nuevo invierno marca su ritmo, distinto al de la música…

Un guión diferente para las lágrimas del bufón…

No puedo poner carteles en tus sueños… No logro colarme en ellos furtivamente… Por más que lo intento no lo consigo… Es imposible… Y eso que ya sé cuales pondría… Ninguno de esos en los que sale una persona diciendo mentiras, contándote cosas que sabe que no va a cumplir, vendiéndote humo… Ninguno de esos en los que sale un vehículo de formas deseables, que inevitablemente pasarán de moda en unos años, prometiéndote emociones ilegales en las que te jugarás la vida y la de los demás… Ninguno de esos en los que aparece un cacharro que acabará encerrando tu vida en un pequeño puñado de pulgadas, aislándote de lo que ocurre alrededor… Ninguno de esos que te ofrecen pagar por servicios que ya pagas con tu trabajo…

Pondría carteles de esas cosas que tenemos en común… Publicitaría algunos libros, unos pocos discos… Películas… Alguna cafetería… Alguna ciudad que otra… Cosas que, al verlas, te hicieran sentir… O al menos te arrancaran una sonrisa… Colgaría fotos de paisajes que nunca hemos visitado… Pondría fragmentos de relatos que nunca hemos escrito… Y pincharía toda esa música que nunca hemos escuchado juntos…

Y, al final del día, o de la noche, o de lo que fuera, justo al lado de un viejo banco de madera, una cubitera… Y las mejores vistas al corazón de esta Ciudad Dormida…

Dentro de este cuaderno azul en el que escribo, entre sus páginas, más o menos por el medio, he encontrado un sobre. Sí, un sobre. A los que no recordáis lo que es, os lo aclaro: dentro se metía una carta, se pegaba un sello en la esquina superior derecha, se escribía una dirección (o a veces dos, una delante y una detrás) y se enviaba, entregándolo bien en Correos o metiéndolo en un buzón. Si ya me decís que no recordáis lo que es una carta, o un sello, o un buzón, o incluso Correos, pues nada; os buscáis la vida.

No recuerdo su origen… ¿Lo compré? ¿Me lo encontré? ¿Me lo dieron? ¿Con qué fin lo guardé? ¿En qué o en quién pensaba cuando lo hice? Repaso mi cuaderno buscando pistas y veo en él títulos de entradas que nunca escribí, trozos de canciones que nunca terminé de componer… Mira, ¿ves? mi mochila en un rincón, un puñado de recuerdos a olvidar… Y tal vez, en alguna habitación, una maleta vacía por hacer…

Rebusco… Títulos… Una dedicatoria para ese libro que nunca escribí… Y ese sobre… Ese sobre escondido, sencillo, blanco y vacío… Sin una sola pista y dentro de un cuaderno con muchos, muchos kilómetros…

Y sonrío, sentado en un banco de la calle, con las piernas en alto, un bajo a la espalda, la mochila en la pierna y la música de un disco gemelo en mis oídos… Y pelado de frío. La gente al pasar me mira extrañada; alguien escribiendo con un boli en un cuaderno azul… Sin teclado… Sin pantalla… ¿Que os cuente lo que es un bolígrafo y un cuaderno? No. Eso ya no me lo creo.

Pero ya llegará…

 

– ¿Se porta bien?

-Como un bendito.- Sonríe feliz mirando al niño que duerme en el carro.- Y tú, ¿te portas bien?

-Siempre que puedo.- Sonrío. Levanto la vista al cielo – Empieza a llover. ¿Un café donde la última vez?

– Vale.

Comenzamos a caminar en silencio. Hace muchos meses que no coincidimos y a su paso la vida ha cambiado bastante para los dos. Pero la sensación de que ayer fue el último día que nos vimos sigue presente. Vuelvo a sonreír. Anda que no ha llovido… Y anda que no hemos hablado…

Al entrar al bar una mujer nos sostiene la puerta, mirando al carrito. Le saludo con un ademán de cabeza dándole las gracias.

– ¿Descafeinado?- Pregunto.

-Sí.

-Pues como yo, que me tengo que cuidar.- Se ríe.

– Sí. Te veo más flaco.- Me encojo de hombros.

La mesa al fondo, de madera antigua, como nuestra amistad… Nos ponemos al día; ella me cuenta su recién adquirida experiencia como madre primeriza, yo le cuento otra más de mis jubilaciones musicales, de las que ya tiene que estar aburrida la pobre…

– Pero sigues haciendo cosas, ¿no?- Pregunta preocupada.

-Sí, tranquila. Me volvería loco si no lo hiciera, ya sabes…

Nos tomamos el café, charlando de nuestras cosas y de las que tuvimos en común durante unos años, recordando. Y después, un abrazo y una vieja estación de tren.

Y me doy la vuelta y le veo alejarse, empujando el carrito.

Lo que cambia la vida…

Tanto tiempo hace ya… Tantas cosas han cambiado… Pero ha vuelto el frío y, con él, la lluvia, que se viste de nieve en las cumbres cercanas… Y me viene el recuerdo de aquel crudo invierno, con sus seis meses de lluvia constante, todos y cada uno de sus días… Y cómo, de alguna manera, algo se me rompió dentro y me hizo ser como soy ahora… Alguno dirá que eso es madurar… No creo… Creo que es, simplemente, que vi que la vida no sigue siempre una línea recta y que sus curvas son las que hacen que merezca la vida…

Era divertido… Un autobús a la otra parte del mundo… Allí donde siempre lucía el sol y la alegría… Toda una aventura… Y sí, algo se rompió… Muy dentro… Y es difícil caminar con algo roto… Muy difícil… Millones de puntos suspensivos ante mis dedos… Uno tras otro, como las líneas de aquella carretera…

Al final te das cuenta de que da igual el lugar; no importa si es interior o costa, clima seco o húmedo, frío o calor… Somos nosotros los que hacemos un lugar… Y si estamos cerca el lugar es bello… Y si no lo estamos… Ahí están los recuerdos para hacerlo así…

Que, como dicen miles de canciones, la vida es muy corta para no sonreír…

– Odio este fin de semana… Todos los años, cuando llega, lo odio… Y no le veo el sentido.

Baja la vista, mirando al suelo, triste. A nuestros pies, miles de hojas doradas crujen bajo nuestros pasos. Recorremos los caminos de un monte que nunca hemos visitado juntos, pese a la cercanía. Y pese a todos los años que hace que nos conocemos. No tenemos perdón.

-Lo sé. A mi me pasa un poco lo mismo; con este fin de semana se muere el año… Entra en su parte oscura.- Me mira y sonríe.

-Vaya. Coincidimos en algo.

-En muchas cosas.- Sonrío. Me ofrece una mano. La cojo.

Al pie del acantilado, las olas traídas por los primeros temporales del otoño rompen contra las rocas, levantando espuma que un viento del norte que empieza a sentirse frío nos trae convertida en bruma y olor a mar. Las gaviotas chillan encantadas con el cambio de tiempo mientras nosotros miramos con nostalgia como huye un verano que no conseguimos compartir.

-Se va haciendo tarde, ¿no crees?- Niego con la cabeza. Me mira y sonríe.

-Vale. Vamos.

Y recorremos el camino en sentido inverso. Y bajo las hojas caídas, sin saberlo, nos amenaza escondido un invierno diferente, el primero de muchos…

Es curioso como vivimos pensando que esto va a durar siempre, y como posponemos para mañana las cosas que hubiéramos debido hacer hoy… Es curioso, sí. Y como decimos, en referencia a algunas cosas,”Bah, esto cambiará, Es cuestión de tiempo…” Pero no. Hay un día en que la partida termina. Y todo eso que has dejado de hacer se queda ahí, olvidado. Tus sueños inconclusos, tus ilusiones… Y piensas… ¿Merecía la pena tragar tanta mierda para esto? Y sabes que la respuesta es no.

Así que ya sabes: haz lo que quieras hacer, no lo que te digan que tienes que hacer, siempre que no perjudique a nadie, claro. Yo ahora, por ejemplo, me voy a echar una siesta. Hasta otra… Espero…

Hay días que me despierto con los ojos como platos. Suelen llegar tras noches en las que mi cerebro juega a crear psicodelia, a veces inofensiva y otras no tanto. Las veces en que la historia es inofensiva suelo despertar con, como he dicho antes, los ojos como platos y una sonrisa. Las otras no; los ojos como platos y sentado en la cama de un salto suele ser lo habitual.

Esta noche, en el sueño, aparece un compañero de trabajo que lleva especialmente mal eso de trabajar bastantes fines de semana. Está serio y vestido con el uniforme de trabajo. Le digo: “Nestor, he conseguido que el año que viene curremos menos fines de semana”. Me sonríe y de alegría empieza a darse cabezazos contra un muro. Hasta que le revienta la cabeza y cae desplomado. Y me despierto, con los ojos como platos y sentado en la cama.

Pero son las tres o así. Y si no quiero agonizar el resto del día tengo que intentar dormir. Al rato lo consigo. Y aparezco en una sala con un espejo. Parece ser que he quedado, por lo que alguien me dice. Y difusamente noto en el espejo que llevo la barba bastante poblada. Pienso que debería afeitarme y me acerco al espejo. Y veo que la barba está formada por cables, que son de esos antiguos pares de hilos de cobre envueltos en un plástico negro. Y el cobre me nace en la piel. Y pienso… Mierda. No puedo salir así. Y me fijo que hay uno, que sale de dentro de la nariz, que es del que parten todos. Y decido cortarlo. Pero está muy enraizado, meto la tijera y me hago, sin dolor, un tercer agujero en la nariz, que va casi desde la punta hasta el ojo izquierdo. Y pienso… Mierda. Ahora sí que no puedo salir así. Y me despierto otra vez.

¿Algún psicoanalista por aquí?

No toca hoy puesta de sol. ¿Sabes que nunca hemos visto ninguna? “No puede ser” te escucho decir, pero sí, en efecto: nunca hemos visto ninguna. Amanecer sí, uno, hace unos años, un par o así. Estuvo bien, pero hay que reconocer que no era el sitio adecuado para verlo. Era el sitio adecuado para ver un atardecer. Y es que cada momento tiene su lugar. Excepto si estás perdido en mitad del océano, o en una cima muy alta…

Hoy no toca puesta de sol, no. Aunque pudiéramos verla, las nubes y la fina lluvia que han traido no nos dejarían. Estaríamos bajo un paraguas, sentados en un muro de piedra fría y mojada, con tu cabeza en mi hombro, contemplando el horizonte. La gente pasaría cerca, mirando a ese pobre par de idiotas ahí sentados, mojándose el culo. Y tendrían razón. En todo.

Hoy no toca puesta de sol, no. El ocaso fue ayer, cuando el sol se puso poco a poco, centímetro a centímetro y ni tú ni yo pudimos verlo. Fue un ocaso trabajado, sentido, doloroso, golpe a golpe, nota a nota, como el martillo del escultor dando forma a la noche. Yo no estaba, y tú tampoco, pero nadie pudo evitarlo: el sol se puso y dejó salir a los montruos que se esconden bajo la cama…

Hoy ya no hay puesta de sol. La última fue la de ayer…

Es curioso; ideas un título, esperando que a partir de ese par de palabras vaya creciendo una historia, pero rara vez ocurre. En la música de fondo que suena en la habitación un piano construye una melodía simple a la que se van añadiendo diversos instrumentos: una guitarra, un conjunto de cuerda, un violín… Pero ninguna historia. Y se vuelve a quedar el piano sólo.

En la nebulosa de la noche aparecemos los dos como vinimos al mundo. Aunque no estamos sólos. Nos abrazamos, mirándonos a los ojos, enredados entre las sábanas, en la mitad de un bosque, a la luz de la luna llena que a ratos nos espía entre las nubes. Pero una voz interrumpe: acuérdate de revisar las facturas… Y hay que comprar yogures… Y tender la ropa… Y me descentro… Y desapareces. Y entre mis dedos sólo quedan las sábanas… Y se vuelve a quedar sólo el piano, con la misma melodía.

Voy sentado mirando hacia atrás en el autobús. Y lo confirmo: la humanidad está perdida. Todos contemplan absortos, como imbéciles, una pequeña pantalla de la que sale una luz hipnótica. A su alrededor la vida va pasando, pero ellos están ahí, mirando fijamente unas pulgadas de luz idiota. Ya nadie habla. Todos escriben… Ok. Ok. Ok… Y de nuevo, el piano queda sólo…

Por la playa corre un perro, asustando a las gaviotas, ladrando feliz. No busca ningún palo, sólo corre de un grupo a otro de gaviotas. La playa está vacía con las primeras luces del alba. La marea, baja y tranquila. El perro, lo dicho, feliz. Su dueño, abducido tras esa luz absurda. Nadie mira alrededor. Y el piano sigue sonando sólo.

Pero nadie lo escucha…

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