Entré sólo para ver si estabas, pero no; tal y como había imaginado, me encontré con el enorme vacío de tu ausencia a la que, desgraciadamente, empezaba a acostumbrarme. Te esperé un rato, aunque en realidad nada nuevo tenía para contarte… No quería nada más que cruzar unas palabras contigo, irme a dormir con una sonrisilla idiota dibujada en mi cara, feliz y despreocupado… Como el besito de buenas noches que se da a un niño antes de que se duerma…

La noche estaba despejada y hacía calor; desde mi balcón veía las luces de la Ciudad Dormida extenderse hasta el horizonte… Allí, bajo la luz de alguna de ellas estarías tú, mientras que yo sólo podía esperar… Esperar, nada más… Mis dedos estaban nerviosos, con ganas de escribir, o de tocar la guitarra, o de acariciar… Cerré los ojos… Soplaba una ligera brisa cálida; el invierno había decidido abandonarnos sin gracia, sin despedirse, más o menos como vino: sin hacerse notar, como cuando estuvo entre nosotros: soso, apartado en una esquina, sin traernos ni lluvia, ni frío, ni nieve… Fue como el invitado que, apoyado en una columna con aspecto aburrido, sujeta un vaso medio vacío y pasea la mirada entre la gente sin hablar con nadie: al irse, no se siente su ausencia….

Me asomé a la ventana que me acerca a ti; seguías sin dar señales de vida… Bueno, espero que donde estuvieras, estuvieses bien… Cerré la ventana, me fui a mi estudio, cogí mi vieja guitarra clásica, volví al balcón e intenté interpretar con mis manos lo que sentía mi alma… Esfuerzo inútil… La luna, menguante, miraba desde arriba, sabedora de mis secretos, de mi vida, de la tuya… De todo… Le miré a los ojos y le hice caso… Mejor ir a dormir…

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