Bueno, supongo que ya es hora de admitir que, de vez en cuando, toca perder una batalla; sobre todo esas que sabemos que no se pueden ganar. Aunque, por momentos, creí que podía vencer; incluso vislumbré un futuro en el que me alzaba con el más preciado trofeo: levantaba los brazos y unas masas imaginarias me aclamaban como el vencedor absoluto… Allí estaba yo, en lo alto, con el sol poniéndose detrás, sintiéndome un héroe, henchido de gloria, como un gladiador triunfante tras derrotar a todos sus enemigos… Al final, toca abrir los ojos y mirar alrededor: ni tengo el cuerpo de un gladiador, ni enemigos conocidos a derrotar, ni me siento un héroe, ni siquiera hoy se ve el sol, pues un manto de lluvia cubre la Ciudad Dormida; estoy sobre un sofá al que toca prejubilar, acompañado sólo por mi guitarra, que reposa aburrida enfrente de un televisor apagado y el trofeo no existe: un ramo imaginario de marchitas rosas rojas que van perdiendo sus pétalos poco a poco…

Hablaba desde el balcón; nadie me escuchaba… Debajo, la humedad del aire dibujaba halos anaranjados alrededor de las farolas; apagué el teléfono e imaginé la luna, oculta tras las densas nubes. Asentí. Miré mi reflejo contra el cristal de la ventana de la cocina; casi no me reconocía… Resulta que ese era yo; un adolescente vestido en el cuerpo de un hombre con entradas entrado en kilos, con una barba de días, descuidada; aspecto cansado y triste…

… el aspecto de alguien que acababa de entrar en su quinta década, sabiendo que muchas cosas de las décadas anteriores ya no iban a ser como hasta entonces…

 

Anuncios