– ¿Ya te vas?

– Si claro. Mañana tengo que madrugar.

– Vaya.- Ella hace un gesto de pena. Suspira.

– ¿Quieres que me quede?- Pregunta, esperando una respuesta positiva.

– No, no hace falta. Es verdad. Mañana tienes que madrugar. Sueña con … Con quien sea que te inspira esas líneas que escribes.- Vuelve a suspirar. Sabe que no es ella. O eso cree. Él, cruel sin quererlo, contesta:

– Gracias. Estaría bien, sí, sería bonito.- Y sonríe.- Pásalo bien y hasta la próxima.- Le guiña un ojo. Ella asiente.

– Si, a ver. Hasta dentro de tres semanas.

Él la saluda con la mano y retiene el alejarse de la puerta un segundo más de lo necesario. Pero acaba yéndose. Se escuchan los pasos alejándose por el pasillo de frías baldosas. Sabe que no volverá a verlo. Al menos en tres semanas.

Él sale a la calle. Fuera está lloviendo con fuerza. Se encoge bajo la capucha de tela de su sudadera, levanta la vista: no va a parar hoy… A la mañana no hacía malo y ahora va a tocar mojarse. Faltan dos días para su cumpleaños y no parece que el tiempo vaya a mejorar; nadie va a regalarle un día soleado. Se pone los cascos en las orejas, enciende su I-Pod, selecciona una canción que él mismo ha compuesto y a la que lleva casi un mes buscándole una letra. Y sale decidido bajo la lluvia. La guitarra atronando le marca el ritmo de sus pasos, rápidos y fuertes, sobre los charcos.

Hasta llegar al autobús. Se sube, mira por los cristales empañados, pensando en la persona que inspira a sus dedos correr sobre el teclado y sonríe. Pero, poco a poco, esa tarde, una imagen distinta va cobrando forma. En ella, una chica morena recoge unos trastos y los ordena cuidadosamente alrededor de una pantalla de ordenador. Separa la silla con desgana, echa un último vistazo alrededor, apaga la luz y cierra la puerta detrás de ella. Se aleja por el mismo pasillo por el que él se ha ido un rato antes, arrastrando un poco los pies, cansada, con ganas de salir ya. Él sonríe. “Es una buena chica”, piensa.

El bus arranca y le despierta de sus ensoñaciones. Quita la música y pone la radio, que le devuelve con sus miserias a la cruda realidad.

Al llegar a casa habrá olvidado todo, y sus dedos escribirán, crueles e insensibles, unas pocas líneas antes de dormir, deseando soñar con quien le inspira las palabras…

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