Parece que Insomnio, mi buen amigo que solía visitarme a las noches, me echaba de menos. Mucho tiempo hacía que no se dignaba a hacer acto de presencia, pero últimamente viene bastante a menudo. Hoy sin ir más lejos ha decidido pasarse a eso de las cuatro de la mañana.

Como tampoco es cuestión de estar en la cama cuando uno recibe una visita (bueno, reconozco que a veces esto podría ser interesante), me he levantado, he encendido el ordenador, lo he llevado a la sala, he respondido algunos correos cuyos remitentes pensarán que estoy colgado por contestar a esas horas, y me he bajado la última parte de un DVD que no consigo alquilar en ningún sitio y que a la venta cuesta unos treinta y seis napos. Y uno es friki, pero tanto no.

Una vez bajado el archivo (el fragmento 16), me he puesto a verlo, con cascos, eso sí, que los vecinos no tienen la culpa de que a mi me guste lo que me gusta (aunque estos se lo tengan bien merecido). Y cuando en un documental sobre un músico empiezan a aparecer árboles en plan happy-flower, imágenes de agua que parece fuego, hojas mecidas por el viento y demás, uno piensa “mmm… Creo que el pirado de la videocámara de American Beauty ha cobrado vida”. Y me viene a la memoria la escena en la que el viento juega despreocupado con una bolsa blanca de plástico, de esas que ahora nos venden y antes regalaban en los supermercados… Un puñado de frases inconexas, un poco de reminiscencias de una niñez que podría haber sido la de cualquiera… Hasta llegas a pensar que todo el mundo podría ser Steven Wilson. Pero no; se necesita el toque de genialidad que hace que algunos humanos brillen con luz propia sobre la oscuridad que emitimos el resto…

En dicho documental, Steven habla de en lo que se está convirtiendo la música, cómo está cambiando todo, la atrocidad que se comete al escucharla con los reproductores mp3 en cualquier lugar… Hace una comparación que me gusta: compara la música que se escucha en un IPod con la fotocopia de una obra de arte (de hecho, se carga algunos de estos en el documental). En resumen, habla del aborregamiento al que nos hallamos sometidos desde el advenimiento de internet al común de los mortales.

Pero en un determinado momento del DVD, ha habido algo que me ha gustado mucho, supongo que porque a mi me pasaba igual que a él. Es un momento en el que habla del poco valor que tiene un disco hoy en día, ya que con un par de clics te puedes descargar años de trabajo de un artista y del valor, enorme, que tenía hace años: tenías un poco de pasta, toda la paga del mes, y justo te llegaba para comprarte un disco. Entrabas en la tienda como un creyente haciéndolo en una iglesia y, con cuidado, pasabas uno a uno todos aquellos LPs que te llevarías a casa sin dudarlo, sufriendo al saber que sólo te podías llevar uno; mirabas las portadas, las contraportadas, intentabas ver si dentro llevaba un cuadernillo o sólo una funda de plástico, buscando elegir el disco perfecto, aquel que te transportara a otra dimensión… Y al llegar a casa lo pinchabas en el tocadiscos con un cuidado reverencial, estudiándolo durante días tardes enteras… Ahora pones uno  y si en tres segundos no te engancha, botón derecho y a la papelera de reciclaje.

Me acuerdo de aquello, del momento de llegar a casa, abrir el plástico que lo protegía, llevarse una gran alegría cuando el interior merecía la pena (recuerdo dos con especial cariño: el Keeper uno de Helloween, porque el disco era de un azul transparente, y el inigualable live after death del los maiden por el impresionante relleno), o una decepción cuando no había nada (de estos hubo muchos, sobre todo los de Asia)… Pincharlo, escuchar el “tap” seco al golpear la aguja contra el disco, el ruidito a estática o lo que fuera del primer surco, subir el volumen y, con los ojos y los oidos muy abiertos, vivir esas canciones… Ahora eso ya no se lleva.

Ahora iré a casa otra vez, y terminaré de ver ese curioso trabajo del señor Wilson, otro más… Trabajo que en esta ocasión no compraré (espero que me perdone, pues tengo casi todo lo demás), pero que me ha hecho viajar, aunque sólo sea por unos minutos, a mi adolescencia musical…

Muchísimas gracias, Mr. Wilson…

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