Sobre la mesa había unos platos por retirar, una jarra de barro con algo de vino, unas migas de pan diseminadas sobre el mantel rojo y una rosa del mismo color. En la mesa de al lado, gente procedente de todas partes del mundo intentaba hacerse comprender entre alcohol y risas. Se sirvió un poco más de vino en su vaso vacío y se dispuso a esperar que le trajeran el postre.

Fuera comenzaba a nevar suavemente. El viento agitaba las ramas desnudas casi con cariño, creando extraños dibujos hechos de copos y niebla. Por el sendero de tierra que llevaba a la cima de la montaña, allí donde se erigían la solitaria iglesia y el bar, subía una vieja gitana, con un pañuelo de vivos colores intentando sujetar su cabellera rebelde, del color del infierno; con las ropas sucias y mojadas del camino y de las noches pasadas a la intemperie, el rostro surcado de profundas arrugas, probablemente causadas por años y años de vida nómada. Llegó a la altura de la iglesia, la miró, escupió al suelo y se dirigió al bar. Antes de entrar, dejo resbalar sus dedos por las piedras musgosas que formaban la pared, suspiró y abrió la puerta.

Dentro del bar, la corriente de aire frío que se formó detuvo las conversaciones por unos segundos. Todas las miradas convergieron hacia el mismo punto. Ella se excusó levemente con un gesto de la mano y se acercó a la barra. Pidió un café con aguardiente. Las conversaciones se reanudaron y, poco a poco, fueron cobrando la misma intensidad que tenían al principio. Un par de minutos después le sirvieron el café. Cogió la taza con las dos manos y un escalofrío recorrió su cuerpo. Se levantó, miró alrededor y se dirigió a la mesa a la que estaba sentado aquel joven solitario que daba pequeños sorbos a un vaso de vino tinto.

– ¿Puedo sentarme?- El la miró de arriba a abajo y asintió, encogiéndose de hombros.- Menuda nochecita, ¿no?- el volvió a asentir en silencio. Se sirvió un poco más; el postre no llegaba.- ¿Quiere que le lea la mano?

– No, gracias. No creo en esas cosas.- Dijo, serio y cortante.

– Pues debería. Ahí está todo escrito.- Dió un sorbo al café y se estremeció.- Ay, que rico está el joío…

– Ya. O sea que, según eso, no tenemos posibilidad de elección… Como está todo escrito…- Dijo él, con tono irónico.

– No, porque las líneas de la mano van cambiando con la vida. ¿De donde viene, hombre incrédulo?

– El hombre incrédulo viene del norte, de una ciudad costera en la que todos duermen y de la que le gusta escapar para sentirse vivo.- Ella le miró, sorprendida.

– ¡Vaya! Parece que hay posibilidades de conversación con el hombre incrédulo.- Ambos sonrieron. En ese momento, una camarera trajo el postre; más de media hora para un flan de huevo con una bola de helado de vainilla. Dió las gracias, agachando levemente la cabeza.

– Uy, ¿No me daría un poco de eso? Que no he comido nada en todo el día.

– Sí. Cógelo. Llevo tanto tiempo esperando que ya no tengo ni hambre.- empujó el plato hacia ella. En la mesa de al lado, como si hubieran quedado de acuerdo, todos se levantaron a la vez, se echaron a reir, y se volvieron a sentar.

-¿Como es que no estás con ellos?- preguntó ella, mientras devoraba el flan.

– No tenía ganas de estar con nadie… Pero no por nada en concreto; me apetecía no pensar.

– Ah! Si molesto me levanto y me voy.

– No, no. Tranquila.

– Menos mal; el flan está muy bueno.- Y sonrió, mostrando una dentadura sorprendentemente perfecta. Los de la mesa de al lado se levantaron, pero esta vez para irse. Saludaron, mirándole a él con gesto interrogativo, y se llevaron el ruido a otra parte. Al lado de la cafetera una pequeña radio de pilas emitía algo de música celta, que ahora podía oirse al quedar el comedor vacío.- ¿De verdad que no quieres que te lea la mano?

– Pues no. De verdad.

– Que no te cobro nada; además, me has regalado un flan y así quedaríamos en paces.- Él torció un poco el gesto; no le hacía gracia que le hablaran de su futuro; en el fondo sabía que era un poco supersticioso. Pero estiró su mano izquierda en dirección hacia la gitana y levantó la vista al cielo, con cara de resignación. Ella sonrió.

Fuera, el viento había ido cobrando fuerza y la nieve se iba comiendo los caminos, sepultando los tejados bajo un pesado manto blanco. Nadie quedaba ya en las calles, salvo algún perro callejero y algún cuervo solitario oculto bajo el alero de alguno de los tejados. Al día siguiente, el amanecer descubriría un pueblo completamente blanco, de calles de piedra heladas que habría que atravesar con cuidado para proseguir con el camino, y con la vida…

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