Salir tarde del trabajo a veces tiene cosas buenas. ¿No te pasa que hoy ocasiones que sales tan cansado que te parece que llevas las sensaciones a flor de piel? Esas veces que, por ejemplo, al caminar se te cruza un perro por delante y sonríes porque te recuerda a alguno con el que una vez jugaste; o cuando ves a alguien que te recuerda mucho a otra persona de una época pasada y entonces, justo ahí, te llegan todos los recuerdos en tropel y te preguntas, sorprendido de que haya pasado tanto tiempo, que qué será de toda aquella gente y de sus vidas, si serán felices o no, si el tiempo y la vida les habrá tratado bien o mal, si alguno se acordará de tí y de todos aquellos días que pasasteis juntos…

Esas tardes (no las otras en las que sales fresco ni las otras en las que sales tan derrotado que te echarías a morir sobre un banco de la calle), en mi caso, suelen darse principalmente entre abril y junio, no sé muy bien porqué; uno se encuentra “flojito” y bastante más vulnerable; le apetece sonreir: veo unos ojos bonitos y sonrío a la propietaria (que me mira normalmente como… bueno, no lo sé, ya que en esos momentos no me entero de mucho) y veo gente riendo y… Vale, resumiendo: que parece que me he metido algo (¡Haaaaalaaaaaaa! ¡Quitando el romanticismo a martillazos!)…

Lo curioso es que creo recordar que hace años uno no necesitaba estar cansado para sentirse así: se despertaba, sobre todo en primavera, lleno de alegría (ahora es una alegría un poco más cansada, menos fresca, pero alegría de todos modos); desayunaba a todo correr y salía a la calle; cruzaba la carretera a todo correr y se dedicaba a pasear, casualmente, por la calle en la que vivía la chica que le gustaba, para arriba y para abajo, sin descanso, casi siempre de manera infructuosa. Si la calle era larga, la cosa quedaba bastante más disimulada que si sólo era de una manzana; entonces uno parecía un acosador… Pero uno era un adolescente lleno de hormonas a rebosar y eso no le importaba. Después del paseo, normalmente tocaba pasear por algunas otras calles, tantas como amigos había, hasta que al final, dándonos por vencidos, cogíamos un balón y o las toallas y nos íbamos por ahí, a pasar el día.

Ahora, la alegría es más cansada, al menos hoy: sales, haces tiempo, luego un poco más, la ves, te maravillas de lo hermosa que sigue estando pese a los años que han pasado desde que la conoces; compartes un café, unas palabras, una bonita amistad y ese cansancio, el de ella mayor que el tuyo, y tras un abrazo y otra despedida, como un ladrón furtivo mientras esperas en el andén, pinchas su música que ahora te acompaña, sonríes con tristeza, te subes al tren, recorres las dos paradas que separan su vida de la tuya, te emocionas una vez más mientras escribes y, al bajar del tren, pasas la mano por la valla de finos alambres, igual que solías hacer muchos años atrás mirando el atardecer, para sentir vibrar las yemas de los dedos, una vibración que hoy ya no sentirás de otra manera…

Y llegas a casa, física, mental y emocionalmente agotado, y te vas a dormir…

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