La pequeña jarra de metal brilla con la luz del sol sobre la mesa blanca, al lado de las dos tazas. En ella, si uno se fija, se puede ver el reflejo distorsionado de los niños que juegan en el parque; unos en los toboganes y en los castillos con sus padres vigilando y otros, con una pelota de goma, chutando alegremente sin tener en cuenta las mesas de la terraza en la que estamos sentados tomando algo, ella un cortado y yo, una infusión que se va haciendo lentamente dentro de la jarrita de metal.

– ¿Sabes?- Me pregunta mirándome a los ojos. Me cuesta mantener su mirada, como en ese juego que pierde aquel que antes la retira; es tan intensa que siento vértigo. Ambos miramos a otro lado: yo a mis manos, jugueteando tímidamente con la taza y ella a una pareja que llevan, cada uno sujetándola de una mano, a una niña de un par de años que avanza a grandes saltos entre gritos de alegría cada vez que despegan sus pies del suelo.- Quiero algo así.- Y hace un gesto con la cabeza hacia los tres, que vienen riendo; la niña feliz y los padres atentos para no perderse nada de lo que hace su hija.- Creo que ya estoy preparada.- Le miro, memorizando sus rasgos una vez más: tiene el aspecto de alguien que, pese a sentirse derrotado, quiere seguir luchando. Aunque sé que esa imagen cansada es pasajera; un poco de pausa y volverá a brillar con luz propia.

– Ya. Y…- Toso.- ¿Cómo lo sabes?.- Sonríe y junta las manos sobre las piernas cruzadas.

– Lo siento dentro. Aquí.- Se señala el pecho.- En el corazón.- Se encoge de hombros y guarda silencio. Cruza delante de la mesa una joven embarazada.- ¿No te gustaría verme así, con tripita?

– No.- Niego categórico, muy serio.- Me moriría de celos.- Ella se ríe.- Creo que lo mataría. Sí.- Afirmo rotundo.- Lo mataría.- Nos reimos ambos, y nos quedamos de nuevo en silencio, pensando. Doy un pequeño trago; ella remueve distraída su café.

– Pues sí. Me encantaría. ¿Tú no lo sientes?.- Sonrío y niego suavemente con la cabeza. Que si lo siento… Buena pregunta… Lástima que la respuesta no sea “políticamente correcta”. Así que, pese a no ser cierto del todo, vuelvo a negar. Asiente, pues me conoce y esperaba esa respuesta.- ¿Qué tal todo?.- Me encojo de hombros.

– “Ten díes”.- Contesto, sin saber realmente lo que significa; es algo que utilizaba mi padre para decir “unos días bien y otros mal”. Me mira extrañada.- Unos días bien y otros más flojos.

– Creo que te mereces algo mejor.- Me dice, mirando al horizonte. Asiento, aunque ella no me ve.

– Podría ser.- La miro. En ese justo instante, todo me viene de golpe: cómo la conocí, donde, cuando, la primera conversación que tuvimos, el vértigo que ya entonces me provocaba su mirada, la sensación de pérdida al irse aquel día, pensando que no volveríamos a vernos, nuestro reencuentro meses más tarde, la alegría que sentí, nuestras charlas posteriores, sus confidencias, las mías, nuestros paseos, sus viajes, los míos, sus miedos, los míos, de nuevo la sensación de pérdida cada vez que se iba, una vez más mis miedos, sus decepciones, su vuelta… Años de golpe en un segundo.- Podría ser.- Repito y sonrío, aunque intuyo que no, que no podría ser, pese a tener una relación más profunda y sincera que la de muchas parejas que conozco.

El sol va cayendo poco a poco, aunque no se deja ver. Es hora de volver a casa, aunque nadie nos espera a ninguno de los dos: un par de pisos vacíos; el suyo cálido y acogedor, el mío bastante más frío.

Curiosamente, igual que como somos…

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