El joven vestido de negro caminaba con un gran estuche con forma de guitarra a la espalda, que por el tamaño probablemente contuviera un bajo. No era demasiado alto; con el pelo escaso y revuelto y un largo flequillo castaño claro que tapaba sus ojos ligeramente achinados. Llevaba unos auriculares de diadema con esponjas naranjas, bastante “démodés”, y movía la cabeza marcando el ritmo con energía y gesto de estar viviendo lo que escuchaba, ajeno al mundo que se movía alrededor. Llegó a uno de los bancos de la pequeña plaza, se quitó el estuche de la espalda, lo apoyó con cuidado y se sentó en el respaldo de madera, pisando con sus “converse” el asiento, disponiéndose a esperar. Echó un vistazo alrededor: unos niños jugaban, padres y madres charlando atentos, una joven embarazada que pasaba por delante de una terraza en la que había sentadas unas cuantas parejas, algunas hablando y otras no. Abrió el bolsillo del estuche y sacó un libro, “Los gritos del pasado”, y se enfrascó en la lectura, esperando que llegara el resto de componentes de la banda.

Justo enfrente, en un balcón del segundo piso, una anciana se ajustaba la rebeca de lana que ella misma había hecho hace años, cuando pasó de tejer bufandas a hacer algo un poco más complicado. Lentamente, se separó de la barandilla en la que estaba apoyada y se sentó con cuidado en una vieja silla blanca de esas de plástico, cuyo respaldo oscilaba peligrosamente hacia atrás si uno se sentaba con fuerza o se dejaba caer. Desde allí tenía una buena vista de la plaza, sin necesidad de mantenerse de pie. Se ajustó las gafas para seguir leyendo aquel libro que, hace muchos años, un amigo al que no veía hace tiempo le había dejado; un libro que hizo con ella miles de kilómetros a través del mundo pero que, por algún extraño motivo, había olvidado. Tenía un rato para leer; su nieta aún tardaría un rato en llegar.

En la terraza, la gente charlaba animada. Pero una pareja, de aspecto cansado, guardaba silencio. Él miraba al chico del estuche, probablemente recordándole a él mismo hace años; el mismo peinado despeinado, los cascos iguales, el mismo modo de sentarse… Sonrió. El chico levantó la mirada en ese momento y le saludo con la cabeza. Sí, sí que le recordaba. Agarró con las dos manos la taza que contenía su infusión de menta. Miró a la chica que le acompañaba, que tenía la mirada perdida en el horizonte. Una niña colgando de los brazos de sus padres pasó justo entonces por delante de ellos. Ella sonrió y le miró a él, que le devolvió una sonrisa cansada.

A la plaza llegó, un poco después, una chica; era una hermosa joven con unos ojos increiblemente azules y larga melena castaña. Llevaba una carpeta abrazada al pecho. Caminaba despacio pero feliz, casi bailando. Miró alrededor, para ver si veía a sus padres, que solían estar en aquella plaza y su mirada se cruzó con la del joven vestido de negro, que la miraba como quien observa una obra de arte. Ella se sonrojó hasta la raiz del pelo, que a partir de ese día nacería pelirrojo. Se miraron tímidos unos segundos, y ambos bajaron la vista.

La chica que guardaba silencio sentada en la terraza se dio cuenta. Suponía, y con razón, que su compañero, que nunca se enteraba de nada, no se habría dado cuenta del instante del cruce de miradas de los dos adolescentes. Sonrió, y le recordó a ella misma hacía algunos años, a algo ocurrido a tan sólo unos kilómetros de allí y que se diluyó como un azucarillo en un vaso de agua. Y le entraron ganas de levantarse, ir donde ellos y… Y nada. Tenían que llevar su propia vida. Asintió para ella misma, y miró a su compañero. Y alzó la mirada al cielo. Cogió su taza de café y dió un pequeño sorbo.

Desde el balcón, la anciana acababa de ver a su nieta y captó el cruce de miradas con el joven y sonrió. Miró a la terraza y se fijó en una extraña pareja que guardaba silencio. A ella la veía claramente; una chica guapa, de unos treinta años, con una hermosa melena cobriza y la piel pálida, bien vestida. A él no conseguía verlo. Pero en ese momento se levantó. Y su corazón se detuvo por un instante. Miró el libro, miró al joven de poco pelo entrado en kilos, respiró hondo, volvió a mirar la portada del libro, una pintura antigua que representaba la ventana de un castillo, en la que aparecía una mujer con el pelo recogido, volvió a mirar al joven, sonrió y negó con la cabeza. Imposible, pensó, con una sonrisa que dibujaba un esbozo de nostalgia.

Lentamente, casi sin quererlo, comenzó a llover, como casi siempre en la Ciudad Dormida. La chica salió corriendo a resguardarse bajo los arcos de una casa cercana, la pareja se levantó y se despidió precipitadamente, saliendo cada uno en dirección contraria a la del otro y los niños desaparecieron de la plaza como por arte de magia, junto con sus padres. Tan sólo quedó el joven con su estuche bajo la lluvia, mirando con una sonrisa una silla blanca vacía que se mojaba en un balcón de un segundo piso…

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