Llegué allí como otras muchas veces. Me bajé de la bicicleta y la dejé apoyada contra el muro de falsa piedra. Hacía sol y la calle estaba llena de gente que caminaba de un lado para otro, como si toda la ciudad se hubiera puesto de acuerdo en pasar por allí delante en aquel instante. Me apoyé contra la pared de la entrada de aquel edificio que en mi niñez fue un mercado y ahora era un homenaje al consumismo que absorbe al mundo. Levanté los ojos al cielo, cansado; cruzaban un par de nubes empujadas rápidas por un viento que abajo no sentíamos.

A mi alrededor miles de caras y cientos de voces; una cacofonía de rostros y sonidos que se mezclaban en una algarabía indescifrable. Y me puse a buscarte entre ellos sabiendo que la probabilidad de encontrarte era mínima pese a que muchas de las veces que nos veíamos quedábamos allí… Una cara, otra, alguien que se parece, alguien que viste a tu estilo, un cabello parecido, una mirada… Pero ninguno eras tú… Y el peso de la pared sobre la que apoyaba se contagiaba a mi espíritu, dejándome sin fuerzas para despegarme de aquel muro. Y la gente caminaba; unos rápido, otros despacio, unos riendo, otros discutiendo, niños corriendo, gente en bici, trajeados, en chandal, con bolsas, sin ellas, turistas… Y yo, como una estatua, allí clavado, esperando que aparecieras…

Deseaba un poco de lluvia; sí,parece mentira que, viviendo en esta ciudad que la viste con tanta frecuencia, fuera capaz de desear un poco de lluvia, pero sí: un poco de lluvia que limpiara las calles de gente. E imaginaba la calle así: yo, mojándome bajo la lluvia; la calzada solitaria, exceptuando a alguna que otra persona que corría buscando refugio; un saxofonista pintando de blues el ambiente; el cielo, de azul a gris, y de gris a negro; las farolas, de pronto encendidas, con su luz anaranjada dibujando halos de penumbra en las zonas que no llegan a alumbrar, y a lo lejos, resonando sobre los demás sonidos, unos tacones que llegan debajo de un paraguas… El saxofonista comienza a tocar más suave, los tacones se me acercan, el paraguas se levanta y debajo de él, unos ojos como el mar me ofrecen cobijo. Le cojo del brazo, y nos vamos juntos…

Un perro ladra a mi lado; parece que no lo gusto demasiado. La gente sigue su ritmo errático, de un sitio a otro, entrando en tiendas, saliendo de otras… Demasiado jaleo para mi espíritu cansado…

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