– ¿Vienes ya?

– Voy.- Me acerco a ella, que me guiña un ojo. Le cojo la mano derecha y deposito, entre los nudillos del dedo índice y el medio, un beso ligero, una caricia más bien. Ella se sorprende.

– ¿Y eso?

– Me apetecía.- Retengo su mano unos segundos, y la dejo escapar, deslizándose entre las yemas de mis dedos. Sonrío.- Venga, vamos.

Comenzamos a caminar. El sendero de tierra serpentea entre la hierba baja, apareciendo y desapareciendo a capricho. Sopla el viento suave y cálido. Es un día azul de primeros de mayo; apenas cruza el cielo alguna nube. Las hojas de los árboles inician un baile al son del ritmo que les marca la brisa. Al fondo se puede ver el faro que se alza poderoso a la entrada del puerto. Cientos de gaviotas gritan, lanzándose en picado justo detrás de un barco pesquero que ha enfilado la bocana. Ella va delante y yo le sigo, dejándole unos metros.

– Mira, para. Vamos a esa roca.- Señalo con un dedo una roca grande que sobresale en medio de una campa. Cambiamos el rumbo, nos salimos del camino y llegamos a la piedra. Es una roca grande, quebradiza y amarillenta, de arenisca. Ayudándonos de las grietas que tiene, subimos y nos sentamos. Mirando al norte se puede ver la inmensidad del mar Cantábrico, hoy en calma; el faro, un par de barcos, la belleza del pequeño monte en el que estamos, el bosque que se extiende bajo nuestro pies… Al sur se extiende la Ciudad Dormida que, desde lo alto, parece más dormida que nunca. Pasa un chico haciendo footing con un perro por el sendero, que justo nos mira y sigue su camino.- En este monte he pasado media vida.

– Si te digo que, pese a vivir casi toda mi vida en esta ciudad, apenas he estado un par de veces en él…- La miro sin poder creerlo, con los ojos muy abiertos.

– No puede ser. Es de los rincones más bellos de la ciudad. No hay otro sitio como este.- Ella sonríe.

– Es que soy “bestia de asfalto”.- Sonrío; su comentarío me hace gracia.

– Habrá que corregir eso.

– Te va a costar.

– No, no lo haría. Dejarías de ser tú. Alguien me dijo un día, en plan de coña imagino, que los hombres salen con una mujer esperando que no cambie y cambia. Y que ellas salen con un hombre esperando que cambie, y no cambia.- Ella me mira, con gesto irónico.- Creo que es verdad.

– Puede ser. Pero… No estamos saliendo.

– Ya. Sólo te digo. Nada más.- Nos quedamos mirando los dos hacia el norte, uno junto al otro.- Sería la leche que el sol se pusiera por el norte, ¿no?

– Sí, sería perfecto. Pero hay cosas que son imposibles.- Y me guiña un ojo. Asiento.

– ¿Seguimos? Habrá que ir volviendo.

– Sí, vamos.- Nos levantamos. Alargo un brazo para ayudarle, pero no le hace falta y baja sóla. Vuelven al sendero.- Oye, me gusta tu monte, en serio.

– Gracias.- Hago un pequeña reverencia.- Si lo quieres, lo compartimos; así tenemos algo a medias.

– Igual tenemos que venir más a menudo, para que me enseñes sus secretos.

– Sabes que para mi sería un placer.- Ella asiente.

– Sí, lo sé… Y quien sabe… Igual algún día el sol termina por ponerse por el norte…- La miro, buscando una ironía que no encuentro. Niego con la cabeza, divertido.

De una iglesia lejana llega el sonido de unas campanas; es una hora en punto, pues suenan varias. Miro alrededor; nunca mi monte me había parecido tan fantástico…

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