No me suele gustar dejar que pasen días desde que sueño algo hasta que lo plasmo aquí, más que nada porque acabo perdiendo muchos detalles y añadiendo otros inventados e incluso cambiando cosas de la historia, principalmente porque se me va olvidando. Pero en esta ocasión no ha habido más remedio,qué vamos a hacerle. Así que, tras la excusa innecesaria, al tajo…

La historia, si se puede definir como tal, transcurre en el puerto de La Ciudad Dormida; se ven claramente las cajas azules donde guardarán el pescado los barcos cuando atraquen, la cofradía de pescadores, los coches aparcados… Es una nublada noche de otoño; la luz de la luna se filtra entre los huecos de cielo que no llegan a cubrir las nubes, y como éstas pasan rápido, el efecto es parecido al de un laser de los conciertos: haces de luz plana iluminando zonas arbitrariamente. Camino con dos compañeros de trabajo, y vamos a buscar a otros que están de fiesta. Al pasar por debajo del triple arco de piedra que hace de entrada la veo, a lo lejos, con un largo vestido negro a juego con su larguísima melena y ligeramente bebida. Sonrío: es mi oportunidad. Sí, lo reconozco; el pensamiento es un poco miserable, pero los sueños sueños son. Y entro a cuchillo, como supongo que nunca haría en la vida real. Y ella, que ni de lejos está tan bebida como creía, me sonríe, me da un beso primero en la mejilla y luego, como una madre, en la frente y me dice “no soy yo lo que deseas… Búscala y lucha por tu felicidad…”. Me mira con esa mirada azul tierna y preciosa que tiene, me acaricia la mejilla y desaparece, como todo alrededor. Y me despierto, mirando al techo, flipado.

Y a la mañana, al verla esta vez en la vida real, se lo cuento. Está bien comenzar el día sonriendo…

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