(dedicado a todos los tripulantes del Velero)

No hay olas. Otro día de calma chicha. Levanto la vista al cielo y sigue azul. La cubierta, recién encerada. Todo lo demás, limpio y brillante. Los trabajos submarinos terminados. Ningún barco a la vista. Miro alrededor. Hasta las gaviotas vuelan con desgana. Hace un calor infernal. Ni una miserable brizna de brisa. Y el mar, claro, en estas aguas del Caribe, infestado de tiburones hambrientos.

Me levanto a duras penas de la hamaca. Miro la tela a rayas sobre la que estaba sentado; me parece imposible que en mi cuerpo aún quede algo de líquido capaz de empapar algo de esa manera. Me arrastro por cubierta, un pie, descalzo sobre la madera ardiente, luego el otro. Echo un vistazo alrededor; un ejército de zombies pulula errático de un lado para otro. Las velas cuelgan flácidas y no dan ni un poco de sombra bajo la que cobijarse de ese sol implacable que brilla furioso en el mismo centro del cielo más despejado, azul y despiadado que nunca he visto.

Bajo a los camarotes. Imposible, aquí el aire es irrespirable, quema los pulmones al entrar en ellos. Vuelvo a subir a cubierta. Me mata la desidia esta a la que noto que me estoy abandonando. Tengo que luchar. Vuelvo a bajar a mi camarote, abro la puerta, cojo los pocos papeles sin emborronar que me quedan, mi pluma y el tintero y subo a cubierta de nuevo. Caigo exhausto en un rincón y cierro los ojos. Y me pongo a soñar…

En mi sueño, sigo sobre la cubierta del barco, en popa, sobre el puente de mando, vestido con galones de Almirante. El Amistad surca con brío una mar ligeramente encrespada, empujado con fuerza por un viento intenso que, cargado de salitre, nos refresca y hace sentir vivos. En el horizonte, sembrado de nubes grises, se pueden ver los primeros rayos y relámpagos de la tormenta hacia la que nos dirigimos sin miedo. Miro alrededor y veo rostros preocupados. Lo sé, es peligroso, pero a veces hay que enfrentarse al peligro para conseguir nuestros sueños. Dejo mi puesto, cediéndoselo a la capitana, antes almirante. Camino a proa, y me asomo por la borda. Nos acompaña un grupo de delfines, que juegan con las olas que produce nuestra quilla. Me siento, balanceando los pies. La sensación es agradable, aunque ella ya no esté… Aunque ella ya no esté… Suspiro. Me giro y miro a mi espalda. Me encuentro un barco vacío. Todos han desaparecido. Miro mi uniforme y tengo de nuevo mi traje de buzo. Camino pesadamente bajo la lluvia intensa sobre un barco fantasma, de velas destartaladas y cañones desarmados, con el pesado casco de bronce bajo el brazo; el cabello mojado sobre el rostro hirsuto tapa la cicatriz que atraviesa mi frente, fruto de una vieja pelea olvidada en algún bar de mala muerte de algún puerto maldito… Alrededor, lluvia, más lluvia y soledad… Miro al horizonte y sólo hay oscuridad… Es hora de saltar al fondo del mar a buscar a mi Princesa, aunque sepa que allí no está…

Despierto agitado. Escucho voces alrededor. Me llega olor a comida y risas. Miro alrededor; allí están todos, compartiendo unas cervezas que no sé de donde han salido, alrededor de una barbacoa. Ha refrescado un poco al ir cayendo la tarde; el mar sigue en calma, pero la brisa ha venido a hacernos compañía para unirse a la fiesta. El sol, ya casi oculto tras el horizonte, pinta de tonos morados el otro lado del cielo de una noche que se promete estrellada. Me levanto, me salpico la cara con un poco de agua y miro al mar. Un delfín asoma y me llama. Miro al infinito. Allí, en algún lugar… Quién sabe… Miro de nuevo al mar…

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