– Jo. Otra vez está lloviendo.- Protesta él, con gesto aburrido.

– Bueno, no sé de qué te sorprendes. Aquí siempre es igual, un día tras otro; el mismo cielo gris, las mismas nubes, la misma lluvia.- Se acerca a la barandilla del balcón. Se coloca a su lado, brazo contra brazo, mirando hacia la lejana carretera que tienen enfrente, que casi no puede verse por la densa niebla.- Al menos hoy no hace frío.

– Ya. Es un consuelo menor. Pero hoy quería sol. Para disfrutar del día.- Se gira y la mira a los ojos. Se estremece.- ¿Porqué me miras así?

– Así ¿como?.- Se ríe. Él pone cara de niño enfurruñado.

– No sé. Así, de esa manera.- Ella se calla unos instantes. Le pasa el dorso de la mano por la mejilla, casi sin tocarlo. Sonríe.

– Es que, como decía un tal Bernhardt, no olvides que el primer beso no se da con la boca, sino con los ojos…

Suena una guitarra en la lejanía; probablemente el vecino de arriba, que habrá comenzado una nueva canción; esta vez al menos, una canción tranquila; un buen acompañamiento para una tarde de lluvia y sofá…

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