– Se parece a Robert Redford si lo miras de lejos, ¿no crees? .- Ella asiente.

– Sí. Supongo que estará hecho adrede.

– Supongo que sí. Espera.- Me dirijo a la taquilla.- Hola, ¿dos para la sala uno?- La taquillera pulsa unas teclas en el ordenador.

– Son trece euros.- Entrego veinte. Me da el cambio y las entradas. Entramos al cine y pillamos asiento, en la tercera fila, como siempre. Saco mi cámara de fotos de la mochila y me pongo a jugar con el objetivo: el reflejo de las luces del techo hace que parezca que está lleno de burbujas de jabón. Suena un chisporroteo desde los altavoces y se apaga la luz. Y comienza la película.

(Si no has visto la peli y la vas a ver, no sigas leyendo, que aunque ni sé lo que voy a escribir aún, es probable que cuente cosas de la peli, así que mejor que veas la peli y luego, si quieres, vuelvas a leer esto, si te acuerdas, claro)

Como siempre que empieza una peli, a los tres segundos ya me he desvinculado del mundo real. Y me veo vagando por las calles de París en una tarde de lluvia, paseando al lado del Sena, rumbo al Museo d’Orsay, mientras el tráfico pone una banda sonora equivocada a la imagen de postal mil veces repetida.

Al rato, me veo convertido en el rubio protagonista, que sueña con un mundo diferente al que vive. Él, escritor, se encuentrá allí, unos días antes de su boda, buscando inspiración sobre su novela. Y la encuentra, pero su musa no es de su época. De pronto soy el vendedor de la tienda de nostalgia; un personaje ficticio del que todos hablan pero del que realmentre nadie sabe nada. Me lo imagino vendiendo recuerdos, sensaciones… “Te vendo claridad para el recuerdo de tu primer beso y te regalo la misma sensación que tuviste la primera vez que estuviste charlando con ella”… “te alquilo aquel despertar irrepetible que te cambió casi hasta la forma de ser”… Suena un poco de jazz, de música francesa de los años 20; desfilan ante mis ojos personajes de aquella época: un fantástico Dali, un irregular Picasso, un inigualable Hemingway…

Y le veo soñar ante un imposible, huir de su mundo persiguiendo una ficción, un cuento de hadas disfrazado de realidad, con su novela bajo el brazo, recorriendo las calles, las fiestas y los diferentes lugares de esa ciudad mágica hasta que da con ella. Y en sus ojos descubre que sus sueños… Bueno, por si acaso no has hecho caso de las letras rojas, no cuento más.

Pero sí, cada uno tenemos nuestras nostalgias. Y bienvenidas sean…

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