Miraba distraído a través del cristal empañado del autobús. Acababa de empezar a llover y algunos conductores, los más precavidos, habían encendido las luces del coche, dando un tono amarillo triste al gris denso y húmedo de la tarde.

Sí, lo reconozco: pensaba en ti. Otra vez. Supongo que no es del todo malo… En mis oídos sonaba una canción de un disco que me recordaba mucho a otra que una vez tuvimos en común. Y aunque hacía mucho que no la oía, me vino a la memoria aquella vez en la que, con la excusa de que te probaras los cascos nuevos que me había comprado, te la puse. Seguías el ritmo, suave, moviendo lentamente la cabeza, los ojos cerrados, la sonrisa perfecta… Un momento hermoso…

El resto del disco no se parecía, pero hacía de perfecta banda sonora para una tarde de lluvia; una de esas tardes que te recuerdan otras tardes de lluvia, de conversaciones bajo un pequeño paraguas o al abrigo del mal tiempo en alguna de las muchas cafeterías de la Ciudad Dormida. Y me entraron ganas de escribir. Pero no tenía donde.

Al llegar a mi barrio de toda la vida, justo al final, cerca de la playa, bajé del autobús. Llovía intensamente y crucé corriendo hasta los soportales de la acera de enfrente. Sabía que a la vuelta de la manzana, una pequeña librería de las de toda la vida estaría abierta. Y allí fui, a comprar un cuaderno: mi nuevo cuaderno de aventuras, un cuaderno verde, del color que dicen que es la esperanza… Aunque, ¿esperanza de qué?

También compré un boli. Y nada más salir de la tienda, busqué un sitio donde hacer tiempo hasta la hora a la que había quedado, destapé el boli y empecé a escribir. O eso quise: el boli no funcionaba. Abrí el cuaderno y empecé a hacer círculos cada vez con más fuerza, hasta romper un par de páginas. Y en el momento de arracarlas, justo cuando la primera línea de color había aparecido, cayó la gota de agua más grande y sucia que he visto en la vida.

Sí, ha sido un mal comienzo. Pero no pierdo la esperanza.

Como siempre…

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