– ¿Me acercas el cubo?

– Toma.- Le pasa el cubo azul y la pala amarilla. Él está ensimismado, como siempre que hace algo que le gusta; concentrado de tal modo que se podría decir que es incapaz de mirar más allá de sus narices. Si viniera un tsunami en ese momento no se daría ni cuenta. Le encanta verle así. Ella sonríe.- ¿Le vas a poner almenas?.- Él levanta de pronto la cabeza y la mira, serio.

– Claro. ¿Donde se ha visto un castillo sin almenas? Vaya pregunta.- Pone morros como si estuviera enfadado y sigue trabajando. Ella se queda mirando sus manos, rudas, fuertes y de venas marcadas, de alguien acostumbrado a trabajar con ellas. Nadie imaginaría la sensibilidad que era capaz de transmitir con su contacto, la precisión de sus gestos, la dulzura de…- ¿Me pasas esa ramita?.- Ella se sobresalta.

– Sí, perdona.- Él ladea la cabeza, hacia la izquierda, como cada vez que algo le extraña. Sonríe.

– ¿Puedo saber qué pensabas?.- Ella duda. Se ruboriza ligeramente.- Mmm… Vale. Mejor que no.- Y se ríe.

Hace un magnífico día de finales de verano; hay sol, pero éste no castiga, sopla una brisa ligera y en esa playa, la situada más al oeste de las de la Ciudad Dormida, apenas hay gente; algunos tumbados, otros paseando por la orilla, otros jugando a pala lejos de las filas de toldos y unos pocos más en el agua, que ya ha bajado algo su temperatura. Hasta las pequeñas olas parecen disfrutar jugando a remover las piedras de la orilla. Sólo se escucha el arrullo de la marea y el sonido lejano de alguna gaviota.

– Terminé. ¿Te gusta?.- Ella asiente.

– Mucho.- Le mira a los ojos, brillantes.- ¿Sabes? Nunca antes me había hecho nadie un castillo.

– Pues este es para ti. Todo tuyo.- Ella sonríe, se le acerca y le da un beso en la mejilla. Él cierra los ojos y le recorre un escalofría, que le pone la piel de gallina.- Brrr…

– Anda, ven, tápate con la toalla.- Se sientan juntos, sobre una de las toallas, tapándose con la otra, justo delante del castillo recién terminado, mirando al mar.- Mira.- Señala con el dedo.- Tengo un castillo.

– Ya lo sé.- Apoya su cabeza contra la de ella.- No me cuesta nada imaginarte como una Princesa dentro del castillo; un largo vestido blanco, con falda de vuelo, la melena ingobernable suelta, al capricho del viento… Mientras, apoyada en el alfeizar de una de las ventanas, esperas ver llegar por el camino que lleva al puente levadizo, al príncipe cabalgando sobre un corcel negro.- Ella ríe y niega con la cabeza.

– Si algo me ha enseñado la vida, aparte de que me lo has dicho mil veces, es que los príncipes no existen. Y eso es tan seguro como que al subir la marea, de mi castillo no quedará mas que una ramita flotando en el agua.- Él asiente, triste.

– Los principes puede que no, pero las Princesas sí…- Se quedan mirando al horizonte, disfrutando de los colores del atardecer.- Y tanto las Princesas como los pobres constructores de castillos se tienen que vestir si no quieren enfriarse y no poder ir a trabajar al día siguiente.

Se levantan, con pocas ganas, se visten y recogen las cosas. Antes de irse, echan un último vistazo al castillo. Él le pasa un brazo por encima de los hombros y se van alejando, poco a poco, de la orilla de la playa.

La noche va cayendo; la playa se va vaciando hasta que ya no queda nadie. Unas pocas estrellas brillan en el cielo, entre los huecos que dejan las nubes que ocultan la luna llena. A lo lejos, el faro a cada vuelta ilumina con un rayo débil de luz anaranjada una pequeña ramita, que  flota sobre el mar…

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