Ya tengo el sofá nuevo; es morado y más o menos del mismo tamaño que el anterior. Queda bien en la sala, debajo de una foto alargada en blanco y negro de un faro, contra el que rompen las olas salvajemente. Sobre él, descansan algunos de los habituales del antiguo sofa: un par de mandos a distancia, el teléfono inalámbrico casi sin batería, como siempre, una manta blanca que me traje de mi antiguo hogar, en la que aparece representado un unicornio que parece estar buscando una salida, un par de libros (Cisnes salvajes y una guía de Lonely Planet sobre Islandia), una PSP sin batería y una pila de CDs con la que estoy trabajando.

Sí, es más o menos como el anterior, pero es más alto. Esto me permite ver, sin estirar la cabeza, un pedacito de la Ciudad Dormida, que a estas horas comienza a desperezarse y a estirar sus brazos. Las nubes, como casi siempre, no dejan ver un cielo azul que parece que hoy, de nuevo, habrá que imaginar que está ahí, escondido tras ese sempiterno manto gris. También me permite ver a la pareja de gorriones que, mientras anidan bajo el alero del tejado, justo encima de mi balcón, hacen cabriolas y juegan a hacer equilibrios sobre el viejo tendedero que hay, atado con cuerda y con todas sus tuercas oxidadas, para secar la ropa.

Pero no cambia demasiado mi visión del mundo; algo lógico, por otra parte. Sólo es un sofá. Aunque a veces, sólo a veces, creo que la elección del color fue el origen de algo, o el final, no lo sé muy bien. Igual fue uno de esos instantes en los que te das cuenta que nada es como has imaginado, o nada va a serlo, o nada fue. O puede que sea el disco este que ando escuchando (Mooncake – Lagrange points) el que extrae estas líneas cargadas de dudas de las puntas de mis dedos.

Igual debería dejar de escribir y centrarme en la música.

Que hoy hay bolo y he ensayado poco;-)

Besos…

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