Sobre la apolillada alfombra había dispersas unas cuantas bolas de metal. El niño jugaba con ellas, como si fueran canicas, sólo, en aquella extraña habitación. A través de los grandes ventanales que había en tres de las cuatro paredes se colaba la luz de la tarde, que al pasar por los visillos perdía parte de su escasa fuerza. El resto se la comían unos muebles oscuros, antiquísimos, casí de la prehistoria, llenos de libros, alguno de los cuales era incluso de finales del siglo XIX. Cada vez que el chaval cogía uno de esos entre sus manos le parecía imposible que existiese el mundo desde hacía tanto tiempo… Se fijaba en las hojas amarillentas, gastadas por el paso de los años, y lo devolvía a su sitio con respeto casi reverencial, un poco amedrentado por los rostros severos que parecían vigilarlo desde un par de grandes cuadros de época, algo descoloridos y polvorientos, que había en la pared justo encima de dos desvencijados sofás verdes ajados y claveteados por todas partes con una especie de chinchetas de cabezas oxidadas.

Pero no; ese día jugaba sobre la alfombra gris con unas bolas de metal. Sobre la mesa redonda que había en el centro de la sala, había una pequeña radio de la que salían las voces de los comentaristas, narrando entusiasmados partidos sin emoción. Él jugaba a imaginar los partidos de futbol, con porterías hechas con pinzas; los jugadores eran bolas de diferentes colores, hasta el punto de no saber muchas veces quien era de cada equipo. Pero eso no importaba; los jugadores corrían, marcaban goles, fallaban penaltis contra su equipo… Él quería ser futbolista, correr por el campo mientras el público le aclamaba tras haber marcado el gol que les daba el campeonato, o haber hecho la parada que les permitía seguir un año más en primera. Aunque tampoco le desagradaba la idea de ser comentarista deportivo; ya había descubierto con dolor, como se suelen hacer muchos descubrimientos en la infancia, que probablemente el futbol no fuera lo suyo. Así que no estaría mal gritar como un poseso los goles de su equipo; mantener durante más de dos minutos la “o” de gol, cantada o gritada, mientras un pitido entrecortado avisaba a todos de que alguien había marcado en algún campo. No, eso tampoco estaría mal…

Una de las ventanas daba a las vías del tren. Cada vez que pasaba uno, toda la casa temblaba. El chico se levantaba del suelo y se quedaba mirando cómo se alejaban los últimos vagones, y si tenía suerte y era uno de los que transportaba mercancías, disfrutaba de unos segundos viéndolos pasar cargados de coches. Tampoco estaría mal ser conductor de trenes, pensaba; viajar de una ciudad a otra, viendo esconderse a toda velocidad las traviesas de las vías debajo de las ruedas metálicas; conocer otros países, otros paisajes, a otra gente… Se quedaba mirando al vacío durante un rato, justo por donde el último de los vagones había desaparecido, agitaba la cabeza y se volvía al suelo, con sus partidos imaginarios, olvidando en un suspiro sus sueños de ser maquinista, al menos hasta que apareciera el siguiente, unos minutos después.

El sol bajaba lentamente, mientras unos partidos terminaban y empezaban otros, y se iba poniendo poco a poco, por el oeste haciendo brillar las vías con un fulgor metálico. La jornada iba acabando y llegaba la hora de cenar. Él se levantaría y allí quedarían, dispersas en el suelo, todas las bolas de metal, quietas y olvidadas, vigiladas por los severos rostros de los cuadros para que ninguna se moviese.

Aunque no podrían evitar que, cada vez que un tren pasara, soñaran con moverse sólas…

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