– De ahí es Björk, ¿no?

– Sí, eso creo.

– Ahora me lo explico.

– ¿Lo cualo?

– La alta tasa de suicidios en ese país.- La miro sorprendido; asiente convencida. Sabía que en los países del “tigre”, como los llamábamos de pequeños (Finlandia, Suecia y Noruega), la tasa de suicidios era alta, pero no tenía ni idea de que allí también lo fuera.

– ¿Te refieres a Finlandia?

– Finlandia, Islandia… Pues no lo sé.- Asiente. La miro; veintitantos años de recién licenciada, pelo castaño lacio poco cuidado y ojos de color a juego; nariz grande, también a juego con sus orejas, vaqueros raídos y una camiseta de algodón bastante cedida: un saco para disimular sus formas, un antídoto eficaz a la lujuria.- Lo que sí sé seguro que no es Disneylandia.- Sonrío.

– ¿Te saco un café?

– Mmm… Vale. Con leche y sin azucar. O sea…- Me mira.- Que te vas a Islandia.- Asiento.- Ya. ¿Y qué se te ha perdido por allí arriba?

– Pues no lo sé.- Reconozco.- En realidad, un antiguo compañero de clase de euskera me dijo que le había dado hace años la vuelta en bici, y empecé a estudiarlo como proyecto. Pero como no dispongo de las tres semanas que creo que necesitaría para ello pues, muy a mi pesar, le daré la vuelta en coche. Muy a mi pesar…

– Ya.- Se bebe el café de un trago. Hace una mueca de dolor.- Joder. Nunca me acuerdo que esto sale que abrasa. No entiendo cómo eres capaz de bebértelo así.- Sonrío.

– Te lo contaré un día.- Me mira, intrigada.- ¿Mañana trabajas?

– ¡Qué remedio! Hay que pagar la hipoteca.- Le miro y asiento. Nos dirigimos a la salida.- ¿Harás fotos?- Antes de que me de tiempo a responder, se responde ella misma.- Claro que harás fotos, qué pregunta. Miles de fotos. Tiene que ser un coñazo viajar contigo…- Sonrío. Cruzamos la puerta.

– Seguro que sí.- Le guiño un ojo.- Bueno neska, mañana nos vemos.- Asiente. Saluda con una mano.

– Bai. Bueno, pues que te vaya bonito.- Agita una mano.- Agur.

– Agur.

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