Hace un tiempo ya, alguien regaló un libro. El hecho en sí nada tiene de extraño; es un regalo habitual, sencillo, normalmente barato y, si sabes elegir y a la persona a la que se lo vas a regalar le gusta leer, suele ser un acierto. El problema que tenía este libro es que no debería haber sido regalado; traía ya una historia desde antes. Y este cuento es el que os voy a contar. Y como siempre, os recuerdo que es un cuento y que los cuentos son eso: historias para soñar que se cuentan a los niños por las noches, para que duerman felices y sueñen con los angelitos. Aunque vamos, si un día sueño con alguien que vuela vestido de blanco, alas a la espalda y tocando el arpa, no dudéis un sólo instante que acabará escrito con un título que seguro incluye la palabra paranoia. Hala, al tema.

Érase una vez una ciudad, una Ciudad que siempre estaba Dormida. En ella, la gente caminaba sin ruido, cada uno en sus asuntos, odiando al resto en silencio. El gris de las calles, siempre envueltas en niebla y lluvia, ahogaba la alegría de la gente. Los coches recorrían sus carreteras, con sus faros de luz anaranjada reflejándose en los charcos. Los árboles, con tanta lluvia, parecían tener las ramas alicaídas, de soportar tantos golpes. Pero pese a lo que pueda parecer, era una ciudad hermosa, con sus tres playas, una fantástica isla en medio, en la que en los sueños de miles de adolescentes transcurrían cientos de aventuras, tres hermosísimas montañas vigilándola y unos edificios que nada tenían que envidiar a los del París decimonónico.

En esta ciudad, hace muchos, muchos años, nació una Princesa. De niña, era una niña feliz, que jugaba entusiasmada con todo lo que caía en sus manos, aunque cada vez que aparecía un extraño corría a refugiarse bajo las faldas de su madre. Con el paso del tiempo, al crecer, descubrió que la lectura era uno de los placeres que te traía la vida. Y aprendió a sumergirse entre las páginas de los libros como lo hacen los buceadores en las aguas más profundas: de pies a cabeza. Cuando leía, nada existía fuera de las páginas del libro; su mente imaginaba los decorados, los personajes, los vestidos de los personajes… Todo. Y así, cada libro que pasaba por sus manos era devorado sin remedio.

También por aquella época, unos pocos años antes, quizá, nació un chiquillo. De aspecto soñador y un poco ensimismado, correteaba por el parque con sus pantalones cortos desgastados. No era capaz de dar dos toques seguidos al balón, lo que hizo que buscara refugio en otras diversiones. Un tío lejano, un día, le regaló un libro. Y aunque a él le hubiera gustado más que le regalara unas piernas que supieran jugar a futbol, el libro le gustó. Y el tío comenzó a enviarle, de vez en cuando, algunos libros al chiquillo. Él esperaba ansioso que llegara el correo cada día. Y cuando llegaba un paquete grande, su expectación era inmensa. Lo abría, con cuidado, y si era uno de los libros, salía corriendo a su rincón de lectura favorito: una vieja escalera de madera, fría y con marcas de carcoma, pero que a él le encantaba.

Pasaron los años, muchos años. Por uno de esos caprichos que tiene el destino y que ahora no viene a cuento, la Princesa, entonces convertida en una mujer hermosísima y el chiquillo, convertido en un chiquillo metido en el cuerpo de un hombre, se conocieron. Y, por otro de esos caprichos también del destino, acabaron a muchos kilómetros de distancia uno de otro. Aunque entre ellos se había establecido algún tipo de vínculo, difícil de definir.

Un día, el chiquillo con cuerpo de hombre entró en uno de esos templos del saber que se llaman librerías y, mirando los lomos de los libros, su vista recaló en uno. Lo sacó, miró la portada, leyó el breve resumen de la contraportada, sonrió y volvió a dejarlo en su sitio. Por alguna extraña razón, supo que ese libro lo tendría, que lo leería, pero que aún no había llegado su momento. Sacó otro, se dirigió a la caja, pagó y salió a la calle. Se caló la capucha para no mojarse y al rato se dió cuenta de que caminaba sonriendo. Y de que notaba que pudiera ser que la ciudad no estuviera tan dormida.

Ese mismo día, en otra parte del mundo, la Princesa de la Ciudad Dormida entraba en otro templo parecido y, al caminar entre las estanterías, se fijó en un libro cuyo título le llemó la atención; lo sacó, miró la portada y sonrió; dio la vuelta al libro, leyó la sinopsis, lo hojeó un poco por encima y volvió a sonreir; le gustaban las historias de princesas pues le hacían soñar, pero no; ella también sintió que aquel no era el momento. Y lo dejó en la estantería. Y salió a la calle, en aquella ciudad en la que siempre brillaba el sol, tan diferente de aquella en la que había crecido.

… continuará …

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