… continúa …

Ese mismo día, en otra parte del mundo, la Princesa de la Ciudad Dormida entraba en otro templo parecido y, al caminar entre las estanterías, se fijó en un libro cuyo título le llemó la atención; lo sacó, miró la portada y sonrió; dio la vuelta al libro, leyó la sinopsis, lo hojeó un poco por encima y volvió a sonreir; le gustaban las historias de princesas pues le hacían soñar, pero no; ella también sintió que aquel no era el momento. Y lo dejó en la estantería. Y salió a la calle, en aquella ciudad en la que siempre brillaba el sol, tan diferente de aquella en la que había crecido.

Los días pasaron, y con ellos las semanas, los meses, algunos años… Y un día de lluvia, como no podía ser de otra manera en aquella gris ciudad que siempre dormía, la Princesa y el chiquillo se encontraron. Se dieron un abrazo de esos que provocan envidia en los casuales espectadores; un abrazo unos segundos más largo de lo políticamente correcto, acompañado de un par de besos en las mejillas y un par de sonrisas sinceras.

– Princesa.- Dijo el chiquillo, sin dejar de sonreir.- Vives.

– Vivo. Y veo que tú también. Te veo como siempre.- Dijo ella, separándose unos centímetros.

– Yo te veo aún más hermosa.- Ella giró la cabeza y entornó la vista, mirándole seria. Él miró al cielo y se puso a silbar: era el juego de siempre; él la piropeaba y ella hacía que se sentía molesta.- ¿Tomamos algo?

– Me parece perfecto.- Abrió su pequeño paraguas de colores, se lo cedió a él, que era unos pocos centímetros más alto, le cogió del brazo y comenzaron a caminar juntos, sin charlar demasiado, como un par de amigos entre los que no existen silencios difíciles.

La ciudad respiraba en silencio; la gente deambulaba de un lugar para otro con bolsas de la compra, aparentemente sin rumbo definido, los coches circulaban despacio, obligados por los inevitables atascos de tráfico, las tiendas estaban vacías por culpa de una crisis económica que acababa de comenzar y de la que nadie sabía aún muy bien sus consecuencias, y las caras seguían serias, como siempre. Al pasar cerca de una librería se miraron; ella sonrió, él asintió y sin cruzar una sóla palabra, entraron.

Nada más entrar se separaron. Comenzaron a recorrer los pasillos con calma, cada uno por su lado; sacaban algunos libros, los hojeaban, los devolvían a su lugar… De vez en cuando, uno de ellos iba donde estaba el otro y le preguntaba “¿has leido este?” y el otro negaba o afirmaba con la cabeza, tras lo cual llegaba inevitable la siguiente pregunta: “¿y qué tal?” y la respuesta era o un encogimiento de hombros si era flojo o un enérgico movimiento afirmativo de cabeza con fruncido de labios incluido si el libro era bueno. Y así siguieron un rato, cada uno por su cuenta.

La librería era una de esas antiguas, con viejas estanterías de madera ancladas a las paredes y un cierto olor a viejo; una extraña mezcla entre naftalina y humedad. Las paredes eran altas, lo que hacía que fuera difícil llegar a algunas de las obras que estaban en lo alto, normalmente las de más valor. El suelo estaba cubierto por una vieja alfombra que había perdido ya el color por las millones de pisadas que crujieron amortiguadas a lo largo de los años.Y en la mitad de aquella vieja librería, de aquellos pasillos en semipenumbra, había una estantería pequeña, moderna y de cristal, diferente al resto. Y a ella llegaron los dos a la vez. Y, justo en su mitad, había un libro; un libro sencillo, de edición barata, de esos de bolsillo; no destacaba del resto en nada, nada tenía de remarcable. Pero estaba allí, y era ese. Los dos hicieron el gesto de cogerlo a la vez y se detuvieron al mismo tiempo, para dejárselo al otro.

… continuará …

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