Sólo había una calle; una calle larga y solitaria. Normalmente, en un día cualquiera, rebosaría de vida, algarabía y movimiento. Pero no; allí estaba yo, parado, con la bici a mi lado, en mitad de la carretera: ni un coche, ni un alma… Nada. Sólo silencio y un sol de justicia brillando en lo alto de un cielo en el que comenzaban a aparecer unas nubes de tormenta. Miré a derecha e izquierda y nada; un par de papeles empujados por el viento, el sonido oxidado de un semáforo flojo y poco más.

Me dirigí despacio hacia el garaje, casi intimidado por el silencio; sólo se oía el sonido de mis zapatos y el ruido de uno de los frenos, ligeramente desviado. No me crucé con nadie en los cerca de quinientos metros que me separaban de mi destino. Abrí la puerta, guardé la bici y volví a la calle, asomándome con cuidado, sintiéndome el único ser sobre la tierra.

Estaba equivocado; unos metros más adelante caminaba una singular pareja: él, muy muy bajito,  lucía una espesa cresta totalmente demodé, una especie de peinado punk pero con forma de brocha, vaqueros verdes ajustados, camisa amarilla con corbata negra, curiosa mezcla, un perfecto atentado contra la estética. Y ella no le iba a la zaga: vestido lolita cien por cien, todo negro con “espumillón rosa”, pelo cardado estilo años ochenta y tacones de aguja, demasiado peligrosos para aquella inmensa mole de mujer. Pero se les veía felices; totalmente fuera de los actuales cánones de belleza, uno podía sentir que eran el uno para el otro.

Subí en dirección a mi casa. No volví a ver a nadie; un tenderete caído en un balcón, una bolsa agitándose por el viento, una papelera llena de propaganda olvidada… Era sin duda un pueblo vacío. Entré en el piso y me dejé caer sobre el sofá. Cerré los ojos. Al rato volví a abrirlos, aunque con la extraña sensación de encontrarme en la mitad de alguno de mis sueños surrealistas.

No; tan sólo se trataba de otro agosto más…

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