(como llevo bastante sin escribir sobre esta historia, no pongo lo de continúa)

– Me voy.- Él se sobresalta. Están tomando un batido de avellanas y un bizcocho en una vieja cafetería de la parte antigua de la Ciudad. Allí, todo parece tener mil años: viejas mesas de madera restauradas varias veces, sillas que crujen con el peso, iluminación que colorea la sala con un tono “falta de vatios”, altas paredes de espejo… Pero eso sí: un fantástico café, en todas sus vertientes y un inigualable batido de avellanas.- Ya lo he decidido; por eso te llamé ayer.

– Y… ¿a donde vas a ir esta vez?- Pregunta un poco nervioso, esperándose cualquier respuesta. Sonríe viendola partir un trozo de bizcocho con cuchillo y tenedor, como una princesa… El sería incapaz; le encanta hacerlo con los dedos. Ella levanta la vista y le mira, él siente que directo al corazón.

– Etiopía.- La palabra cae como una bomba.- Me voy a Wuckro.- Él la mira serio, algo intranquilo.

– ¿Lo has pensado bien?

– Bueno, ya sabes como soy. Sí, tranquilo, me he informado.- Se sonríe; casi cuarenta años y sigue siendo un niño. Lo mira casi con ternura: parece haberse encogido en el asiento. Le coge la mano. Él se sobresalta.- Tranquilo, de verdad. Estaré bien.

– Ya.- Se queda en silencio. Da un pequeño sorbo al  batido, ahora casi sin ganas.- Y… ¿Cuanto tiempo te vas?.- Pregunta, esperanzado de que sea poco. Ella sonríe, triste.

– Sin billete de vuelta.- Baja un poco la cabeza; sabe que le va a doler, mucho, y no quiere verlo.- No sé cuando volveré, ni si lo haré, pero estaremos en contacto. Te lo prometo.- Él asiente, con miedo a decir algo y que la voz le traicione. Da otro trago corto y se aclara la voz.

– Sin billete de vuelta.- Repite.- Se me va a hacer durísimo.

– Ya lo sé.- Es perfectamente consciente de la importancia que tiene ella en su vida.- Pero me tengo que ir. Tengo que hacer algo, tengo que vivir… Me asfixio en esta Ciudad gris llena de lluvia… Me siento encerrada y siento que me estoy marchitando, que la vida se me escapa entre los dedos y no hago nada para sujetarla.- El asiente; la entiende perfectamente. Muchas veces ha sentido eso pero le ha faltado valor para dejar su vida atrás e irse de allí.

– Durísimo.- Y la mira asintiendo, mordiéndose los labios.

Suena algo de Miles Davis de fondo, Flamenco sketches. Se apoyan ambos contra la pared junto a la que está situada la mesa y se quedan en silencio, mirando la barra. El camarero, vestido de blanco de pies a cabeza, está secando vasos con un trapo rojo, ajeno al pequeño drama que está ocurriendo a tan sólo unos metros. Unos minutos más tarde, él rompe el silencio.

– Me gustaría que te llevaras contigo nuestro libro. Así, cada vez que lo veas, te acordarás de mi.

– No me hace falta eso para recordarte, ya lo sabes.- Protesta.

– Sí, lo sé. Pero me gustaría que estuviera contigo. Así te llevas un pedacito de Ciudad.- Sonríe, aunque no tiene ninguna gana de hacerlo.- Y así, tengo una excusa para verte aunque sea una vez más.- Ella sonríe.

– Perfecto.- Da otro pequeño mordisco a su bizcocho, ella también sin apetito.

Fuera, como siempre, mientras Miles pone una banda sonora perfecta, sigue lloviendo, pesadamente, con desgana; como si hasta el cielo estuviera cansado de derramar agua siempre sobre el mismo lugar. La gente pasea encogida bajo sus paraguas negros, embutida en sus gabardinas grises, habiendo olvidado ya que, tras las densas nubes que tapan todo, hay un sol que brilla con fuerza…

... Continuará…

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