Inconfundibles, las primeras notas de la marcha fúnebre de Chopín llenaban una sala casi vacía; un nuevo fracaso de público. Su carrera musical se iba al traste. Tantos años de conservatorio, de ejercicios, mecánicas, escalas, arpegios, acordes, ritmos, partituras… todo aquello ¿para qué? ¿para tocar en casa y amenizar a unos vecinos que ya lo odiaban por aquello mismo? Cinco horas diarias de trabajo sobre las teclas de su pequeño piano de pared no le habían granjeado muchas amistades en el bloque en el que vivía.

De refilón miraba de vez en cuando al auditorio, vacío, en el que las notas resonaban melancólicas, recordando tiempos mejores. Era un réquiem, sí, por su carrera y por la música en general. E incluso un poco también por la raza humana, que iba asesinando una por una todas las artes; primero cayeron la escultura y la pintura, ahora les tocaba a la música y a la literatura: una moría por el poco valor que se le daba y la otra por la cantidad de obras mediocres que producía.

En una de las mesas dos personas charlaban, ajenas a la sublime interpretación del músico, sobre la final de la recopa que había tenido lugar unos días antes, celebrando la victoria del equipo local. En en centro del escenario, iluminado tan sólo por un par de tenues focos que apenas despertaban brillos en la tarima del suelo, sentado junto al piano de cola y vestido impecablemente de negro para la ocasión, el pianista podía oirles, indiferentes a su trabajo. Tocó, acelerando la pieza imperceptiblemente, con ganas de terminar. Ni miraba la partitura; tampoco le hacía falta. Dió el último acorde, que sonó especialmente trágico para la ocasión, se levantó, digno, y saludó a una platea vacía. Se giró, despacio, bajó con cuidado la tapa y se fue del escenario, sobre el que quedó, mudo, un piano cerrado: el epitafio perfecto a su carrera…

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