Las noches cerradas tienen la capacidad de ponernos los pelos de punta; debe ser algún miedo que adquirimos por herencia, como lo tuvieron nuestros padres, y los padres de nuestros padres. Aquella noche no iba a ser diferente. No había luna, ni estrellas con las que guiarse a través del enmarañado bosque que cubría las laderas de aquella solitaria montaña en la mitad de la nada; unos decían que era la morada de los dioses y otros que allí sólo habitaban demonios, pero todos estaban de acuerdo en una cosa: era un lugar especial.

Comencé a caminar tarde, justo en el momento en el que el sol acababa de esconderse. El suelo, seco y terroso, cobraba un tono rojizo y fantasmagórico, en el que se estiraban las sombras de los pocos árboles que allí había casi hasta el infinito, marcándome el camino. Sólo se escuchaba el sonido de la arenilla que era pisada por mis zapatillas. Me detuve un instante, para mirar alrededor: no había nada destacable, excepto a lo lejos, apenas ya iluminada, la imponente montaña, que desde allí parecía negra; más una morada de diablos que de dioses.

Un par de horas más tarde llegué al punto en que el camino comenzaba a subir; un estrecho sendero vagamente fosforescente, que era lo único que alcanzaba a ver, serpenteaba entre la densa maleza y los numerosos pinos negros. Miles de ruidos misteriosos alrededor me iban poniendo cada vez más nervioso. Decidí centrar mi mirada y los otros cuatro sentidos en no perder el camino y así, tras un largo rato, llegué a una puerta. Llamé.

– Te esperaba. Lo llevo haciendo años.- Una voz de mujer, grave y seria, surgió del otro lado de la puerta, que se abrió con un crujido de madera vieja.- Pasa y siéntate a la mesa.

La habitación estaba pobremente iluminada por tan sólo cinco velas: una en cada una de las cuatro esquinas y la quinta en el centro de una vieja mesa de caoba, negra como el carbón. Bajo la vela, un mantel rojo sostenía una pesada bola de cristal. Eché un vistazo furtivo; apenas conseguí ver poco más que un puñado de libros. Obedecí y me senté en la silla que ella me señalaba. No conseguía verle la cara, oculta por un pañuelo oscuro; tan sólo ví el resplandor de la llama en sus ojos, que parecían así, ardiendo, los del mismísimo Belcebú.

– Sé lo que quieres preguntarme. Pero…- Prosiguió rápido, sin darme tiempo a abrir la boca.- no voy a dar respuestas a tus preguntas; las debes encontrar tú. Aunque en el fondo, ya las sabes.- Asentí.

– ¿Alguna vez…?.- Comencé a preguntar. Me cortó, con dureza.

– Muchacho, aquí soy la única que puede hablar. Si tu pregunta pertenece al pasado, olvídala, pues pasó. Y si pertenece al futuro…- Guardó silencio. Se levantó. La bola comenzó a brillar, con un extraño tono azulado. Toda mi vida giraba dentro de ella, como un tornado, todos mis recuerdos, a cámara rápida; mis aciertos, mis errores, mis decisiones… Todo aquello que, fallo a fallo, golpe a golpe, me hizo ser tal y como era. Intentaba quitar la vista de la bola, pero era incapaz. Ella volvió a sentarse, y aquel remolino que parecía a punto de estallar se apagó. Me miró a los ojos, fíjamente.- Y si pertenece al futuro, todavía no se ha escrito y ni yo sé lo que puede pasar; tan sólo te recuerdo que puedes ser actor, espectador o ambas cosas, aunque en gran parte eso no está en tu mano. Toma.- Su mano, extrañamente joven, me acercaba una copa con una bebida clara.- Bebe.

Bebí. Al abrir los ojos, era de día. El paisaje me era familiar: allí estaba la lámpara blanca que colgaba del techo de mi fría habitación, mi mesilla de noche: una vieja cajonera barata barnizada a mano, sobre la que había un despertador destartalado y una radio de pilas, sin tapa. Me senté en la cama, me froté los ojos y miré la hora.

… Actor… Espectador… Futuro… Pasado… Mi cabeza necesitaba urgentemente un ibuprofeno…

Anuncios