En la imagen se puede ver una sala cuadrada, de cuatro metros por cuatro metros. Tiene tres paredes que dan a la calle, con tres grandes ventanales; uno de ellos da a una terraza vacía, otro a la casa de enfrente sobre un jardín descuidado y el tercero a las vias del tren. De las paredes, en papel oscuro de tono marrón, cuelgan una serie de retratos al oleo sobre marcos excesivamente recargados. El suelo es de madera ajada, tapada en parte por una vieja alfombra gris. Sobre la alfombra, una mesa redonda de madera oscura preparada para llevar un brasero bajo unos espesos cortinones granates con flecos dorados. En la pared que no tiene ventana, una librería baja en ele contiene bastantes libros antiguos. Sobre la librería, una cadena hifi barata, y a su lado un amplificador barato, de bajo, encendido.

En la sala hay un chico; tiene unos veinte años. Viste un pantalón corto, camiseta negra de uno de sus grupos favoritos, botines blancos altos, de tela; un larguísimo flequillo le tapa los ojos, castaños, de mirada viva aunque cansada. Lleva un bajo rojo, e intenta, dejándose la piel y los dedos, imitar a sus héroes. Toca canciones de Deep Purple, de Judas Priest y, sobre todo, de Iron Maiden. Desarrollos complicados para un principiante, pero que el chico, a base de muchas horas, ha conseguido dominar casi a la perfección; canciones rápidas con dibujos enrevesados a lo largo de todo el mástil que en principio le parecieron imposibles y que ahora, poco a poco y tras semanas de trabajo, ya controla.

El chico se sienta, cansado; abre y cierra las manos despacio, para relajar la musculatura de las manos, agotada tras tanto esfuerzo. Sube el potenciómetro del bajo y toca, con armónicos las cinco notas simples de “Encuentros en la tercera fase”, la melodía con la que los humanos se comunican con los extraterrestres. Sonríe y lo vuelve a repetir. En ese momento se asoma un amigo de sus padres por la puerta y le dice:

– Sí que tocas bien. Me gusta esa canción que has tocado.

– ¿Cual?- Pregunta el chico, ilusionado por que alguien se alegre de sus progresos.

– Esa, la de la película de ovnis y marcianos. Muy buena canción.- Y se va.

El chico mira el bajo, se mira los dedos y comprende. Coge aire y suspira. Niega con la cabeza. Repite las cinco notas, fáciles, insultantemente fáciles, vuelve a negar con la cabeza, baja el volumen, apaga el amplificador, se descuelga el bajo, seca las cuerdas y el mástil y lo coloca sobre su soporte. Antes de salir de la habitación le echa un último vistazo, sonríe y cierra la puerta.

Durante su vida tendrá esa sensación muchas veces. Han pasado los años. Aquel jovencito se ha convertido en una rueda más del complicado engranaje del sistema, aún un poco rebelde según los cánones socialmente establecidos, pero una pieza más al fin y al cabo. Sigue tocando; incluso compone sus propias canciones, aunque sólo las escuchan él y alguno de sus amigos. Muchas veces se cuelga el bajo, o la guitarra y acompaña discos de artistas que le gustan: Deep Purple, Judas Priest, Iron Maiden… Y también Pink Floyd, Sade, Megadeth, Red Hot Chili Peppers… O incluso Eric Clapton, Joe Cocker…

Y, de vez en cuando, con armónicos, toca esas cinco notas que le hicieron comprender. Y que le abrieron los ojos…

Anuncios