Nunca lo sabremos, ni tu ni yo, pero existe la remota posibilidad de que nos conozcamos desde mucho antes de lo que pensamos. Y no me refiero a vidas anteriores ya que, desgraciadamente, no creo demasiado en la reencarnación aunque haya quien, con cariño, me diga que tengo un alma antigua; en esto, como en otras muchas cosas, tiendo a ser práctico (hay quien dirá que vago o comodón): si me muero y no hay reencarnación pues bueno, no pasa nada, ya me lo esperaba. Pero ¿y si la hay?… Qué subidón, ¿no?

Hace unos años, no te sabría decir exactamente cuantos, visité aquella ciudad que en su día fue una fortaleza, al lado del mar: un hermoso puerto protegido, murallas, algunas calles antiguas… Y enfrente una isla, antigua prisión. Recuerdo el día; habíamos madrugado y recorríamos alegres el puerto y los alrededores casi todos los que allí habíamos ido. Hasta que, de pronto, un barco me llamó la atención: lo había visto mil veces, incluso hasta de niño había soñado con ir sobre él… Y allí estaba, mucho más pequeño de lo que lo había imaginado, con manchas de óxido y la bandera verde y blanca sucia, colgando sin gracia de un pequeño mástil roto en la popa. No podía ser. Miré y remiré, esperando equivocarme, pero no había ninguna posibilidad de error: allí reposaba, en lo que parecía su última morada, el viejo barco con nombre de bella reina de Ogigia, hija de Atlas; aquel viejo barco que había conocido todos y cada uno de los océanos de este planeta. Saqué mi vieja cámara, una reflex Canon de las de carrete, y le hice un par de fotos. Luego nos hicimos varias con el barco detrás, como hacen los cazadores ante una pieza cobrada.

Por aquellas fechas más o menos, es probable que estuvieras allí. No lo sabía; lo descubrí (o mejor dicho, me lo contaste) hace poco. Igual aquel día, aunque la posibilidad es más bien remota, paseabas por aquel viejo puerto y viste a un grupo de alborotadores turistas haciéndose fotos delante de aquel barco antiguo. Miraste, negaste con la cabeza y seguiste caminando, una bolsa de la compra en una mano, una bufanda de lana al cuello e igual un gorro. Y es que, y es algo que algo recuerdo bien, aquella mañana hacía mucho frío. Tu vida siguió adelante y la mía también, sin tener noticias una de la otra.

Sé que es complicado, sí. Pero la posibilidad existe…

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