– Después de tanto tiempo intentando olvidar, basta una tarde de conversación y todo vuelve como antes.- Niega con la cabeza.- Es una batalla que tengo perdida.- Sonríe.

– Me alegra que por fín lo reconozcas.

– Bueno, perdida es un decir. Ahora lo controlo más.- Asiente, no muy convencido.- O eso creo.

– Ya. Te creo.- Ella le mira. Hacía bastante tiempo que no se veían; está más o menos como siempre, un poco más delgado y con menos pelo. Sonríe irónica.- Te creo, vamos, que ni te haces a la idea cuánto te creo.- Hace un gesto con la cabeza, afirmativo.- Ni idea te haces…

– Y eso que ni escuché su voz….- Ella ríe y niega con la cabeza.

Pasan los días. El sol sigue brillando inmisericorde en lo alto del cielo de la Ciudad Dormida y sus alrededores. El otoño no se decide a llegar; las hojas van cayendo, sí, pero ni la lluvia ni el viento ni el frío se deciden a visitar una ciudad que empieza a echarlos de menos; las calles se tiñen de ocre, especialmente intenso durante las puestas de sol, mientras la gente camina despacio, buscando lugares con aire acondicionado, una tienda, un bar, una cafetería… Lo que sea.

El mar está en calma y hay gente en la playa. Aparca la bici contra un banco de piedra, justo al lado de la rampa que baja a la arena. Se sienta, sudando agotado, en el lado del banco que está a la sombra. Una gota está a punto de caer al suelo, desde la punta de la nariz; la sigue con la mirada y en el lugar donde aterriza algo llama su atención. Estira la mano y lo coge. Cerca, una bulliciosa familia corre hacia las duchas, perseguidos por un cachorro de perro, juguetón, como casi todos. Mira lo que ha cogido: es un trozo de una piña caída de un pino, pero por allí no hay ni piñas ni pinos. Mira alrededor: nada. Ni piñas ni pinos. Y entonces, suena el teléfono.

– Hola.

– Huy. Hola, qué sorpresa!

– Ho***, *o t* oig*… A *er…

– Espera que me muevo, a ver si hay más cobertura.- Mira las rayas del teléfono: están todas.

– ¿***de estás?

– Aquí, en la playa.- Dice, maldiciendo los problemas de cobertura. Casi no puede oirla.

– No te vas a creer donde estoy.

– ¿Donde?

– En el ***tau**te de *** appe***

– ¿Donde?.- Repite, buscando inútilmente un lugar donde escuchar mejor, aun a sabiendas de que no es él quien tiene el problema.

– En el restaurante de la peli bo* appe***.- No la escucha, pero la entiende perfectamente. Algo le recorre el cuerpo, de la cabeza a los pies.

– Hazle fotos.

-¿Qu*?

– Que le hagas fotos, porfa, y un día, me las enseñas.

– Ah, *ale. Oye, voy a c*lgar, que se es**cha f**al. Te ll**o mañ***.

– Vale. Pásalo bien y un besazo.

– Ig***ment*. *gur.

Cuelgan. Sonríe. Está contento; allí, en la otra punta del mundo, y se acuerda de él. Mira su mano. Sigue con el trozo de piña en la mano. Abre la cartera y lo guarda dentro. Mira al mar, asiente y dice:

– Tú también me crees, ¿verdad?

Y el mar, ajeno a todo, sigue en calma, acariciando la orilla…

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