Todas las noches, en especial aquellas en las que la luna brillaba perfecta en lo alto de un cielo estrellado, unas cuantas personas se sentaban alrededor de la hoguera. Vestido con unos harapos con más agujeros que tela, el viejo Tusitala se sentaba con las rodillas cruzadas frente a un fuego que le hacía parecer aún más misterioso. Era un hombre de mirada profunda e intensa, con una fuerza tal como sólo alcanzan los ojos que han visto demasiado en este mundo;  la frente de arrugas marcadas, semioculta bajo un largo flequillo canoso y enmarañado; rostro enjuto y afilado, como su cuerpo, parecido a un manojo de ramas atadas por el centro con una cuerda fina de esparto. Pequeño y encorvado ante las llamas, con la diminuta boca escondida tras una sucia barba espesa, hipnotizaba con sus palabras a los que se acercaban a escucharle.

Me gustaba hacerlo a escondidas, sentado detrás de uno de los gruesos troncos que rodeaban el descampado. Las primeras veces me senté con mi viejo cuaderno naranja e intenté dibujarlo, pero como es algo que nunca se me ha dado bien, lo dejé e intenté captar la esencia de sus historias y plasmarlas en aquellas pequeñas hojas blancas cuadriculadas. Aquello más o menos funcionó, hasta aquel día.

Recuerdo aquella noche con una sonrisa, no puedo evitarlo: estaba allí escondido, con mi cuaderno, detrás de mi árbol cuando llegó ella; una chiquilla de cabello alborotado y hermosa sonrisa, que escondía en sus ojos un pequeño deje de tristeza. Se acercó a la hoguera, acerco las palmas de las manos para calentarlas y se sentó lentamente, con las piernas cruzadas. En ese instante, nuestras miradas se cruzaron un segundo, y aunque sé que es imposible que me viera ya que ella estaba al lado del fuego y yo me ocultaba entre las sombras, me quedé con una sensación extraña; algo así como si aquella chiquilla pudiera leer a través de mi con la facilidad con la que uno leía la carta de un restaurante a través del cristal en que la exponen. Y pensé que debía conocerla, aunque para ello debería salir de mi apacible oscuridad.

Tusitala contaba iba contando sus historias, aunque no aparecía siempre. Había noches que la gente se sentaba alrededor de la hoguera, eternamente encendida, pero él no llegaba y todos se iban a sus casas, charlando animadamente. Ella venía a veces, con bastante regularidad y yo, desde mi pequeño rincón debajo del árbol, la miraba como un bobo, sin atreverme a salir. Igual que con Tusitala, empecé intentando dibujarla e igual que con Tusitala, lo dejé por imposible. No podía plasmar sobre las hojas la belleza infinita de aquella mirada cargada de melancolía, ni la ondulada fuerza de aquel cabello revuelto, aun más hermoso frente a las llamas. E intenté escribir historias, las mías esta vez.

Aquella noche, me había dormido. Sentía la corteza del árbol clavándose contra mi espalda, pero no importaba. En mis sueños, agitados como siempre, alguien me cogía de la mano y me sacaba de allí. No recuerdo nada más. Empezó a llover y me desperté. Mi corazón casi se detuvo al girarme y ver que no estaba sólo. Allí estaba ella, contemplándome con una sonrisa; era algo mayor de lo que en un principio me había parecido, aunque igual simplemente era que me había pasado muchos años allí escondido y ella había crecido. Iba a hablar pero ella, suavemente, puso su dedo índice sobre mis labios, cogió mi mano, la que no sujetaba el viejo cuaderno y me ayudó a levantarme. Y tiró de mi, arrastrándome sin resistencia, hasta sacarme de debajo del influjo de las sombras de mi árbol para llevarme delante de la hoguera, y colocarme en el sitio en el que se sentaba el viejo Tusitala. Miré alrededor, sin entender nada, hasta que ella hizo un gesto hacia mi cuaderno.

Me aclaré la voz y empecé a hablar…

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