El viento fuerte de costado alejaba el barco de la costa, pero el marinero ya estaba cansado de luchar. Miró la cadena montañosa que cada vez estaba más lejos, agitó la mano a modo de despedida y se tumbó, plácidamente, a esperar lo que viniera…

– ¿Vas a salir hoy?

– Sí.- Asiente mientras prepara un pequeño bocadillo de chorizo con mantequilla, como los que le preparaba su abuela cuando era niño. Abre el grifo y rellena un botellín con un poco de agua. Abre el frigorífico y saca una cerveza. De fondo, la voz que suena en la radio crea un eco monocorde que intenta llenar una cocina vacía.

– Han dado tormentas a la tarde.

– Sí.- Abre la cesta en la que va guardando todo y añade un poco de fruta.- Sí, ya he oído; pero tranquila, eso será a la tarde.

– No me gusta que vayas sólo.

– Ya, ya lo sé. Pero ya sabes que me gusta estar allí, rodeado de agua, con mis anzuelos, mi bocata, mi radio y un libro.- Sonríe, se acerca y le da un beso breve en la mejilla. Sabe que estará enfadada todo el día, incluso aunque llegue temprano.

– Hala, pues adiós.

– Adiós.- Repite él, mecánicamente. Todos aquellos años juntos y todavía no se ha acostumbrado a la dureza de sus gestos.

Sale a la calle, cerrando la puerta del portal con cuidado. Levanta la vista al cielo; parece increíble que hayan dado malo: hace un día sensacional, aunque en la mar uno nunca sabe. Camina sonriente hacia el puerto, donde tiene atracado su pequeño bote; una vieja barquichuela de madera, pintada de rojo y blanco, como los colores de su equipo de futbol favorito. Su nombre, Bergantillo, surgió una tarde de verano hace mucho tiempo, mientras compartía unas cañas con sus amigos de toda la vida. Llega al pantalán, pasa por los otros barcos y sube al suyo. Lo desata, empuja contra el costado del yate que atraca al lado, se separa, saca un pequeño par de remos de debajo de la tabla que hace de asiento, y comienza a remar, en dirección a la bocana del puerto. Vuelan ruidosas gaviotas por todas partes y todo alrededor huele a mar, a vida, a sensaciones que le transportan a otra época; una época en la que creía que todo era posible. Al salir del puerto se cruza con un pesquero grande; saluda a los marineros, que le devuelven el saludo, como siempre… El viejillo de pelo gris que va a pescar chipirones, como muchas otras veces… Y sigue remando, alejándose de la costa, hacia un pequeño bajo situado a algo más de un par de millas mar adentro, donde suele hacer sus mejores pescas…

Fondea el bote al llegar al bajo. Está cansado; cada vez le cuesta más remar hasta tan lejos, pero es que es el mejor sitio; no conoce otro igual. Ata el extremo del cabo a un gancho que hace muchos años puso en proa de modo provisional. Suelta un par de aparejos y se sienta. Abre la cesta y saca el bocadillo. Enciende la radio y la pone a su lado; nunca hace caso a lo que dicen, pero las voces y el chisporroteo le hacen compañía. Abre el botellín de cerveza y da un trago corto. El sol reina hermoso sobre un cielo casi despejado, ejerciendo de rey absoluto del firmamento. Y al viejo marinero, con el balanceo, la cerveza, la comida y el olor a mar, le entra sueño; una modorra intensa de esas de las que uno no puede escapar. Y se duerme…

Lo despertó el fuerte balanceo. Y se asustó: no se veía la costa. Miró frenético alrededor: nada; ni un barco, ni las cimas de los montes costeros… Nada. Consultó su reloj: había dormido casi cinco horas. No entendía nada. Intentó calmarse y miró de nuevo alrededor. El ganchito de proa había desaparecido. Alzó la vista al cielo y volvió a mirar la hora. Con eso se orientó y comenzó a remar hacia donde él pensaba que estaba la costa. Apagó la radio y marcó un ritmo constante. No quedaba mucho tiempo hasta que cayera la noche. Por su mente pasaron mil pensamientos, a cada cual más tenebroso. Subió el ritmo.

Necesitaba descansar. Encendió la radio. Llevaba casi una hora sin parar; tenía las manos con ampollas. Había intentado envolvérselas con la camiseta, pero estaba sudada y no ayudaba. El sol acababa de ocultarse tras el horizonte: momento para darse la vuelta y ver si había avanzado algo. Giró y sí: ya se veía la costa; muy lejos todavía, pero era algo. Se distinguían algunas luces lejanas. Reanudó el ritmo, bastante cansado, pero feliz, sabiendo que quedaba menos. Y de pronto, todo cambió: comenzó a soplar un fuerte viento que venía de tierra, y que frenaba su avance. Intentó subir un poco el ritmo, pero ya no podía. Dejó los remos un instante para descansar. Tenía sed, hambre y estaba agotado. Y para colmo, ya no había luz y el viento de la costa arrastraba arena, lo que dificultaba la visión.

La noche iba cayendo; una noche triste, sin estrellas ni luna, cubierta por nubes cargadas de agua. En cualquier momento comenzaría a llover y sería otro problema más a añadir a los que ya tenía; había que reanudar la marcha. Y aunque ya casi no podía ni agarrar los remos, siguió dándolo todo al menos durante una hora larga más.

El viento fuerte de costado alejaba el barco de la costa, pero el marinero ya estaba cansado de luchar. Miró la cadena montañosa que cada vez estaba más lejos, agitó la mano a modo de despedida y se sentó, plácidamente, a esperar lo que viniera…

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