Hola. Sé que nadie me mira, pero saludo. Necesito escuchar una voz humana, aunque sea la mía, o me volveré loco. Os voy a contar la razón de que hoy me encuentre aquí, sentado sobre este camastro de mala muerte, con un inodoro sucio al lado de donde se coloca la almohada, justo debajo de una minúscula ventana con barrotes en el muro de piedra. Miro alrededor; no puedo quejarme, al menos estoy sólo en esta fría celda diminuta. Las paredes guardan marcas y recuerdos de huéspedes anteriores: hay un par que amaban a su madre, otro que odiaba a dios por hacerle “esto” (no sé a lo que se refiere; tan sólo pone: “Dios, te odio por acerme esto”… y sí, hacerme sin hache), un par de fotos antiguas de chicas ligeras de ropa y que todos hemos respetado y honrado a nuestro modo, y un montón de marcas que hizo alguien contando días. Eso nunca lo he entendido, ya que hay un calendario en la pared.

Todos los días, a la misma hora, un funcionario de prisiones viene y me deja mecánicamente una bandeja con algo de comida insulsa; debo tener el colesterol por las nubes, aunque tampoco es que eso ahora me preocupe demasiado. Los primeros días intenté entablar conversación con él…

– Hola.- Silencio.- ¿Cuando nos van a llevar al patio? Es que soy nuevo aquí y…- Silencio y se va.

– Hola.- Silencio. Es otro día.- Oye, que ayer no empezamos con buen pie y…- Silencio y se va.

– Hola.- Silencio. Han pasado unas semanas.- Te quería pedir un favor…- Silencio y se va.

– Ey, tío.- Silencio. Llevo ya un par de meses.- ¿Sabes que tienes unos ojos preciosos?.- Silencio y se va.

… y lo dejé por imposible. Estoy convencido que es un robot. O algo similar.

Luego, hay días que salimos al patio, pero a los de nuestra sección (ahora sólo estamos tres) no nos mezclan con el resto: creen que podemos hacerles algo. A ver, defíname algo, por favor. Supongo que esto es por lo que hicimos para terminar aquí. Y eso intentaba contaros: qué hace un  ser humano normal y corriente, con una vida sencilla y medianamente resuelta, para terminar aquí recluído por el resto de sus días.

Todo comenzó un mes de enero de hace unos años. Un par de meses antes me había comprado un pisito en un barrio de las afueras. Perdón, rectifico lo dicho: un par de meses antes había vendido mi alma a una entidad bancaria, que dispondría de mi persona para hacer con ella lo que le viniera en gana. Sí, así está mejor.

Tengo que reconocerlo: era feliz en mi pisito. Al principio se me hizo extraño… Buscar muebles, vajilla, cubertería, lámparas, una tele, sofás, una cama, una mesilla… Era algo que no había hecho nunca y se me antojó como una aventura. Y era hasta divertido… Ibas a un sitio, negociabas el precio, la forma de pago, ibas a otro, le mentías diciendo que el de al lado te dejaba lo mismo un cinco por ciento más barato, él te lo mejoraba un siete, ibas al de al lado, le decías que un diez… Sí, era divertido. De hecho, lo fue hasta el fatídico día que, al abrir la puerta del portal, me encontré de frente y sin poder evitarlo con aquello de lo que llevaba tiempo escapándome: una reunión de vecinos.

Recuerdo aquellos once pares de ojos clavados en mi, como los puñales en el cuerpo de César. Y recuerdo que lo que llevaba en brazos, una pieza de mármol para el mueble de la entrada, pesaba una auténtica barbaridad.

– Hombre, tú eres el nuevo, ¿no? El del sexto B.- Me estira una mano para que se la estreche, algo que consigo a duras penas haciendo equilibrios.

– Eh, sí. Si no os importa, subo esto a casa y bajo.- Intento avanzar, pero otra vecina me intercepta.

– No, el ascensor se ha estropeado, pero ya hemos llamado al técnico.- Me guiña un ojo, no entiendo porqué, y añade: – Dice que vendrá el lunes.

– Ah, que genial.- Puntualizo, pensando en la paliza que me espera con eso en brazos seis pisos.

– Pero no te preocupes, que sólo van a ser dos minutos.- Me dice sonriendo el primer vecino.- Ni hace falta que dejes eso en el suelo, que mejor que no lo hagas, que tiene pinta de pesar y a ver si vas a marcar las baldosas del portal.- Añade, ampliando su sonrisa.

Total, que la reunión duró dos horas. En ella se habló de lo hijoputa que era el del segundo que debía dos años de comunidad (eso sí, cuando vino, todos le saludaron encantadores y nadie le dijo nada); del perro de la del cuarto, que no dejaba de ladrar; de la futura obra del portal que llevaban tres años esperando, y de la que siempre hablaban pero nunca se hacía nada; de lo buenas que quedan las tortillas de queso si les añades un poco de pimentón dulce, aspirina y algo de plátano (experimento que no me atreví a hacer), y de mil chorradas más, entre ellas la manera de hacer unos gorros fabulosos de ganchillo. Ah, y la bomba:

– Por cierto, al nuevo le toca ser el Presidente de la Comunidad.

Adiós. La jodimos. Por eso la reunión. Ahí me di cuenta de que los muy ladinos habían estudiado mis costumbres y horarios y habían puesto la reunión de tal modo que me fuera imposible escapar. Y con los brazos como los tenía, hubiera aceptado cualquier cosa, por innoble que hubiera sido. Acepté, bastante rápido, para que terminara esa tortura china a la que me estaban sometiendo y , tras un cuarto de hora de felicitaciones, pude irme a morir a mi casa.

Pasaron los días. Parecía que el cargo en cuestión iba a ser llevadero; tan sólo tenía que realizar el absurdo trabajo de copiar lo que ponía en la libreta de ahorros en el libro de cuentas, pasar una nota al resto de los portales del edificio para que pagaran los gastos de antena, que nos los pasaban a nosotros, y poco más.

Pero como casi siempre, lo que era un lugar aparentemente idílico, resultó no serlo tanto: los vecinos de la puerta de al lado se daban unas fumadas de marihuana que hacían imposible entrar en la sala para ver la tele y enterarte de algo; el perro de la del cuarto era una agonía, y además, a la señora en cuestión nunca la había visto, y eso que llevaba viviendo allí casi medio año; los del primero eran unos cotillas insufribles (y yo era su fuente favorita de cotilleo: soltero, joven y con muchas amigas… Un promiscuo impenitente e insaciable… y eso que, desde que aterricé en ese edificio, estaba en el dique seco…); los del segundo, que compartían piso con el moroso, tenían montado una especie de chiringo de venta de todo tipo de sustancias ilegales y encima, para colmo, el que vivía justo debajo era músico. Y de una banda de heavy metal. Horror. Pero claro, me había hipotecado de por vida y, para colmo de males, había comprado mi pisito justo antes de que la burbuja inmobiliaria estallara. Mi piso valía entonces la mitad de lo pagado. Como dije antes, “Ah, qué genial”.

El culpable de todo fue el moroso. Vale, el moroso no tuvo la culpa de que a mi se me cruzara el cable e hiciera lo que hice, pero si se hubiera puesto al día con el pago nada de aquello hubiera ocurrido.

Todo comenzó a los tres días de haber recibido el cargo. Decidí hacerle una visita. Llamé a la puerta, habiéndole visto entrar desde mi balcón, pero nadie me abrió. Y eso que sentía que alguien me observaba por la mirilla de la puerta. Volví a intentarlo y a los diez minutos lo dejé por imposible. Así estuve unas tres semanas. Y claro, la situación empezaba a mosquearme. Además, tenía al anterior presidente, el del primero, ese que tan amablemente me había estrechado la mano el día de la reunión, recordándome todos los días que debía reclamarle el pago al del segundo y que por favor hiciera callar al perro de la del cuarto. La pregunta era porqué no lo hizo él cuando estuvo en el cargo.

La siguiente estrategia fue esperar a que llegara con el coche. Tampoco funcionó; cada vez que me veía pasaba de largo y no aparcaba. Duró otras tres semanas, más o menos, durante las cuales tuve que aguantar al insistente vecino del primero, que comenzaba a cansarme. Por otro lado, las cosas en mi trabajo no iban demasiado bien, y la fábrica en la que trabajaba no pasaba por su mejor momento.

La siguiente estrategia, un par de meses después, fue madrugar y sentarme a oscuras a esperar a que fuera al trabajo. Esa sí que funcionó.

– Por fín. Parece que se escapa usted de mí.- Le dije, ligeramente mosqueado. Sabía que no era una bonita manera de presentarme a un vecino, pero ya estaba cansado.

– Nooo, escapaaaaarme diceeee…- Por el acentó capté que era argentino o uruguayo.- En absoluuuuto.- Dijo, con una de las sonrisas más amplias que he visto en mi vida.

– Bien, pues le recuerdo que debe dos años y medio de comunidad. Eso da un total de dos mil setecientos euros.

– Dos mil setesieeeentos, qué barbaridaaaad.- Dijo.- Pero de donde voy a sacaar toda esa plaaaata…- Negué con la cabeza.

– No sé. Y además, no es mi problema. Llevo cinco meses persiguiéndole, sintiéndome como el cobrador del frac. Si pagara puntualmente no tendría esos problemas.

– Buenoo, cálmese. No se preocuuupe, que en un par de mesees, me he puesto al día.

Seis meses después todo seguía igual. Volví a la primera estrategia, a la segunda… Nada. La tercera tampoco funcionaba, ya que él se limitaba a llamar a su trabajo (en voz lo suficientemente alta para que yo lo escuchara al otro lado de la puerta) y decía que estaba indispuesto. Seguía con el aliento del del primero en el cogote, día tras día, como un reloj. Mi empresa entraba en ERE. Todo era maravilloso. Notaba como la tensión subía en mi interior, como una olla a presión. Una tarde de otoño, a punto de explotar, mi televisor se fundió. Pum. Y aquello fue el comienzo del apocalipsis. Decidí cobrarme la deuda, e informar con todo lujo de detalles y explicaciones al del primero.

Cogí mi kimono, hice el nudo correctamente, como nos enseñó aquel anciano samurai que tuve de maestro en mi niñez, descolgué una katana que había en la sala y que me había regalado una antigua novia, me la até a la espalda, de tal modo que la empuñadura quedara justo detrás de mi nuca, y me até una cinta ancha y roja con la bandera de Japón en la frente, para sujetarme el pelo. Abrí la puerta y bajé los cuatro pisos que me separaban del moroso. Llamé al timbre. Escuché un “hostia” detrás de la puerta, justo un segundo antes de que la derribara de una patada. El quedó atrapado debajo.

– ¿Vas a pagar lo que debes?.- Pregunté en tono tranquilo. Me sentía como se debió sentir Hannibal Lecter en aquella escena justo antes de terminar con el poli a porrazos, zumba, a la derecha, zapa, a la izquierda. Me miró aterrado, asintiendo a toda velocidad con la cabeza.- Ya. Pues mira, no sé porqué, pero no te creo.

Eché la mano hacia atrás y agarré la empuñadura. Saqué despacio la espada, cuyo filo desprendía un brillo dorado al salir, estiré mi brazo, formando un ángulo recto con el cuerpo, con la katana hacia arriba. Supongo que aquello, visto desde fuera, parecería una escena de un comic manga. Y de lo que ocurrió después no me acuerdo muy bien.

Sé que la policía me encontró jugando con el perro de la del cuarto, que llevaba muerta meses, y que le andaba lanzando una de las manos del músico. Por lo que me contaron luego, creo que no sobrevivió nadie en el edificio, quitando al perro.

Y nada, que ya os he contado porqué estoy aquí. Así que ya sabéis, si queréis evitaros problemas, os recomiendo que llevéis al día los pagos de la comunidad de vecinos, que uno nunca sabe quién vive al lado…

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