Nada, que aquí vengo otra vez con otra de mis paranoias nocturnas, fuente de parte de mi inspiración. Sí, Edu, sé que me lo tengo que mirar, pero es que creo que en el fondo me gustan. Hala, empezamos.

Como sala de conciertos, un antiguo teatro: una fastuosa e impresionante araña de cristal cuelga majestuosa del centro de un techo ovalado cubierto de extrañísimos dibujos. Los palcos, en una altura de hasta cuatro pisos, se encuentran todos a la luz de las velas que hay colocadas en unos pesados candelabros negros, uno a cada lado y con la entrada medio tapada por pesadas cortinas granates, atadas por gruesas cuerdas de color dorado. La sala está llena. Todos vamos vestidos como si fuéramos camareros: traje negro de corte clásico, camisa blanca, abotonada hasta el cuello, pajarita y zapatos brillantes. Va a empezar el concierto y la luz va bajando de intensidad. Mi pregunta… ¿Quién actúa?

De pronto, cae el telón y un estallido inmenso de luz: Iron Maiden abren con The Trooper… Lo de siempre: Harris corriendo por el escenario para terminar colocando el pie encima de uno de los monitores en forma de cuña, Dickinson con su bandera detrás de la batería, Murray, Smith y Gers en primera fila, moviéndose sincronizados mientras nos atronan con sus guitarras y detrás, Mr. McBrain aporreando su inmensa batería. Y Mi amigo Ingwie y yo, en primera fila, moviendo nuestros cráneos ya sin pelo. Y es que sí, rondaremos los ochenta y tantos años, pero ahí estamos, agitando la cabeza y con el puño en alto, rodeados de nuestros compañeros de geriátrico. Y de pronto, el cataclismo. El señor Harris se cae del escenario y se rompe, como una figura de porcelana, en miles de pequeños trocitos. El grupo deja de tocar. Dickinson se acerca al micro y pregunta, en perfecto castellano:

– ¿No habrá alguien por aquí que sepa tocar alguno de nuestros temas? Que resulta que nos acabamos de quedar sin bajista.- Y no sé porqué, levanto el brazo. Me mira. Sonríe. Siento que el mundo me traga y en ese momento, me arrepiento de mi gesto valiente: un viejillo de ochenta y tantos años, sacado del geriátrico para esta ocasión especial, ¿qué coño pinta encima de un escenario intentando ocupar el lugar de Mr. Steve Harris, uno de los bajistas con más prestigio del metal? Pero a lo hecho pecho, como se dice por ahí.

Subo a duras penas por una escalera que hay a un costado. Mi intención es quedarme en una esquina, tocando lo que recuerdo de las canciones de los maiden, intentando no equivocarme demasiado y pasando lo más desapercibido posible. Me pasan el bajo azul del señor Harris, me lo cuelgo y entonces ocurre el milagro: noto que mi cuerpo rejuvenece; se me pasan los dolores y… espera! ¿Qué es esto? ¡Increíble! ¡¡Vuelvo a tener pelo!! Rizado como en permanente, pero pelo. ¡Y muy largo! Muevo la cabeza en plan ventilador, un poco acojonado por las cervicales, pero todo responde perfectamente. ¡Increíble! ¡Es mejor que la fuente de la eterna juventud! Y entonces me miro las piernas… Ay, dios… Luzco unas perfectas mallas ajustadas a cuadros blancos y negros, junto con una camiseta de tiras que parece sacada de debajo de un camión que acaba de volver del Paris Dakar… Pero bueno, vuelvo a ser joven. Y mando mi timidez a la mierda.

Corro por el escenario, mientras atacamos Two minutes to midnight, pero aunque nuestra imagen es esa, agresividad, velocidad, fuerza, y aunque nuestros dedos tocan la canción correcta, de los altavoces sale, sin temor a equívoco, La Barbacoa, de Georgie Dann. Y la gente baila, dando palmas, al ritmo de “este verano, con todos los amigos…” Miro hacia atrás y veo a mi amigo Ingwie tocando el teclado, con una sonrisa. Llegan dos gorilas de seguridad y se lo llevan. Vuelven a sonar los dos minutos para medianoche. El techo se convierte en un enorme reloj al que, efectivamente, le faltan dos minutos para medianoche. Seguimos tocando. Ahora sólo falta uno. Va a terminar la canción, calculo, a la vez que den las doce. Parece increíble. Y efectivamente, a diez segundos de medianoche, Dickinson hace una cuenta atrás, diez… nueve… ocho… siete… seis… cinco… cuatro… tres… dos… uno… cero! Y todo a mi alrededor se convierte en figuras de porcelana. Y el silencio te pone la piel de gallina. Me da miedo moverme ya que recuerdo lo que ha pasado con Harris y me quedo quieto, agarrado a una miniatura azul del bajo del pobre Steve, sin mover un pelo, hasta ver que ocurre.

Mucho más tarde, despertador.

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