Tres golpes secos en la puerta. Así empezó todo. Y lo más extraño es que realmente no sé qué fue lo que ocurrió. Sólo sé que ahora, cada vez que alguien llama a la puerta, cojo algo afilado. Por si acaso. Sí, por si las moscas…

Era media tarde de un sábado. No había podido ir a echar mi carrerita de los sábados a la tarde, una sana costumbre adquirida hace muchos años (y de la que mis rodillas se quejan cada vez con más frecuencia), pues había tenido un problema en el trabajo y me había retrasado. Y como suelo correr por el monte y pasada una hora del día ya no se ve, pues a partir de una hora antes de esa hora en la que se va la luz uno ya no sale a correr, que ya no es hora  (toma Moreno, que decía aquel…). Así que decidí sentarme delante de mi ordenador portátil, con algo de música de Chopin de fondo, a escribir unas cosillas. Y en eso estaba cuando sonaron aquellos tres golpes secos en la puerta. Me giré, empujé con las manos el escritorio para echar hacia a trás la silla, me levanté, di un trago acelerado al café, pulsé las teclas “Control+G” y me fui a la puerta. Y abrí sin mirar, y eso que no esperaba a nadie. Y ese fue mi error.

– Hola. Hace una tarde hermosísima, por cierto… ¿Y sabes porqué?

– Eh… Pues no sé…- Dudo. Qué manera de cagarla, abrir sin mirar…

– Pues hijo mío, porque Dios así lo ha decidido, ya que él está detrás de todas las maravillas que ves alrededor.

Miro alrededor; no veo maravillas, sólo una vieja escalera y que no tengo escapatoria posible: tengo ante mi uno de los Comandos Atalaya que patrullan mi barrio: una chica de unos veintipocos años, bien vestida, aunque no como se viste ahora y una sargento Rotenmeyer de metro setenta y cinco, a la que tengo que mirar hacia arriba, con el pelo cortado a cepillo y falda de tubo de pana caqui. Una mujer de esas que te da un cuarto de bofetada y cruzas el pueblo sin tocar suelo, con maleta de cuero negro abrazada al pecho, por supuesto musculoso. Mierda… Si aunque fuera estuviera vestido con mi uniforme anti-testigas (pantuflas, bata sin cinturón… nada más… Mano de santo, oiga).

– Esto… Mire, es que… mmm… tengo prisa. Sí, eso! que tengo prisa.- Intento sonar convincente, aunque vamos, con lo que he dicho… Como que complicado.

– Hijo mío… Todo lo que nos rodea, todas esas maravillas las ha creado Dios…- Ya veo la penitencia al enorme pecado cometido de abrir una puerta sin mirar: charla teológica de las de tomo y lomo. Horror. Un sábado por la tarde. Horror.- … ¿Lees la biblia?

– No.- Reconozco. Niega categóricamente.

– Pues muy mal. Porque la Biblia es el libro que Dios nuestro señor nos ha dejado como guía en la tierra. Ahí está todo…- Cualquiera le dice a esta buena mujer que uno es agnóstico.- Porque tu crees en Dios, ¿verdad?

– Uf. – Aquí es donde me desdoblo. Una parte de mi mira a la que acaba de decir “uf” llevándose las manos a la cabeza… Pero tío, ¿qué clase de respuesta es esa? Ella quiere un “sí”, darte sus revistas, y quedar otro día, o un “no” para abrirte los ojos y la mente (y si se pone a tiro la cartera)… Pero un “uf”… El otro yo se encoje de hombros y se excusa… “es lo que me ha salido…”

– ¿Uf? En las creencias no hay término medio. O se cree o no se cree.

– No. Se puede dudar.- Se pone seria. Mi otro yo se tapa los ojos.- O incluso puede no importarte.- Macho, con dos huevos. La acabas de liar. Seis ojos me miran como platos: la Testiga Junior, la Testiga Rambo y mi otro yo, que añade “tú… ¿cuando aprenderás a tener la boca cerrada?”. Ella frunce el ceño. Creo que va a atacarme. Me encojo. Me siento como si midiera metro quince y ella cinco o siete kilómetros… (vale, ahí me he pasado)

– Hijo mío, en la biblia está la salvación.- Dice, con voz glacial.- Si no sigues sus pasos, te condenarás.- Asiento.- ¿Quieres arder en las llamas del infierno hasta el fin de los tiempos?

– Hombre, pues…- Intento bromear.- Ahí abajo tiene que haber gente muy interesante y…- Me corta seca.

– No es asunto para tomarse a la ligera, joven.- (uy, qué ilusión!).- Le voy a dejar aquí estas revistas y me pasaré dentro de unos días para comentarlas.- Las cojo, casi temblando ante la mirada de furia, con los ojos inyectados en sangre, que me echa.- Hasta dentro de unos días.- Y se van. Cierro la puerta.

Ni os imagináis lo rápido que vendí la casa…

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