Todo ocurrió tras tres días de viaje. Había subido al tren que me llevaría finalmente a mi destino apenas unas horas antes e iba ensimismado, mirando a través del cristal, viendo cómo pasaban bosques enteros en dirección contraria a la mía. Había algunas aldeas perdidas en medio de la nada, en las que parecía imposible que viviera alguien. Viajábamos encallados a media altura de un profundo cañón, cruzando algunos túneles que parecían no acabar nunca, y al salir de ellos quedábamos cegados por la intensidad de la luz del sol, que se recortaba en lo alto contra los picos afilados de las montañas, pintados de blanco por las nieves eternas.

Como siempre, la música me acompañaba; escuchaba Fire in the mountain de Long Distance Calling. Sentía la vibración constante del traqueteo de la locomotora al circular por aquellas viejas vías, misteriosamente a ritmo con la melodía, mientras me preguntaba qué era lo que me había llevado allí, tan lejos de mi hogar y de los míos… Una mochila pequeña casi vacía, un libro, un cuaderno, la cámara de fotos, un par de cargadores y algo de dinero… Todo lo que necesitaba para vivir… Y no encontraba respuesta a mi pregunta, tantas veces repetida.

Comenzó a llover, al principio débilmente. El cielo se había ido cubriendo de nubes casi sin que nos diéramos cuenta; primero aparecieron en las cumbres unas finas líneas blancas, que fueron creciendo hasta cubrirlo todo. Y de pronto, restalló un tremendo relámpago que nos hizo estremecer a todos. Aquel no era un buen sitio en el que pasar una tormenta: un pesado tren antiguo, circulando a toda velocidad a traves de unos viejos railes al lado de un precipicio… No, decididamente no era un buen sitio.

Aquello era un infierno. Incapaces de ver nada a través de los cristales, el resto de los viajeros intentaba calmar sus nervios perdiéndose en la lectura o charlando de cualquier cosa con quien tuvieran más a mano. Subí el volumen de la música; no tenía ganas de hablar con nadie. Pero un par de minutos más tarde, el tren se detuvo; por lo visto, el conductor consideraba peligroso circular en esas condiciones y prefirió esperar a que la lluvia cesara.

Después de diez minutos viendo llover me levanté, recogí mis trastos y me dirigí a la cafetería. Me pedí un café sólo bien cargado y un bollito reseco que tenían abandonado sobre un plato justo al lado de la máquina registradora. Me senté en una mesa libre, al lado de una ventana. Aunque seguía lloviendo intensamente, algo se podía ver; hacia abajo, un profundo precipio del que no se intuía el fondo; pero un poco más adelante, la orografía del terreno permitía un pequeño llano entre las vías y el abismo. Allí había un pequeño grupo de árboles bajos de escaso follaje y, curiosamente, una mesa de madera con dos bancos de piedra, uno a cada lado. No sé a quién demonios se le ocurriría no ya llevar eso hasta aquel remoto y solitario lugar, sino tan sólo sentarse en aquel rincón olvidado del planeta. Miré, busqué y me volví loco intentando averiguar cual sería la manera de llegar hasta allí, teniendo en cuenta que el tren no paraba hasta la siguiente ciudad, todavía a bastantes horas de distancia. Y en ello estaba cuando, medio escondida entre los árboles, la vi.

Era una chica joven, cercana a la treintena, delgada, de piel clara y largo cabello ondulado, en aquel momento aplastado por el agua que seguía cayendo inclemente. Llevaba un largo vestido blanco y unos zapatos finos con ligero tacón, totalmente fuera de lugar. Nuestras miradas se cruzaron un instante; supongo que ella leyó sorpresa en mis ojos. En los suyos leí desamparo. Y sentí algo extraño; algo se removió en mi interior, como si la llevara buscando toda la vida, sí, a ella, perdida en aquella montaña. Sé que suena como una locura, pero así fue. Miré alrededor, busqué un plástico o algo con lo que taparme y como no lo encontré le pedí al camarero un par de grandes bolsas de basura. Las abrí, hice con ellas una especie de capa y desoyendo las palabras del camarero salí a la intemperie.

En medio segundo y pese al plástico estaba calado hasta los huesos. Llegué hasta donde estaba ella. Nos miramos. Me sonrió.

– Has venido. Por fín.- La miré sorprendido.

– Perdona, ¿te encuentras bien?- Asintió.

– Ahora que has llegado sí. Sé que todo va a ir bien.- Se me tiró en los brazos y me abrazó, con fuerza. Sentía tiritar su cuerpo delgado y frío.

– Oye, vamos adentro, que nos vamos a pillar algo.- La lluvia, aunque pareciera imposible, caía aún con más fuerza. Me costaba esfuerzos escucharle.

– ¡No! Dentro no.- Me miró a los ojos, suplicante.- Quedémonos aquí… Este es nuestro mundo, nuestro reino… Ven.- Me llevó de la mano justo hasta un banco de piedra. Hizo que me sentara. Empezaba a sentir frío.- Mira.- Me señaló el horizonte. No se veía nada: una intensa cortina de agua lo tapaba todo.- Mira, es nuestro reino.- Asentí. Sí, estaba loca. Como una cabra. Decidí seguirle la corriente para, en un descuido, llevarla al tren.

– No veo gran cosa, la verdad.- Me encogí de hombros. Sonrió. Era una chica realmente hermosa; un rostro ligeramente pecoso, de labios carnosos, pómulos marcados, ojos azules de mirada dulce y un pequeño piercing en la nariz.

– Abre la mente.- Me señaló el horizonte.- Allá, detrás de aquellos picos, está nuestro castillo.- Pasó a situarse detrás mío.- ¿te lo imaginas?- Me susurró al oído. Se me puso toda la piel de gallina; hacía mucho tiempo que nadie me hablaba así. Asentí.- Y alrededor del castillo, hay grandes campos sembrados de vides.- Puso sus manos sobre mis hombros, mientras seguía susurrando. Sentí sus cabellos mojados rozando mi piel.- ¿Los ves?

– No. Con esta lluvia, sería mejor que…

– Calla.- Paso delante. Juntó su frente a la mía. Sus labios estaban tan sólo a un par de centímetros de los míos.- Ahora, cierra los ojos.- Sentía el pulso acelerado en mis sienes.- Contarás hasta treinta…- Su boca cada vez estaba más cerca.-… contarás hasta treinta y, al abrir los ojos, verás nuestro reino.- Sus labios rozaron los míos… Aquello no podía ser real… Empecé a contar, temblando, en voz baja.

– ¡Treinta!- Dije en voz alta. Y abrí los ojos. No podía ser: ella había desaparecido, y el tren también. Cuando contaba, ella debió subirse al mismo y con la intensa lluvia no lo escuché arrancar… Aquel era mi reino: treinta metros cuadrados al borde de un abismo… Un reino perfecto para un absoluto gilipollas…

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