Hoy necesitaba uno de esos abrazos que sólo tú sabes dar; de esos que al separarte sigues con la piel de gallina y los sentimientos a flor de piel; de esos que deberían durar siempre… Pero no era posible: tú no estabas y yo no podía. Así que hice lo único que podía hacer: pinché algo de esa música que tenemos en común, eché hacia atrás el respaldo de mi silla, crucé las manos detrás de la cabeza, miré al techo un momento, cerré los ojos y escapé de aquel infierno. Y fui libre, por un instante de tan sólo cuatro minutos y veintinueve segundos… Pero libre… Y sentí tu abrazo, aunque fuera imaginado…

Un par de horas más tarde corría por las calles de la Ciudad Dormida, junto al mar, al lado de la nueva playa que ocupa el espacio donde estaba la mía; las olas rompían formando pequeños tubos que los surfistas aprovechaban para disfrutar de una tarde soleada, mientras en la orilla, pequeñas cuadrillas reían y charlaban… La gente caminaba despreocupada por el paseo y se respiraba paz y tranquilidad, esa que me había faltado estos últimos días.

Y subí al monte, corriendo, para oxigenar mi espíritu… Y ya me sentía casi bien cuando al llegar cerca de mi casa vi que de nuevo el ser humano, en su afán de lucrarse, estaba derribando lo que hace unos días era una hermosa ladera boscosa para construir una carretera que sólo dios y ellos saben para qué servirá… Y ya ves, de nuevo hubiera necesitado un abrazo de esos que sólo tú sabes dar… Paré de correr, me senté sobre un árbol caido y me quedé allí, tras rebuscar en mi Ipod, otros cuatro minutos y veintinueve segundos durante los que pasaron, sin mirarme siquiera, un par de excavadoras con restos de aquel desastre entre los dientes de las palas…

Al llegar a casa, salí al balcón, al que hace mucho que no visitaba… Nos estamos masacrando y no le importa a nadie…

A nadie…

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