En una de las novelas que me estoy leyendo uno de los personajes pregunta, en uno de los primeros capítulos “¿has visto el mar?… ¿Cómo es el mar?”. Cuando lo he leído iba sentado en el autobús, rumbo al infierno. Y no he podido evitar mirar por el cristal; cruzábamos por uno de los puentes del río que atraviesa la Ciudad Dormida; uno de esos puentes con grandes farolas que salen en muchas postales; farolas tan altas como faros, blancas y verdes sobre un pedestal cúbico de piedra, coronadas por una gran esfera de vidrio grisáceo… Supongo que la frase leída, junto la vista del mar a la desembocadura me ha recordado cierta semana hace ya muchos años.

La cuadrilla que éramos entonces solíamos ir a la playa casi todas las tardes de verano; a la mía no, sino a esa otra que aparece a menudo en las postales enmarcada por un círculo de barandilla blanca. Ibamos desde las cuatro hasta que caía el sol, a menudo incluso más tiempo. A veces nos llevábamos la cena y nos quedábamos a ver como se ponía el sol en el horizonte. Alguien sacaba una guitarra y mientras unos cantaban, a los que nos daba vergüenza, mirábamos el ocaso. Ese era nuestro plan: ir temprano, coger sitio para unos dieciseis y luego, los días que la marea estaba baja, dibujar en la arena un campo de futbol y perseguir el balón hasta que el agua borraba las líneas.

Aquel era el último verano que pasaríamos juntos: acababa el instituto y pasábamos a la universidad. Unos nos quedábamos, aunque repartidos por distintas facultades (informática, derecho, ingenieros…) y otros se iban a estudiar fuera (Salamanca, Madrid, Santiago…). Y como viajar era mucho más complicado que ahora, eso suponía que nos veríamos muy poco. Así que, aunque nadie lo dijera y todos lo supieramos, aquel sería probablemente eso: nuestro último verano juntos.

A la cuadrilla habitual se habían juntado algunas de las chicas del último curso, y ya sabéis, a esa edad (bueno, y a cualquiera) las hormonas andaban un poco revolucionadas, pese a que nuestra exagerada timidez, algo que tenemos que agradecer a aquel colegio que no era mixto, nos impidiera vivir aquella edad como hubiéramos debido. Una semana de agosto una de aquellas chicas, a las que cogí mucho cariño y que se llamaba Celia, vino con su prima.

No recuerdo su nombre; todo lo que recuerdo de ella es que era una chica bajita como su prima, muy delgada, pelo corto teñido de pelirrojo oscuro, ojos negros de mirada huidiza y una hermosa sonrisa. Nos la presentó una noche que estábamos tomando algo por la parte antigua de la Ciudad, en uno de esos bares en los que quedábamos para bailar la lambada, de moda aquel verano; una chica muy maja, divertida, viva y de respuesta rápida. Una chica de la que era fácil enamorarse.

Al día siguiente, todos juntos de nuevo, fuimos a la playa. Al verla llegar me pareció que algo no iba bien, pero estaba equivocado; juntó su toalla a la mía, con la sonrisa cómplice de Celia y se sentó en el borde, mirando al mar. Mis amigos se levantaron, fueron a la orilla, dibujaron el campo y empezaron a darse patadas, como cada tarde.

– ¿Vienes?- Me gritó Iñaki desde el campo. Negué con la cabeza. Le vi darse la vuelta y seguir corriendo. Me senté al lado de ella. Lloraba.

– Oye, ¿estás bien?- Asintió.

– Nunca había visto el mar.- La miré sorprendido; llevaba toda la vida viviendo a orillas de aquel mar impetuoso y era algo que me parecía imposible que no estuviera. Para mi, todas las ciudades debían tener mar, aunque supiera que no era así.- Nunca.- Y me miró. Sonreí. Suspiró y apoyó su cabeza sobre mi hombro. En el campo, mis amigos detuvieron un instante el partido; unos sonrieron con picardía, algún otro negó con la cabeza y siguieron con el juego.

Estuvimos así, en silencio, sin decir nada, durante horas. En aquel tiempo que así pasamos, el mar volvió a borrar las líneas del campo, mis amigos vinieron, jugaron a cartas, se despidieron y se fueron; el sol fue descendiendo poco a poco coloreando el cielo de distintos tonos cada grado que bajaba, hasta que las nubes del horizonte se tiñeron de rosa y ocre, y comenzó a hacer frío. Nos vestimos, recogimos las cosas, en silencio, sin decir nada ninguno de los dos, salimos de la playa, la acompañé al autobús y allí, sin haber vuelto a hablar ninguno, nos dimos un corto beso en los labios y un abrazo. Nunca volvimos a vernos.

Pero le agradezco que, aquella lejana tarde de agosto, me enseñara dos cosas: a ver el mar como si nunca lo hubiera visto y, sobre todo, que el silencio a veces llena más que las palabras.

Ojalá te vaya bien en esta vida…

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