Lo vi alejarse entre la cortina de agua que el cielo descargaba en aquel momento, pero el eco de sus carcajadas llegaba hasta mi incluso después de desaparecer; él, que se decía mi amigo, me dejaba tirado una vez más. Y es que algunos no aprendemos.

Nos conocíamos desde niños; crecimos juntos en el mismo colegio, aunque en aulas diferentes. En aquel centro, a los que estudiábamos inglés nos separaban de los que estudiaban francés. Al recreo salíamos todos juntos, pero esta separación hacía que rara vez nos mezcláramos con los chavales de las otras clases. Sonaba el timbre y todos los crios, como locos, salíamos al patio donde se montaba un inevitable partido de futbol de veinte contra veinte. Para ello, dos de los “buenos” hacían pies y se repartían alternativamente a los jugadores, eligiendo siempre a los mejores de entre los que quedaban. Los que quedábamos los últimos en ser llamados al final dejábamos de jugar. Y así nos conocimos: él era otro “paquete”, futbolísticamente hablando.

Me debí dar cuenta cuando, una vez, con quince años me hizo la primera. En aquella época ya no nos separaban por idiomas sino que a los de ciencias nos juntaban en un lado, y a los de letras los llevaban a otro. Aquel día estábamos en clase de química. El profesor de química era un cura de unos ochenta años, grande, de pelo blanco, con un maletín de cuero en el que llevaba el libro de la asignatura y la lista de alumnos con anotaciones sobre ellos. Era, con toda seguridad, uno de los peores profesores que habrá habido nunca sobre este planeta: llegaba, retiraba la silla hacia atrás, se sentaba, tumbaba el maletín sobre la mesa, abría el cierre derecho, luego el izquierdo, ceremoniosamente sacaba el libro y la lista, los colocaba a un costado, cerraba el maletín, lo dejaba en el suelo, siempre junto a la pata trasera derecha de la mesa, volvía a coger el libro, lo abría despacio, casi con respeto y comenzaba a leer, con voz monótona y grave, una continua letanía que inevitablemente conducía al letargo y a visitar los apetecibles reinos de Morfeo, mucho más atrayentes.

En eso estábamos, medio dormidos todos, cuando en mitad de una soporífera clase sobre radicales libres, son un eructo terrible. La lectura se suspendió en el acto. El profesor cogió la lista, la colocó como marcapáginas y cerró el libro. Se levanto, y con voz grave preguntó:

– ¿Quién ha sido?

El brutal sonido había partido de mi zona y toda la clase buscaba al culpable entre los cuatro de la esquina del fondo.

– Que quién ha sido, repito… Y más vale que salga pronto, que no tengo todo el día.- Y como un resorte, mi amigo se levantó señalándome. Y yo, con los ojos como platos, no me lo podía creer.

– Hombre, Martín… Ya no se contenta con dormir en mis clases, sino que encima nos falta a todos al respeto. Haga el favor de salir de clase y esperarme en mi despacho.

– Pero si yo no…

– ¡Que salga le he dicho! ¡y no me lleve la contraria!

Me levanté. Si algo tenían los curas es que terminaban por convertirte en un animal sumiso. Miré a mi supuesto amigo, que sonreía como el que ha hecho una graciosa travesura. Crucé avergonzado por toda la clase sintiendo sobre mis hombros el peso de las burlas de mis compañeros y salí al pasillo.

Con el tiempo terminé por perdonarle; me miraba con cara de cordero degollado y me dejé chantajear emocionalmente. Además, habíamos vivido mucho juntos como para mandarle al cuerno por una broma pesada de mal gusto. Nos reconciliamos con un par de cervezas que nos vendían ilegalmente en la pastelería del barrio y todo continuó como si nunca hubiera pasado.

Los años pasaron, como lo hacen siempre, cada vez más rápido. Dejamos el instituto y nuestras aventuras y fiestas adolescentes para, sin darnos cuenta, encontrarnos conque nos habíamos metido de golpe en la edad adulta y lo que ello significaba: trabajo, stress, hipoteca, responsabilidad… Y pareja, aunque no siempre.

En aquel entonces acababa de empezar a trabajar para un pequeño negocio de barrio de reparación de ordenadores que parecía funcionar muy bien. No tenía un mal horario y el salario, sin ser nada del otro jueves, no estaba mal. Me encargaron del taller de reparaciones. Por mis manos pasaron discos duros, fuentes de alimentación, impresoras, cabezales, pantallas… Me encargaba también de recibir la mercancía, darla de alta en el sistema, almacenarla y avisar a los clientes, entre otras cosas. Así la conocí.

Un día de lluvia cruzó la puerta del taller una chica rubia, bajita y de ojos verdes, de mirada cristalina. Vestía un vaquero ceñido que le sentaba como un guante y cuando me miró se me resetearon todas las neuronas. Ni recuerdo de qué hablamos, ni qué problema me dijo que tenía. Sólo recuerdo que cuando se fue me quedé mirando la puerta durante un buen rato, como si me hubiera convertido en una estatua. La chica de la puerta empezó a reirse y salí de mi ensimismamiento, me puse rojo como un tomate y hui hacia la parte de atrás.

Dos días más tarde le llamé para avisarle de que su equipo estaba reparado. Tardó otro par de días en venir a recoger su equipo, una espera que se me hizo eterna: me los pasé mirando la puerta como un perfecto idiota. Cuando llegó, nervioso, le devolví su equipo, intenté explicarle atropelladamente lo que le pasaba y la reparación hecha,  le dije que lo había pasado por otro que estaba en garantía y así no tenía que pagar nada, me sonrió me dió las gracias, se dirigió hacia la puerta y se fue. Me volví a quedar parado como una estatua, hasta que mi compañera, la de la puerta, me dijo:

– Pero, ¿tú estás bobo o qué?.- Reaccioné y salí corriendo detrás de ella.

Ni recuerdo de qué hablamos. Tan sólo sé que algún espíritu divino debió guiar mis palabras, ya que conseguí una cita para ese fin de semana. Cuando llegué a casa, flotando en una nube, y cerré la puerta, sonó el teléfono.

– ¿Diga?

– Ga. Jajajaja. Capullo.- Era mi amigo.

– Hola, ¿qué te cuentas?

– Nada, que como aquí de entre nosotros el que tiene más cabeza, aunque no en volumen, claro, soy yo, pues que te llamaba para recordarte el plan del finde.

– ¿Qué plan del finde?- Mi mundo empezó a tambalearse.

– ¿Ya lo has olvidado?

– Sí, claro. Además, he quedado.- Silencio al otro lado de la línea.- ¡Eooo! ¿sigues ahí?

– Lo has olvidado. Bien. Genial. Cojonudo. Perfecto.- Le interrumpí.

– Oye, ¿qué teníamos?

– Joder, pues el aniversario de mi compra de la guitarra roja, como todos los años.

– Tío, imposible, de verdad, lo siento. Que he quedado con una chica.- De nuevo silencio. Y una carcajada que se iba formando de la nada.

– Jajajajajajaja… ¿TÚ? ¿CON UNA CHICA?- Se reía, el miserable.- Pero… ¿Una chica de verdad? ¿De carne y hueso?

– Que sí, joder.

– ¿Pero de las que están fuera de las revistas?

– Hala, vete a la mierda.- Y colgué. Al minuto volvió a sonar el teléfono. Dudé. No debí cogerlo.

– Venga, perdona. Sabes que soy un bruto insensible.- Hizo una pausa.- Tengo un plan. Queda con ella, y cuando estéis un rato por ahí, te la traes a la fiesta. Estaremos bastantes, y habrá karaoke y bebidas para coger una buena kurda.

– Sabes que no bebo.

– Ya, por eso te dejamos que vengas con nosotros: para que lleves el coche… Jajajaja… No, ahora en serio: veniros los dos, que lo pasaremos bien.

– Bueno.- Contesté un poco reticente.- Me lo pienso y te digo algo.

– Vale. ¡Hasta el sábado! Jajaja… Ven a partir de las siete y media.

Me conocía bien el maldito; sabía que sería incapaz de no ir, de dejarlo tirado en el ridículo aniversario de la compra de su guitarra roja, que para más inri ya había vendido. Y allí estarían todos, esperando verme aparecer con una chica, preparando y afilando sus aceradas burlas: el tímido de la cuadrilla, el que se ponía rojo cuando le rozaba una chica en un bar aunque fuera sin querer, el que se quedaba en un rincón, vigilando la seguridad del resto al sujetar las columnas sosteniendo un vaso vacío, mientras los demás bailaban. No quería ni pensarlo…

Y llegó el día. Amaneció caluroso y pesado, un día de esos que tienen toda la pinta que van a acabar convertidos en una versión amplificada del diluvio universal. Pasé la mañana hecho un manojo de nervios: me afeité, me duché, me vestí, me volví a duchar, me volví a vestir, salí a la calle a hacer la compra, subí con mucha más compra de la necesaria, limpié y ordené el pisó a conciencia por si se diera el hipotético caso de que los milagros existieran, me volví a duchar, me vestí de nuevo… Me pasé la última hora sentado sobre el sofá de la sala mirando el reloj, contemplando como cada cinco vueltas completas que avanzaba el segundero el minutero parecía retroceder un poco. Hasta que llegó el momento de salir a la calle.

Chispeaba ligeramente. Caminé despacio, hacia donde había quedado con ella. Y sorpresa: ella no había llegado, pero mi amigo estaba allí, con la misma sonrisa detestable de aquella casi olvidada clase de química.

– ¿Qué haces aquí?- Disparé a bocajarro.

– Uyuyuy… ¿Pero no saludas? Buenas tardes.- Me repateaba cuando empezaba así.

– Buenas tardes. ¿Qué haces aquí?

– Es que… Como nos conocemos hace mucho, quería evitar que cambiases de idea. Y como eres tan poco original que quedas siempre con todo el mundo en el mismo sitio, he venido a buscarte.- Comenzó a reirse. La lluvia comenzó a caer con más fuerza. Nos resguardamos en una de las paradas de autobús. En ese momento apareció ella. Les presenté. Fuimos a una cervecería cercana a tomar algo. Y allí sentí que algo no funcionaba; ella miraba embelesado a mi supuesto amigo. Su magia con las palabras la había cautivado. Supe que, de nuevo una vez más, la partida estaba perdida. Salimos a la calle. Llovía con fuerza y la gente corría buscando refugio.

– Vamos.- Dijo él. Mi casa está cerca y hay una fiesta. Negué con la cabeza.

– Lo siento, pero no tengo ni cuerpo ni ganas.- Asintió. La miró a los ojos y dijo:

– Tú no serás tan aguafiestas como el soso este, ¿no?.- Y le guiñó un ojo. Ella sonrió y negó con la cabeza.- Hala, pues cogemos ese autobús ¡Corre!- Ella salió corriendo, tapándose el peinado, precioso, con la cazadora. Él se quedó un momento a mi lado. Me miró, se encogió de hombros y puso una mano sobre uno de los míos.- Lo siento, tío.

Y salió corriendo. Lo vi alejarse entre la cortina de agua que el cielo descargaba en aquel momento, pero el eco de sus carcajadas llegaba hasta mi incluso después de desaparecer…

Anuncios