Imagínate una pared delante tuyo. Un muro inmenso, a primera vista infranqueable, que debes atravesar a toda costa antes de una fecha. Para ello te dan una cucharilla (con la que escarbarás en dicha pared) y unas normas a seguir: no puedes trabajar durante tres fines de semana seguidos, puedes usar como mucho dos manos, o un pie y una mano, pero nunca tres a la vez, los meses de verano sólo puedes trabajar con una mano, no puedes trabajar más de dos semanas con una misma mano… Vamos, una serie de normas. Y tienes una fecha. Y comienzas a intentar a atravesar el muro. Te pegas con el, luchas, peleas, ideas técnicas para quebrar los recovecos, para evitar las varas de metal que atraviesan el cemento; te dejas la piel de las manos, de los pies… Hasta la de los dientes si tuvieran. Y llegas al otro lado. Cruzas el tremendo agujero y sonríes, satisfecho de tu trabajo. Y llega el examinador, el que te dice si el agujero sirve o no. Lo mira, lo remira y te dice que no; que esos dos dedos de la mano no podían arañar a la vez y que no has cumplido alguna norma que no está escrita en ningún sitio. Y te desesperas. Y vuelves a empezar. Y acabas, tras mucho trabajo, ahora menos motivado, un segundo agujero que tampoco sirve, porque has cumplido las normas esas que no estaban escritas y que ahora no valen porque no están escritas. Y vuelves a empezar, sin ninguna motivación y con ganas de usar la cucharilla para ensanchar alguno de los agujeros del examinador. Y así hasta que al final, una vez que haces el quinto agujero, llega y te dice que el primero estaba bien y que se queda con ese. Y tú te giras, miras tu obra, derrotado, y te entran ganas de matar. Pero se te pasan, porque como bien dicen, de bueno tonto.

Pasan los meses y sin darte cuenta, resulta que te encuentras en más o menos las mismas fechas al año siguiente. Alzas la vista y te vuelves a encontrar con la pared, la cucharilla y la hoja de instrucciones, que es la misma que el año anterior. Con ilusión, comienzas de nuevo. Y de nuevo se repite la misma tocada de pelotas, hasta que en un momento, desesperado, le dices al examinador que el año que viene haga él el puto agujero.

Pero sabes que eres tonto y el año que viene, si santa primitiva no lo remedia, tendrás que volver a hacer otros cinco agujeros para que al final, como todos los años, se queden con el primero.

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