Camino cansado por la calle, las manos resguardadas del frío en los bolsillos y la mirada un poco caída. Al final no he resistido la tentación y Joe Cocker canta en mis orejas por las aceras de París, rumbo al Arco del Triunfo. Llevo horas caminando y voy ya de retirada, de vuelta a mi hotel, pensando en desplomarme sobre la cama, si consigo llegar y subir las escaleras hasta el cuarto. Aún me queda un poco más de hora y media para eso; sí, sé que existe el metro, pero bajo tierra uno no ve las ciudades y sí, estoy cansado pero aún puedo andar. Andar y mirar.

Y la veo: una chica de rasgos hindúes, bellísima, con unos extraños ojos verdes que brillan mágicos en su tez morena, alta, de figura espectacular y elegante porte, con un hermoso vestido ceñido de miles de colores vivos. Me quedo mirando mientras pasa a mi lado, disfrutando de una obra de arte más en esta ciudad llena de museos. Y veo que no soy el único; un hombre de piel negra como la noche cerrada, bien vestido con traje caro,  larga bufanda al cuello y maletín de cuero negro en una mano enguantada también se ha girado al pasar ella. Sonrío. Me ve mirándole con una sonrisa pícara. Noto que se avergüenza de que le hayan pillado, pero se repone, me sonríe, se encoge de hombros, agita discretamente la  mano libre como si se hubiese quemado, me sigue mirando, se ríe, dice “buffff” y me saluda con un ademán de cabeza. Y nos vamos riéndonos los dos, cada uno en dirección contraria.

Y es que las mejores esculturas siempre están en la calle…

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