Nadie le esperaba allí. Llegó temprano, como tenía por costumbre, y miró alrededor. Estaba seguro: ella vendría. Recorrió despacio la estación, solitaria a aquella hora, en dirección a la cafetería, la misma en la que habían pasado muchas tardes hace mucho tiempo. Sonrió al recordar cada una de las despedidas, siempre en la misma mesa, frente a un cortado y un café con leche de sobre. Podía ver las tazas blancas, de loza imitando porcelana, sobre la mesa; la densa decoración del lugar, con aquel estrambótico papel pintado de rojo y dorado, contrastando con unos pesados cortinones verde oscuros; las lámparas que colgaban con sus adornos de cristal y las bombillas de pocos vatios sobre aquellas velas de plástico, la barra de marmol oscuro, con bordes de latón brillante, y Joaquín, siempre detrás de la misma, con su pajarita negra y su blanca camisa inmaculada.

Al llegar, vió que estaba cerrada. Por el aspecto que tenía, parecía llevar mucho tiempo así. A través de los sucios cristales podía adivinarse, en la penumbra, los altos taburetes puestos del revés sobre la barra, como si Joaquín, en su último día de trabajo, hubiera querido dar un ligero toque de normalidad a la muerte definitiva de su negocio.

Se separó del cristal, en el que se reflejó su imagen borrosa; él era el mismo de siempre, con su ropa deportiva e informal, sus dos mochilas de viaje, una a la espalda y la otra  sobre el pecho. Puede que estuviera un poco más rellenito y con menos pelo, pero era el mismo. Se acercó a su reflejo, para verse mejor; había alguna arruga en la que no había reparado. Igual empezaba a no ser el mismo de siempre; el que era antes procuraba visitar a la gente que conocía y sus lugares favoritos con una cierta frecuencia… Frecuencia que, reconocía, había ido disminuyendo con el paso del tiempo. Intentaba justificarlo pensando que, con el paso del tiempo y al haber ido conociendo más mundo, debía repartirse de un modo diferente, pero sabía que aquello, al fin y al cabo, no era más que una simple excusa.

Se giró y se puso en marcha de nuevo, buscando un sitio donde tomarse un café. No pudo evitar volver la cabeza para echar un último vistazo de despedida, de esos que se dan sabiendo que uno ya no va a volver nunca a ver aquello como lo recordaba, uno de esos que se dan con la nostalgia dibujada en forma de débil sonrisa. Negó con la cabeza y siguió caminando; no vió ningún lugar donde tomarse ese desayuno que quería para calentar el cuerpo y buscó un asiento donde esperarla: ella vendría.

Dejó las dos mochilas en el suelo, en pie una contra la otra. Le gustaba aquella vieja estación, con la complicada estructura de metal y chapa para cubrir los andenes, con aquellos viejos bancos verdes de frío y duro metal, con su reloj blanco de agujas doradas, presidiendo la desconchada pared anaranjada, justo encima del nombre de la ciudad, escrito con mayúsculas letras azules. Le vinieron a la memoria, de golpe y el tropel, todas aquellos días cuando venían juntos y se sentaban allí, en ese mismo banco, uno junto al otro, y se pasaban horas inventando historias sobre la gente que entraba y salía de los trenes: de donde vendrían, a donde irían, cuales serían sus sueños, porqué tal o cual parecía triste o contento, o porqué aquellos dos, pese a la innegable atracción que sentían, fácilmente visible en el modo de mirarse, nunca se despedían mas que con un abrazo… Miles de historias cada día, una por cada persona que pasaba por aquel lugar especial…

Se sobresaltó cuando aquel hombre le pidió fuego. Se había quedado dormido. Se sacudió un poco y se disculpó: no fumaba. Movió la cabeza y se frotó los ojos intentando espabilarse, se estiró y miró al reloj; ya no faltaba mucho. Sí, estaba seguro: ella vendría. Vendría a última hora, corriendo, como siempre, arrastrando desordenadamente una pesada maleta roja detrás suyo. Y como siempre también, el tiempo se detendría en la estación para verla llegar, perfecta y elegante como un pincel, la larga melena rebelde al viento, desprendiendo una energía imposible… Ellas la mirarían con discrección y un punto de envidia y ellos me mirarían con desprecio, intentando descubrir qué tendría este pobre imbécil para atraer a semejante mujer. Sonrió. Estaba seguro, ella vendría. Ya no quedaba nada.

Apoyó la cabeza contra la ventana; el traqueteo del vagón siempre le daba sueño. Entrecerró los ojos y los volvió a abrir; el paisaje llano parecía un mar infinito de campos de cereal tras cuyo horizonte el sol intentaba esconderse aquel atardecer. Miró al asiento de al lado, vacío, y sonrió triste; lo esperado a veces también duele. Justo al subir al tren le llegó el mensaje.

Cuatro palabras, nada más…

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