Me dio pena que no estuvieras aquel día allí, a mi lado… Me hubiera encantado ver tu cara de sorpresa, con la boca abierta dibujando una “o” enorme, mientras corrías como una niña pequeña de un lado a otro, intentando verlo todo, tocarlo, sentirlo, vivirlo… Recorriendo con una sonrisa de oreja a oreja todas y cada una de las inmensas salas decoradas hasta en sus rincones más ocultos, con aquellas fantásticas arañas de cristal gigantescas colgando majestuosas de los frescos que decoraban los techos, aquellos bustos de marmol, o aquellos increibles jarrones de miles de colores, desde el verde más intenso hasta el negro…

Miraba en torno mío y esperaba verte aparecer en cualquier instante, vestida de época, con alguna de aquellas pelucas recargadas, sonriendo elegante, saliendo del dormitorio de la Reina en dirección a los jardines infinitos, para ir al pequeño teatro situado cerca del lago artificial; verte salir feliz, de cualquier esquina, y aparecer en la sala de baile, donde me cogerías las manos y me enseñarías a dar los primeros pasos en aquel mundo misterioso y desconocido para mi.

Me dio pena que no estuvieras allí; perdernos entre los laberintos de setos de gran altura, buscándonos entre risas, sabiendo que estamos cerca pero sin encontrarnos… Sentarnos en algún banco, sintiendo la caricia del sol de otoño que cruzaba el cielo tímido entre las nubes…

El Palacio estuvo bien, sí. Pero para que fuera perfecto, faltabas tú.

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