No suelo entrar en las tiendas de recuerdos; uno termina por comprar un montón de trastos inútiles que, cuando vuelve a casa, no sabe donde colocar y terminan ocupando espacio en un rincón olvidado de una estantería. Pero había algo en aquel pequeño comercio que me atrajo sin que pudiera evitarlo, como si un susurro inaudible me arrastrara a su interior… Nada la diferenciaba de otras miles exactamente iguales que hay en todas las ciudades turísticas del mundo, pero por alguna extraña razón terminé dentro de aquella y no en otra.

Dentro, entre otras muchas cosas, había una colección de postales en blanco y negro, magníficas todas ellas. Estuve disfrutando de las imágenes durante un buen rato, envidiando el buen gusto de los fotógrafos que las habían realizado. Había desde retratos de ancianos, las típicas de niños, naturalezas muertas, imágenes otoñales, unas cuantas antiguas, otras románticas… Había de todo; pero al coger una, en la que aparecían cuatro chavales tocando diversos instrumentos mientras bajaban una calle, me topé de golpe y porrazo con una de las mejores fotos que había visto nunca. Seguro que hay mejores, no lo dudo, y es probable que si alguien la ve me diga que soy un exagerado y que no es para tanto, pero el arte consiste en transmitir y no sé lo que me transmitió, pero me transmitió mucho…

La imagen es simple: no es más que un reflejo. Probablemente por ello me encantó, porque la podías mirar como quisieras; bien como se vería en realidad o su reflejo; la elección era tuya. Como en la vida, que está lo que la gente ve, el mundo del derecho, el normal… Pero en cada espejo, en cada reflejo en un cristal, en una acera mojada o en cada lago de aguas calmas existe otro mundo posible, que es con el que muchas veces soñamos…

Abrazo y medio;-)

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