Ya es triste que uno se vaya sólo a la ciudad más romántica del mundo, que si encima le añadimos que tuvo dos pesadillas en cinco noches… ¿Como definimos eso? No sé… No se me ocurre nada… Acepto comentarios dando una definición… Bueno, os cuento… Al menos las dos son cortas… Vayamos con la primera…

Camino por la playa de las postales, en la Ciudad Dormida, claro, paseando al perrito blanco que tiene mi hermana y que se llama Ipotz (el perro, no mi hermana, para que quede claro). Bien, pues ahí voy yo, por la playa, sintiendo la brisa (me dejé la ventana abierta) y la humedad de la brisa marina (llovía, un poquito, sí, y me dejé fuera las zapatillas)… El sol brilla en lo alto y estoy sólo así que decido soltar al perro para que corra a su aire. Lo suelto y el muy cabrito se escapa; y aunque en la realidad es probable que lo cogiera en una carrera, en el sueño le veo desaparecer como si fuera un misil teledirigido, haciendo estela y dejando surco en la arena… Mierda… A ver como lo explico ahora…

Comienzo a buscarlo, playa arriba y playa abajo. La playa sigue vacía pero, a lo lejos, viene una chica rubia alta, que a primera vista no reconozco. Estoy todo apurado y voy hacia donde ella corriendo…

– Oye, tengo un problema.- Le digo mirando al suelo sin aliento.- He perdido a mi perro, es uno blanco, pequeñajo, con cara de buenazo… ¿No habrás visto uno así?.- Levanto la vista y le miro a los ojos. ¡Anda, carajo! Si la conozco.

– Uy, hola, no esperaba verte aquí.- Me dice. Nos damos dos besos, sonriendo.- Pues no, no he visto a Ipotz… Y.- Mira al suelo avergonzada.- … Yo también tengo un problema.

– Pues estamos buenos… A ver, cuéntame.- Digo nervioso, mirando a ver si aparece el perro.

– Esto… A ver como empiezo… Tú, ¿con qué te depilas el pecho? ¿o vas a una depiladora?

– ¿Yo? Yo no me depilo; tengo suerte y no me sale demasiado. Bueno.- Rectifico.- Una vez al año me paso la maquinilla, porque en el curro nos hacen una prueba de esfuerzo y nos dejan todo con “lamparones”. ¿Por?

– Es que…- Se pone colorada.- Mira.- Y se levanta la camiseta tapándose con ella la cara, como la chica del anuncio de Guaraná pero sin cantar gol. Flipo. Ante mis narices, el pecho de mi amiga, peludo más que el mio, una frondosa selva monzónica. Se queda así un rato. Yo con la boca abierta, mandíbula desencajada.

A lo lejos se acerca David, un colega de judo, que pasea un cocodrilo por la playa que va moviendo el rabo (el cocodrilo, no David). Se le desencaja la mandíbula al ver a mi amiga, que todavía no se ha bajado la camiseta. Le aviso. Se la baja, toda colorada. Miro a David, para cambiar de tema y olvidar la imagen traumática de mi amiga.

– Oye, no habrás visto…- Y entonces lo veo. De la boca del cocodrilo asoman dos patitas manchadas de sangre.

E impresionado, abro los ojos.

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