Ha pasado bastante tiempo desde aquel gran fin de semana que se quedó grabado a fuego en mi mente. Ahora, tal y como están las cosas y cómo nos va la vida, supongo que sería imposible que aquello volviera a ocurrir, pero…

Llegué tarde. Me había liado ordenando unas cosas antes de salir y por eso perdí el autobús. Ella me esperaba, con una mochila grande, un vestido rojo y una hermosa sonrisa. Nos dimos dos besos, como cada vez que nos veíamos.

– ¿Todavía no ha llegado?- Pregunté.

– No, pero siempre viene tarde. Ya lo conoces.- Se encogió levemente de hombros. Asentí.

Se le veía magnífica aquella tarde de principios de verano; su larga melena rubia ligeramente revuelta brillaba dorada bajo el sol, y su piel comenzaba a estar morena. Llevábamos meses planeando esa salida de fin de semana y siempre la aplazábamos por una causa o por otra. Pero está vez sí, esta era la buena.

Llegó Jaime, con su vieja furgoneta Volkswagen de su época hippie, con flores, un arco iris con sus nubecitas y miles de colores aleatorios; un cacharro reconocible en cualquier parte del mundo ya que dudo mucho que nadie se atreviera a lucir semejante disparate contra la estética. Abrió la puerta, soltó una carcajada, y bajó con sus chanclas y unas bermudas, luciendo una brillante e incipiente barriga peluda.

– Eyyy!! Fieras, que pasaaa… ¿Preparados para un fin de semana de alucine?- Ambos asentimos.- Pues hala, cargad las mochilas y los trastos en la parte de atrás y meted vuestros traseros para adentro. Por cierto, Ana… Mmmmm…- Hizo un gesto lascivo, como siempre hacía. Nos reimos los tres y obedecimos, dejando las mochilas, los crampones, las cuerdas y los cascos al lado de los suyos.- ¡Venga, venga, venga! ¡Todos arribaaaa!- Nadie se resistía al encanto de ese terremoto en miniatura. Arrancó la furgoneta, que tosió y dio un salto adelante a la vez, puso una cassete de Omara Portuondo y nos pusimos en marcha, rumbo a las montañas.

Tardamos algo más de cinco horas en hacer un viaje que normalmente se hacía en tres, pero es que aquella vieja cafetera no daba para más. Fue un viaje muy divertido, entre bromas y anécdotas, chistes e historias de cuando nos conocimos los tres por una de esas casualidades del destino. La única pega al viaje fue que a una hora de llegar al destino, un pequeño pueblo perdido en medio del Pirineo Oscense, comenzó a llover débilmente.

Llegamos al pequeño apartamento que habíamos alquilado de noche, con la lluvia arreciando. Nos miramos con gesto de preocupación; eso echaba por tierra nuestros planes. Metimos a todo correr las mochilas en el piso y Jaime se fue a aparcar su querida pieza de museo.

Era un apartamento abuhardillado, de unos treinta metros cuadrados, con una habitación pequeña que tenía una cama a juego, un baño y una sala cocina dormitorio que tenía, aparte de un frigorífico ruidoso y una mesa plegable, un viejo televisor en blanco y negro con la caja de madera, un sofa cama grande bajo una inmensa ventana con vistas al cielo y un colchón enrollado en una esquina, al que le habían puesto un mantel y un florero para que pareciera una mesilla. El florero y las flores eran de plástico, imagino que para evitar desperfectos en las largas temporadas que el piso permanecía vacío.

– ¡Quién iba a pensar que en este pueblo perdido de la mano de dios iba a costar tanto aparcar!- Entró Jaime como un ciclón, cargado con las bolsas de la comida.- Os habéis dejado esto. Voy a secarme, que me he calado hasta los gayumbos.

Recogimos las bolsas y, después de guardar lo que no necesitábamos, comenzamos a preparar la cena. Ana preparó la mesa y yo hice un poco de ensalada y algo de pasta, para estar fuertes al día siguiente, aunque no era más que una jornada de aproximación; el día duro sería el domingo: la cima del Marboré nos esperaba, aunque aquel tiempo nos complicaba las cosas. Jaime volvió después de haberse cambiado de ropa y nos sentamos a la mesa. Se escuchaba el continuo repiquetear de la lluvia contra el tejado. Comenzamos a comer en silencio; había hambre después del largo viaje.

– Creo que tenemos un problema.- Dijo al terminar su cena, señalando al cielo. Asentimos. Puso cara de concentración y añadió: – Con este tiempo no podremos subir.

– No.- Contestó Ana.- Imposible. Hace frío y esto es nieve arriba. Y llevamos crampones pero no tenemos mucha experiencia.

– Por eso. Se me había ocurrido que si llueve podíamos, ya que vamos a pasar un montón de horas juntos…- sonrió maliciosamente.- … pues eso, que podíamos hacer un trio.- Ana y yo nos reímos.

– Joder, Jaime, siempre con lo mismo.- Le dije con una sonrisa.

– Joe, somos tres, nos queremos un montón, somos buena gente… ¿Qué más queréis?- Refunfuñó. Ana se reía.- Os estoy ofreciendo la oportunidad de pasar un fin de semana que no olvidaréis en vuestras vidas… ¿Es que no os dais cuenta? – Los tres nos reímos a carcajadas.

– Anda que… Joder macho, como eres.- Sonreí. Ana estaba limpiándose las lágrimas que la risa le producía pues Jaime iba poniendo caras de corderito degollado.

– Sois unos estrechos los dos.- Añadió.- Pero bueno, aun así os quiero. A ver, ahora en serio… ¿Cómo nos organizamos para dormir? ¡Esperad! – Cortó antes de que contestáramos.- Ya está: Ana y yo en el sofá y tu te buscas un hotel.- Volvimos a reirnos. Ana me miró y dijo:

– No, vamos a hacer lo siguiente: como no me fío nada de que a la noche no te metas en mi cama…- Jaime puso cara de sorpresa e indignación.-… tú dormirás en el cuarto pequeño…

– Jooo… – Protestó.

– … Héctor en el colchón enrollado…

– ¡Anda, que jeta!.- Protesté.

– … y yo en la cama grande ya que, aunque parezca mentira, los dos sois unos caballeros y gentilmente me la habéis cedido.- Jaime y yo nos miramos haciéndonos los enfadados, pero terminamos los tres riéndonos de nuevo. Y eso hicimos; recogimos la mesa, fregamos los cacharros, preparamos las camas y nos fuimos a dormir.

Escucho pasos de alguien que se levanta al baño. Me desvelo; me sigue sorprendiendo la facilidad que tengo para despertarme en medio de la noche: hasta una mosca me saca del sueño más profundo. Suena una cisterna. Vuelvo a escuchar los pasos de vuelta. Es Ana.

– Ana.- Susurro.- ¿Estás bien?

– Sí.- Me devuelve el susurro.- La cerveza, ya sabes.- Asiento aunque no puede verme en mi rincón. Yo a ella sí. Viste una camiseta larga que le llega a medio muslo y no sé si algo más.- No puedo dormir.

– ¿Quieres que me tumbe contigo y charlamos hasta que te duermas?.- Duda.- Sólo charlar.- La tranquilizo.

– Entonces vale.

Me levanto con cuidado, para no despertar a Jaime, que ronca animadamente en la habitación de al lado. Nos metemos en la cama, los dos mirando al techo, brazo contra brazo, relajados. Nos conocemos hace mucho tiempo; ella sabe todo de mi vida y yo creo saberlo de la suya. Ultimamente no le va muy bien en el terreno sentimental. Giro la cabeza. La veo mirar la ventana situada sobre nosotros con los ojos abiertos.

– ¿Sabes?- Me pregunta.- Nunca creí que fuéramos a venir.

– ¿No? ¿Y eso?

– Jo, pues porque lo hemos retrasado tantas veces que al final…- Gira la cabeza y me mira a los ojos. Los suyos están brillantes. Me sonríe, pero con una sonrisa un poco triste. Giro todo mi cuerpo. Ella hace lo mismo. Estamos uno frente al otro. La lluvia ha cesado hace un rato. Nos miramos. No decimos nada. Ella sonríe. Yo también. Le acaricio la mejilla. Ella cierra los ojos. Cae una lágrima. Nos abrazamos.

– Venga, que no pasa nada.- Asiente. Le doy un beso en la frente.- Vamos, que estás menos guapa cuando lloras.- Asiente de nuevo.

– Perdona.

– No hay nada que perdonar.- Intento soltarme del abrazo.

– No, por favor… – Me mira.- Hace mucho que nadie me abraza.- Asiente.- Demasiado tiempo, sí…- Vuelvo a abrazarla. Le acaricio el cabello, con la yema de los dedos, dándole un suave masaje. Suspira. Bajo suave y lentamente una de mis manos por su espalda, por encima de su camiseta, hasta la cintura y luego la subo en dirección contraria. A medio camino, me encuentro con la piel de su brazo y cambio mi objetivo. La miro. Tiene los ojos cerrados y una sonrisa que ya no es triste. Acerco mi nariz a la suya. Abre los ojos y se separa un poco. Sonríe. Me besa, suave, en los labios. Le respondo, con otro beso suave. La mano del brazo baja de nuevo y se cuela furtivamente por debajo de su camiseta. Le acaricio la espalda, casi sin tocarla. Noto su piel de gallina. De nuevo me besa, un poco más fuerte. Y le respondo, de la misma manera. Se vuelve a separar. Me mira seria. Me sorprendo. Y cambia su sonrisa a una mirada pícara. Mira al cielo. Ha despejado: se ve la luna y algunas estrellas, entre los restos que quedan de las nubes. Se encoge de hombros. Me vuelve a mirar con picardía. Sonrío. Ahora la comprendo. Suena de nuevo la cisterna. Nos reímos los dos. Y le llamamos. Para que el fin de semana sea, efectivamente, inolvidable.

Sí, ha pasado bastante tiempo de aquello. Aquel fin de semana al final hizo un tiempo magnífico, cierto.

Pero el Marboré sigue siendo una asignatura que tenemos pendiente…

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