En la playa, sobre la arena dorada, yace una guitarra desnuda que el mar ha arrastrado en su furia. Sólo queda una cuerda sobre el mástil roto; una cuerda que no puede sonar al no haber tensión suficiente… Una cuerda que suena a silencio, a silencios de blanca.

Sobre la arena, desnuda, la guitarra se quema bajo la luz del sol, que agrieta inclemente su piel salitrosa causando estragos irreparables. Las gaviotas pasean entre los despojos, ignorando la tragedia, buscando algo que les permita seguir viviendo unos días más.

Me siento a su lado, como el soldado que en la guerra se sienta al lado de un amigo caído en combate; a su lado pero mirando al frente, pensando en lo que hubiera pasado si hubiera llegado antes aun sabiendo que hubiera sido imposible hacer algo. Las gaviotas desconfían y se alejan, pero me vigilan en la distancia, esperando que me aleje para comprobar si pueden sacar algo de provecho de ese extraño objeto que una vez tuvo vida y fue capaz de alegrar a alguien.

La cojo con cuidado y la miro con detalle: no hay solución. Tiene el alma partida, el corazón roto y la madera agrietada. Nada que hacer.

Tan sólo dejar cantar a esa cuerda que suena a silencios de blanca…

Anuncios