Escribo desde la nieve. Bueno, no exactamente desde la nieve; a la nieve la he dejado arriba, en la montaña, y escucho algo de música aleatoria que va desde algunos temas Chillout de Café del Mar hasta Judas Priest, pasando por cualquier cosa que se te ocurra (ahora mismo suena la transiberian orchestra, un tema que escuché en el Hard Rock Café de una lejana ciudad hace tres inviernos… Tres personas sentadas alrededor de una mesa, unas horas antes de… Bueno, hala, cambio de tema, que luego me repito y me pongo a soñar)… Eso, que escribo desde la nieve, o desde cerca de ella.

Aquí al ladito hay un hotel. Y mira, resulta que tiene el wifi abierto… Gracias a eso que puedo actualizar los blogs… Muchas veces falla, pero le he subido la intensidad a la tarjeta y parece ir mejor… Si veo que falla, me construiré una antena con un bote de Pringles, en plan McGiver… Aunque él seguro que con tan sólo un clip se arreglaba…

Toca tarde de relax, que mis piernas me miran y me dicen que me odian… “Cabrón, ayer snow y hoy esquí” les escucho decirme. Sonrío y les digo “no, hoy esquí, de acuerdo, pero a eso de ayer no se le puede llamar snow”… Menos mal que no había casi nadie y así no causé ningún accidente. Ah, bueno, sí: he descubierto lo que es despegar del suelo con una tabla en los pies. Y lo que es mantenerse un poquito en el aire totalmente horizontal, con la tabla y la cabeza en el mismo plano de la pendiente (no me preguntéis como lo he conseguido, no lo sé). Y lo que es aterrizar sobre el suelo helado a una velocidad considerable y desde una altura respetable. Y qué se siente una vez que te detienes después de tres o cuatro volteretas y te duelen todas las articulaciones. Bueno, esto ya lo conocía, pero no con una tabla…

Hoy, una vez hecha la penúltima bajada (nunca hago la última, porque es en la que se lesiona la gente), un poco agobiado por la gran cantidad de gente que bajaba a gran velocidad por la misma pista estrecha por la que íbamos cientos, me he parado en la cafetería a mirar la montaña… Las blancas laderas del valle, en las que destacaban algunas rocas majestuosas que no habían sido cubiertas por la nevada de ayer; el sol colándose entre las cimas, camino de su descanso diario, jugando a crear sombras fantasmagóricas gracias a los picos afilados y la niebla que se forma a menudo a primeras horas de la tarde; alguna nube en el cielo… Todo estaba precioso. Miles de puntos negros corrían ladera abajo, cruzándose unos con otros, parándose, arrancando de nuevo… Parecían millones de pequeños parásitos sobre la piel de un inmenso animal…

Justo lo que somos…

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