Llega un día en que por la razón que sea, uno decide acabar algo con lo que lleva un tiempo; debería ser así, lo dejo y se acabó. Y ya está. Sin que la gente le de tantas vueltas después. Terminó y listo. Pero siempre tenemos en la mano el mango de la cucharilla, y como no sabemos estarnos quietos, preferimos remover el café antes que pasar página y seguir hacia adelante.

Llega ese día, por la razón que sea, en que ya no puedes más; porque te sientes encerrado, porque estás aburrido, porque quieres probar otras cosas, porque hacer siempre lo mismo te está matando y al final lo dices. Y consigues el cataclismo que querías evitar pero intuías que iba a llegar, pese a haber intentado hacerlo de la manera menos dolorosa, como una salida a oscuras, de puntillas y con las zapatillas en la mano. Y no te sientes culpable, aunque notes que alrededor hay gente que piensa que así deberías sentirte.

Ese día, recoges tus bártulos, te los cargas a la espalda metidos en una funda y tiras hacia adelante, sólo o acompañado, pero con una dirección distinta a la que llevabas, o a la que te habían llevado un poco en contra de tu voluntad. Aquel no era tu camino y toca irse, como dicen, con la música a otra parte. Y te pones alguna canción para que, cuando años más tarde vuelvas a oirla, te recuerde que una vez equivocaste el camino dejando que alguien te llevara a donde no querías ir. Y es probable que cuando la escuches descubras que has vuelto a equivocarte, pero bueno, la vida consiste en ir tropezando con las piedras del camino y en intentar no partirse los dientes al caer ni lastimarse las manos al levantarse.

Llega un día en que pones punto y final y echas la persiana. Y sientes lástima por aquellos que no se dejaron ayudar, aunque en el fondo sepas que lo que hacían era buscar su camino equivocándose, como lo hacemos todos…

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