Es curioso cómo juega el destino con nosotros… Somos un juguete con el que él, un niño caprichoso, juega hasta que se aburre y lo deja tirado en cualquier lugar. Luego pasan mucho años y alguien te saca de debajo de la cama, te recoge y te coloca junto al resto de los de tu estantería. Y, asustado y sucio, miras alrededor y te encuentras con caras que ya eran poco más que un recuerdo.

Pasan los días, los meses, los años y como por arte de magia un día cae en tus manos algo que escribiste cuando no eras más que un chaval y que estaba ahí, escondido debajo de la cama del destino, junto a unas pelotillas de esas que forma el polvo cuando se aburre y monta una fiesta; una carta de apenas dos folios de letra clara y ordenada, tan diferente de la que tienes ahora, fea y poco clara, tanto que parece que hayas estudiado medicina, con una firma que hace mucho fue la tuya y que ya no lo es, y una fecha que te golpea duramente… Mayo del ochenta y ocho… No eras mas que un pardillo de diecisiete años, con un boli bic, una hoja de cuaderno y un puñado de sentimientos que compartir con aquel folio vacío…

Veo las dos hojas, amarilleadas por el paso de dos décadas y media, las toco, las miro sin leer, te miro y veo tu sonrisa… Sé que las has cuidado, porque significaron algo importante… Y no quiero leerlas, probablemente por vergüenza… Aunque sé que es una estupidez… Quien escribió aquello no era mas que un adolescente enamoradizo, que iba a recibir calabazas y no lo sabía… Me empujas a leerlas, pero no sé… Les hago unas fotos, para leerlas con calma, en casa, tranquilo, cuando haya reunido las fuerzas suficientes para enfrentarme con mi pasado. Me sonríes y las guardas en el viejo sobre que te envié hace más de media vida.

Mi café caliente y tu cerveza nos observan; somos dos adultos con una vida propia, que fuimos separados por ese niño caprichoso del que he hablado. Tu mirada sigue siendo la misma; dulce, inocente, tierna incluso… Parece mentira… Y hablamos de esas páginas que no conocemos, tú lees las mías de mis palabras y yo las tuyas… Y me apena haberme perdido algunos capítulos de tu libro, y que tú lo hayas hecho del mío…

Sé que si leo esas dos hojas saldrá el crítico que llevo dentro. Y no sé si juzgaré al chico que las escribió como si sólo tuviera diecisiete años o como si fuera algo que hubiera escrito hoy… Y no sé si juzgaré con severidad o seré indulgente… Aunque quien escribió aquello ya no es la persona que ahora se sienta en este teclado; aquel era un chavalillo ingenuo que pensaba que el mundo era algo maravilloso y que la humanidad era noble por naturaleza… Y el chaval que ahora se sienta a escribir sigue siendo un chavalillo ingenuo que piensa que el mundo es algo maravilloso que la humanidad destroza por naturaleza… Mucho no ha cambiado… Un par de palabras…

Sé que la culpa no la tuvo aquel niño caprichoso que nos tiró a cada uno por un lado… Pero siempre es más fácil echarle la culpa a alguien de nuestros errores…

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